Valeria Salcedo murió traicionada por su esposo y por la mujer que llamaba hermana. Le quitaron su empresa, su familia, su dignidad y, al final, la vida.
Pero despertó de nuevo.
Esta vez volvió al día en que todo empezó: la mañana después de su boda, justo cuando estaban por acusarla de haber engañado a su marido. Solo que ahora Valeria ya sabe quiénes son sus enemigos, qué quieren quitarle y cuánto están dispuestos a destruirla.
Para sobrevivir, necesita poder. Y el poder tiene nombre: Santiago Alcázar, el hombre más temido del mundo empresarial mexicano.
Él no confía en ella. Ella tampoco piensa enamorarse de él.
Su matrimonio empieza como un trato: ella usará su apellido para vengarse, él usará sus secretos para encontrar la verdad de una mujer que nunca pudo olvidar.
Pero entre besos, amenazas, celos y enemigos que no dejan de aparecer, Valeria descubrirá que renacer no solo significa ajustar cuentas.
También puede significar aprender a elegir, por primera vez, a quién dejar entrar en su vida.
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Capítulo 3
Capítulo 3
—¿No sabías que soy Santiago Alcázar? —preguntó él, con una duda afilada en la voz.
Si no sabía quién era, ¿por qué había ido a buscarlo?
Valeria parpadeó sin dejar de mirarlo.
—Entonces... ¿me acosté con el hombre más rico de la ciudad?
—Sí.
La vida le estaba dando una segunda oportunidad con todo y respaldo de lujo.
Valeria miró la oficina enorme, los ventanales, el escritorio impecable. Si ya tenían ese tipo de “relación”, no tenía caso rodear el tema.
—Señor Alcázar, soy Valeria Salcedo. ¿Puede casarse conmigo?
Lo dijo seria, firme, sin bajar la mirada.
Mateo casi se atragantó con su propia saliva.
—Señorita Salcedo, si todavía no despierta, puede irse a dormir otro rato.
Vaya mujer.
¿De verdad venía a cobrarle la noche?
—Estoy perfectamente despierta. Me hago responsable de cada palabra. ¿Puedo hablar con usted a solas?
Santiago no se negó. Quería saber hasta dónde pensaba llegar.
Le hizo una seña a Mateo y a los demás.
—Fuera.
—Señor Alcázar...
Santiago solo lo miró.
Mateo tragó su molestia, fulminó a Valeria con los ojos y salió.
La oficina quedó en silencio.
Santiago giró el anillo de su mano y levantó la vista.
Los ojos de Valeria eran claros, limpios. Pero sus acciones... no tenían nada de inocentes.
—¿Puede casarse conmigo? —repitió ella.
—¿Por lo de anoche? ¿Quieres que me case contigo porque dormimos juntos?
Si no hubiera ido a buscarlo, tal vez la impresión que le dejó habría sido mejor.
Santiago apoyó los dedos sobre el escritorio.
—Señorita Salcedo, con esto me hace pensar que anoche usted preparó todo. ¿De verdad no me conocía? ¿Fue un accidente o actúa demasiado bien?
—Para ser honesta, antes de verlo aquí pensé que era un escort.
La cara de Santiago se apagó.
¿Ese era el lugar que le daba a su rostro?
¿Su dignidad no contaba?
Valeria se apresuró a añadir:
—Pero también sospeché que no era cualquiera. Usted era demasiado... bueno. Pensé que debía tener dinero o poder. No imaginé que fuera Santiago Alcázar. Fue mi error. No se enoje por algo tan pequeño.
Eso sonó mejor.
—Lo de anoche fue un accidente. Ambos fuimos víctimas. Si alguien lo publica, nuestras reputaciones quedan destruidas. Yo necesito divorciarme rápido. Usted es el único que puede ayudarme. Y la forma más directa de ayudarme es casándose conmigo. Se lo pregunto de nuevo: cuando me divorcie, ¿puede casarse conmigo?
—¿Por qué tendría que casarme contigo?
—Porque necesito divorciarme y solo usted puede abrirme el camino. Si me caso con usted, seré discreta, respetaré a su familia, cumpliré mi papel y seré su mejor respaldo.
Valeria enumeró lo que podía ofrecer sin titubear.
—Todo eso me lo pueden dar otras mujeres. Algunas incluso más. No veo cuál es tu ventaja.
Valeria sacó su celular y lo dejó sobre el escritorio.
La pantalla estaba llena de notas sobre Santiago. Rumores sobre su falta de interés en las mujeres, dudas sobre su vida íntima, titulares hirientes.
—Antes de conocerlo, solo quería una oportunidad para demostrar que podía servirle. Ahora que lo vi, sé que anoche ya lo demostré. Esa ventaja, por ahora, nadie más la tiene.
Santiago sonrió de lado. Sus dedos golpearon la mesa con calma.
Después de unos segundos dijo:
—Bien. Me caso contigo.
¿Tan fácil?
—Yo...
—Pero...
Hablaron al mismo tiempo.
Claro. Nada podía salir tan redondo.
—¿Pero qué?
Santiago no contestó de inmediato.
Se levantó, rodeó el escritorio y caminó hacia ella. Cada paso parecía calculado.
Se inclinó hasta dejarla encerrada entre su cuerpo y la pared.
Sus narices casi se rozaron.
La cara de Valeria se calentó.
—Tienes que divorciarte para casarte conmigo. Puedo casarme contigo, pero el divorcio es tu problema.
Su voz cayó junto al oído de ella, baja, peligrosa.
—Si tiene tiempo, también podría ayudarme con eso. Quiero decir...
Santiago se apartó sin dejarla terminar.
—No tengo tiempo.
—Sé que es una petición atrevida, pero...
—Lo es. Tú encárgate. Divórciate y me caso contigo.
Ya había dejado claro el límite.
Valeria no insistió. Si presionaba de más, podía perderlo todo.
Que aceptara casarse ya era suficiente.
Se levantó y se inclinó con respeto.
—Gracias, señor Alcázar. Se lo voy a pagar.
Se fue, pero a los pocos pasos regresó.
—Esta noche la familia Fuentes tiene una cena. Si tiene tiempo, puede ir. Que le haya pedido matrimonio no significa que sea inútil.
Enderezó la espalda y salió.
Esa noche iba a despedazar a Damián.
Santiago miró su espalda hasta que la puerta se cerró.
Tocaron de golpe.
—Pasa.
Mateo entró casi corriendo.
—¿Aceptó?
Santiago no respondió.
Pero la sonrisa en su boca decía demasiado.
Mateo se quedó sin palabras.
...
Al caer la noche, Valeria observó cómo el salón privado se llenaba de invitados.
Apretó los puños.
Estaba lista.
Damián se acercó con un documento.
—Valeria, firma primero. Después solo anunciamos la transferencia. La cena es puro trámite.
—Bestia.
—¿Qué?
No alcanzó a escuchar.
Valeria avanzó hasta quedar frente a él.
—Dije que eres una bestia.
Damián no pareció sorprendido. Le agarró la muñeca con fuerza y bajó la voz.
—Valeria, yo te amo. ¿Por qué me traicionaste? ¿Crees que porque te acercaste al señor Alcázar puedes dejarme? Si no firmas, voy a exponer lo de ustedes ahora mismo.
¿Cómo lo sabía?
—Firma.
La máscara de Damián empezó a romperse.
Valeria sonrió fría.
En la vida anterior este perro la mordió hasta quitarle todo.
En esta vida, ni soñando.
—Damián Fuentes, quiero divorciarme de ti. Y te vas a ir sin un peso.
Lo dijo en voz alta.
El salón se llenó de murmullos.
—Valeria, no me culpes. Tú me obligaste.
Damián dejó de fingir dulzura.
Iba a quitarle todo esa misma noche y echarla de la ciudad.
y ahí se dan cuenta que es una sustituta y arde Troya ella merece a alguien que la quiera a ella no a un recuerdo