Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 3
La penumbra reinaba en el despacho privado del emperador, una estancia de líneas minimalistas y paredes de obsidiana pulida que absorbían la escasa luz de los paneles flotantes. Zarek se encontraba de pie ante el inmenso ventanal, con las manos entrelazadas en la espalda, contemplando el tráfico interminable de la capital imperial. Su imponente figura recortada contra el brillo de las estrellas infundía un aura de absoluto aislamiento.
La puerta se deslizó sin hacer ruido y unos pasos familiares rompieron el silencio de la habitación. Era Alistair, el canciller principal del imperio y, por encima de todo, el único hombre en toda la galaxia que podía jactarse de ser el amigo de Zarek desde sus años en la academia militar. Alistair avanzó sin titubear, sosteniendo un archivo digital holográfico entre las manos. Su expresión reflejaba una mezcla de resignación y astucia política.
—Zarek —comenzó Alistair, omitiendo los títulos oficiales dado que se encontraban en total privacidad—. La asamblea del consejo acaba de terminar. Los ministros y cancilleres se han reunido de urgencia a tus espaldas y han tomado una decisión unánime sobre tu futuro.
El emperador ni siquiera se molestó en girarse. Sus ojos grises, gélidos como el vacío del espacio, continuaron fijos en el firmamento exterior.
—Esos viejos se toman demasiadas atribuciones —respondió Zarek, con una voz tan profunda y fría que habría congelado la sangre de cualquier otro súbdito—. ¿Qué tontería han decretado ahora bajo el pretexto del bienestar del imperio?
—Han enviado un comunicado oficial a todos los planetas aliados de la periferia —explicó Alistair, dando un paso al frente y activando el holograma, que desplegó los mapas de los mundos subordinados—. Han iniciado el proceso para elegirte una esposa. Exigen que una de las jóvenes de los mundos con acuerdos diplomáticos sea la futura consorte de Astris, con la promesa de rescatar la economía y la seguridad de su planeta de origen.
Zarek dejó escapar un bufido despectivo, una media sonrisa cargada de amargura dibujándose en sus perfectas facciones. Finalmente, se dio la vuelta, encarando a su amigo con una mirada que fulminaba.
—¿Una esposa? —repitió Zarek con desdén—. Saben perfectamente que no tengo tiempo ni paciencia para soportar los caprichos de la nobleza. Si creen que voy a meter a mi cama a una de esas aristócratas pretenciosas de Astris, sedientas de poder y joyas, están perdiendo el juicio.
Alistair, lejos de intimidarse por el aura asesina del emperador, soltó una pequeña risa y guardó el dispositivo.
—Precisamente por eso creo que deberías aceptar esta vez, Zarek —dijo su amigo, cruzándose de brazos—. Piénsalo bien. Si aceptas el trato, esos ministros molestos finalmente cerrarán la boca y te dejarán gobernar en paz. Llevan años acosándote con la línea sucesoria. Además, no estamos hablando de las mujeres de nuestra corte. Una joven de un planeta lejano y salvaje no tendrá las mismas pretensiones vacías ni la arrogancia de las chicas de Astris. Probablemente sea alguien sumiso o, al menos, lo suficientemente madura como para entender que esto es solo un negocio.
Zarek frunció el ceño, el silencio volviendo a reinar en la oficina mientras analizaba las palabras del canciller. El emperador aborrecía la política matrimonial, pero la lógica de Alistair siempre era impecable.
—Y si me resulta insoportable, ¿qué? —cuestionó el soberano, arrastrando las palabras.
—Si no te agrada, es sumamente sencillo —respondió Alistair con una sonrisa calculadora—. Cumples con el protocolo. Te casas con ella ante el senado, aseguras un heredero para el trono que garantice la continuidad del imperio y, una vez que el niño nazca y el linaje esté a salvo, puedes divorciarte. Al consejo y a los ministros solo les importa el futuro heredero de Astris; les da igual si la madre se queda en el palacio o si la devuelves a su planeta natal con las arcas llenas de créditos imperiales. Ella salvará a su mundo y tú obtendrás tu libertad y tu paz de vuelta. Es un contrato donde todos ganan.
Las palabras de Alistair resonaron con fuerza en la mente de Zarek. El emperador regresó la mirada al ventanal, observando la inmensidad de su imperio. La idea de un matrimonio por mero contrato, sin compromisos emocionales y con una fecha de caducidad clara, empezaba a carecer de inconvenientes reales. Un heredero silenciaría las críticas y consolidaría su poder absoluto.
—Un tratado diplomático... —murmuró Zarek para sí mismo, sus ojos grises brillando con una luz calculadora—. Que envíen las candidatas. Veremos qué tienen que ofrecer esos planetas.