Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.
NovelToon tiene autorización de milu carrera para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 3
El antro vibraba como un corazón enfermo.
Luces rojas. Humo espeso. Música grave que hacía temblar el suelo bajo los tacones. El lugar era uno de los más exclusivos de Manhattan, aunque oficialmente no existía en ningún registro.
Era mío.
El segundo nivel estaba reservado para reuniones privadas. Desde allí podía observar el movimiento del salón principal sin ser vista.
Tráfico. Influencia. Contactos.
Control.
Me gustaba el control.
—La mercancía llegó puntual —informó Viktor a mi lado.
Asentí sin mirarlo.
—Que esperen.
El poder no se demuestra con violencia inmediata.
Se demuestra con paciencia.
Bajé al salón principal minutos después. El ambiente cambió apenas pisé el último escalón. Los Alfas presentes notaron mi aroma antes de verme. Firme. Seguro. Inquebrantable.
Tres años me habían enseñado a dominarlo.
Caminé hacia la barra, ignorando las miradas.
Y entonces lo sentí.
Un aroma que conocía demasiado bien.
Más profundo. Más maduro. Pero inconfundible.
Sangre.
Familia.
Me detuve.
No necesitaba girarme para saber.
—Tanto tiempo, pequeña.
La voz llegó detrás de mí, grave y cargada de algo que no era amenaza.
Era historia.
Me giré lentamente.
Milan.
Más alto de lo que recordaba. Más marcado. Más frío.
Pero seguía siendo mi hermano.
Mi primera reacción no fue alegría.
Fue sorpresa.
—¿Cómo me encontraste? —pregunté sin mostrar emoción.
Él sonrió apenas.
—Nunca fue tan difícil rastrear a una Sergeyev.
Mi mandíbula se tensó.
—Padre no aprueba visitas inesperadas.
—No lo sabe.
Eso sí me hizo parpadear.
—¿Viniste sin su permiso?
Milan se acercó un paso, invadiendo apenas mi espacio. No como amenaza. Como prueba.
—Padre cree que debes volver por voluntad propia. Dice que si te obligamos, regresarás rota.
Una chispa incómoda cruzó mi pecho.
—¿Y tú?
—Yo no vine a obligarte.
Se hizo un breve silencio entre nosotros, lleno de años no hablados.
—Vine porque necesito tu ayuda.
Eso sí era nuevo.
Milan no pedía ayuda.
La música seguía golpeando las paredes, pero en nuestro pequeño círculo el mundo parecía más quieto.
—Habla —ordené.
Él miró alrededor.
—No aquí.
Lo llevé al área privada del segundo nivel. Cerré la puerta. El sonido quedó amortiguado.
Nos quedamos frente a frente.
—En Rusia apareció competencia nueva —comenzó—. No es un cartel común. No buscan territorio por territorio.
—Entonces, ¿qué buscan?
—Clientes.
Eso no me sorprendía.
—Todos buscan clientes.
Milan negó.
—No como estos.
Su aroma cambió levemente. Tensión.
—Están prostituyendo Omegas.
El silencio se volvió denso.
Mi expresión no cambió.
Pero algo dentro de mí sí.
—Eso no es nuevo —dije con frialdad calculada.
—No así.
Sus ojos se endurecieron.
—Los secuestran. Los condicionan químicamente. Los venden como propiedad exclusiva a Alfas ricos.
Mi pulso se volvió más lento.
Más peligroso.
—¿Confirmado?
—Tres fuentes distintas.
Caminé hacia la ventana interior que daba al salón principal.
Las luces rojas parecían más oscuras ahora.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Milan se acercó detrás de mí.
—Están quitándonos clientes importantes. Algunos de nuestros aliados ya negocian con ellos.
—Entonces elimínalos.
—No es tan simple.
Me giré.
—¿Cuándo lo fue?
Su mirada se clavó en la mía.
—Escuché algo antes de venir.
No dije nada.
—Escuché que en Nueva York hay una Alfa que controla el puerto, los clubes y parte del tráfico nocturno sin necesidad de marcar territorio con violencia innecesaria.
Silencio.
—Escuché que tiene reputación de limpia. De estratégica. De no tocar Omegas fuera de reglas.
Supe hacia dónde iba.
—Escuché que es joven… pero despiadada cuando debe serlo.
Mi voz salió fría.
—Los rumores exageran.
—Tal vez.
Dio un paso más.
—Pero también escuché que esa Alfa es mi hermana pequeña.
No aparté la mirada.
—No soy tu solución, Milan.
—Eres la mejor opción.
Su tono no era suplicante.
Era sincero.
Eso era más peligroso.
—Padre quiere que regreses por voluntad propia —añadió—. No sabe que estoy aquí. Cree que debes sanar antes de volver.
El nombre no fue pronunciado.
Pero ambos sabíamos qué significaba sanar.
La culpa.
—No necesito regresar para ayudar —dije finalmente.
Sus cejas se alzaron apenas.
—¿Eso es un sí?
Caminé hacia el escritorio lateral y serví dos vasos de whisky.
Le extendí uno.
—Es un “explícame todo”.
Milan aceptó el vaso.
—El antro principal se llama Volchya Kletka. Jaula de Lobos.
Ironía obvia.
—Se presentan como club exclusivo para Alfas dominantes. Pero detrás hay subastas privadas.
Mis dedos se tensaron alrededor del cristal.
—¿Ubicación?
—San Petersburgo. Y expandiéndose.
—¿Protección política?
—Alta.
Eso complicaba las cosas.
Bebí un trago lento.
—Si tocan Omegas por coerción, rompen equilibrio.
Milan asintió.
—Y si eso se normaliza… el mercado cambia.
No era solo moral.
Era poder.
—¿Qué quieres exactamente? —pregunté.
—Estrategia. Información. Contactos aquí que puedan estar conectados con ellos.
Pensé unos segundos.
Tres años lejos.
Tres años construyendo algo propio.
Ayudar significaba volver a involucrarme con el apellido.
Con la familia.
Con el pasado.
—Padre se enfadará si sabe que viniste —dije.
—Lo sé.
—Y más si sabe que hablé contigo.
—Lo sé.
Suspiré apenas.
—Siempre fuiste imprudente.
Milan sonrió levemente.
—Y tú siempre fuiste la más inteligente.
Eso me arrancó algo parecido a una sombra de sonrisa.
—No vuelvo a Rusia.
—No te lo pedí.
Silencio.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—Pero si están forzando Omegas… eso no lo tolero.
Mis palabras no fueron fuertes.
Fueron firmes.
—Entonces ayudarás.
Lo miré directo a los ojos.
—Los destruiré.
No era una promesa impulsiva.
Era decisión.
Milan sostuvo mi mirada un segundo más largo de lo necesario.
—Sabía que no eras débil.
La palabra golpeó más de lo que esperaba.
No respondí.
Caminé hacia la puerta.
—Mañana revisaremos conexiones en el puerto. Si están moviendo mercancía humana, necesitarán rutas internacionales.
Él asintió.
Antes de salir, su voz me detuvo.
—Padre nunca dejó de buscarte.
No me giré.
—No necesitaba que me encontrara.
—Lo sé.
La música volvió a golpear fuerte cuando abrí la puerta.
El antro seguía vivo. Ignorante de que una guerra acababa de comenzar.
Mientras bajaba las escaleras, entendí algo con claridad brutal:
No estaba regresando por culpa.
Estaba avanzando por elección.
Y esta vez…
no fallaría.