En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Diagnóstico.
Axel Von Lindberg estaba acostumbrado a que todo saliera exactamente como él quería. Personas, situaciones, emociones… todo en su mundo era una ecuación matemática, cuestión de saber qué palabra susurrar, cuándo sostener la mirada y cuándo regalar una sonrisa ensayada. Las mujeres de su círculo social en Berlín funcionaban bajo ese mismo guion.
Pero Liv no seguía ninguna de esas reglas. No tenía el manual.
—No tienes que ponerte nerviosa —dijo Axel, ajustándose el cuello de su abrigo de marca mientras caminaba a su lado por los senderos empedrados del campus.
—No estoy nerviosa… —respondió ella demasiado rápido. Apretó el cuaderno de dibujos contra su pecho como si fuera un escudo medieval contra el mundo.
Axel sonrió, una de esas sonrisas calculadas que desarmaban a cualquiera.
—Claro. Y por eso estás caminando tan rápido que pareces un soldado en retirada.
Liv frunció el ceño, deteniéndose un momento. Sus mejillas, salpicadas de pecas, se tiñeron de un rojo suave debido a la timidez y al esfuerzo físico. Se acomodó las gafas y lo miró con fijeza.
—Es que… normalmente nadie se sienta conmigo en la biblioteca, Von Lindberg. Y mucho menos alguien que parece salido de un anuncio de perfumes caros. Me resulta… sospechoso.
Axel ensanchó su sonrisa, fascinado por la desconfianza de la chica. A cualquier otra le habría parecido un insulto; a él le pareció un reto delicioso.
—Entonces los idiotas de esta universidad tienen muy mal gusto —replicó con un tono de voz suave, casi íntimo—. Yo sé reconocer el talento cuando lo veo.
Mentira. Una mentira piadosa y ensayada. Pero en la atmósfera otoñal de París, dicha por un chico con un apellido imponente, no sonó como una farsa. Liv bajó la mirada, ocultando una pequeña sonrisa que no pudo evitar que se le escapara.
Primer paso, pensó Axel para sus adentros, sintiendo una oleada de autosuficiencia. Confianza ganada.
—¿Qué haces después de clases? —preguntó, retomando el paso.
—Ir a mi departamento. Tengo que estudiar historia del arte y avanzar con mis proyectos de la beca.
—¿Siempre?
—Sí. Es una rutina segura.
—Pues lamento informarte que eso va a cambiar a partir de hoy.
Liv se detuvo en seco en medio del patio.
—¿Por qué tendría que cambiar?
Axel se giró hacia ella, caminando un par de pasos de espaldas con esa seguridad irritante y aristocrática que solo los juniors con la vida resuelta poseían.
—Porque tu vida es terriblemente aburrida, Liv. Necesitas un poco de dinamismo.
—¡Oye! —protestó ella, cruzándose de brazos. Su suéter gigante la hacía ver aún más pequeña ante la imponente estatura de él—. No es aburrida. Es pacífica. No a todos nos gusta ser el centro de atención de los chismes del campus.
Él soltó una risa limpia, genuina.
—No es un insulto. Es un diagnóstico médico.
—Pues no recuerdo haber pedido un médico. Además, a mí me gusta mi vida así.
Liv lo observó en silencio unos segundos, analizando la perfecta estructura de su rostro, sus ojos grises y la forma en que el viento despeinaba su cabello rubio. Había algo en él que no encajaba. ¿Por qué el heredero de un imperio alemán perdería el tiempo con la chica becada de las esquinas? Su intuición le decía que tuviera cuidado.
—¿Y tú sí sabes lo que es vivir? —preguntó ella con un toque de cinismo.
Axel se quedó callado un microsegundo. La pregunta caló hondo. Pensó en las llamadas diarias de su padre amenazando con mandarlo a Sudamérica, en el peso asfixiante de su apellido y en el vacío de sus relaciones pasadas.
—Claro —respondió, recuperando la máscara de inmediato—. Yo vivo de verdad. No me escondo detrás de castillos de tinta.
—Eso no explica nada.
—Exacto —sonrió él, dándole un golpecito amistoso en el hombro—. Por eso necesitas ayuda para entenderlo. Acompáñame hoy después de clases… y demuéstrame que tu rutina es mejor que mi mundo.
Silencio. Liv miró el suelo empedrado, luego su cuaderno repleto de bocetos y finalmente esos ojos tormentosos que parecían desafiarla. Su corazón de oro le decía que Axel era un peligro para su estabilidad emocional, pero la curiosidad —y el sutil deseo de ser vista por una vez— ganó la batalla.
—¿A dónde?
—Es una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas, Von Lindberg. Me dan ansiedad.
—Eso también va a cambiar.
me gustó mucho