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MAHUA

MAHUA

Status: En proceso
Genre:Aventura / Magia y demonio / Romance
Popularitas:148
Nilai: 5
nombre de autor: melany ayelen tschentscher

Somos seres divinos, dicen.
Pero la divinidad no es luz eterna. Es resistencia.

NovelToon tiene autorización de melany ayelen tschentscher para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 3: "EL DEMONIO DE LA FRONTERA"

El calor duele.

No es un alivio inmediato, no es refugio. Es una invasión lenta que despierta cada parte de mi cuerpo como si hubiera estado enterrada viva. La piel arde, los huesos laten, y la sangre… la sangre parece recordar cómo moverse.

Abro los ojos por completo.

La habitación es pequeña. Madera vieja, ennegrecida por humo acumulado durante años. Hay grietas entre las tablas por donde se filtra una luz gris, débil, como si el día también estuviera enfermo.

No reconozco este lugar.

Pero estoy viva... Eso debería significar algo.

Intento incorporarme y un dolor agudo me atraviesa el costado. Bajo la mirada: vendajes. Torpes, pero firmes. No me los hice yo.

Entonces no estoy sola...

Las voces regresan, más claras ahora. No vienen de muy lejos. Son bajas, cautelosas. No entiendo las palabras, pero sí el tono: discusión… o miedo.

Mi respiración se acelera.

Mahua...

El recuerdo vuelve con violencia, como si nunca se hubiera ido. La cueva. El derrumbe.

—No… —mi voz sale quebrada, inútil.

Me obligo a moverme. Cada músculo protesta, pero el miedo es más fuerte que el dolor. Me siento al borde de la cama, mis pies descalzos tocan el suelo frío.

No es nieve.

Pero tampoco es hogar.

El sonido de voces al otro lado de la pared me arranca del abismo. No hablan fuerte, pero hay tensión. No es conversación tranquila; es discusión contenida, como si no quisieran que yo escuche… pero tampoco pudieran evitar hablar de mí.

Me levanto.

El suelo está frío, pero firme. No es hielo. No es muerte.

Doy un paso.

Luego otro.

Cada movimiento duele, pero el dolor me ancla. Me recuerda que sigo aquí.

Me acerco a la puerta.

Las voces se vuelven más claras.

—…no deberíamos haberla traído.

—Estaba respirando.

—Eso no significa que esté viva.

Silencio.

Otro responde, más bajo:

—Tú no viste lo que había detrás de ella.

Mi mano se queda suspendida en el aire.

¿Detrás de mí?

—Lo sentí —insiste la voz—. Como si algo… hubiera cruzado con ella.

El pulso se me acelera.

No! Eso no es posible.

—Basta —dice otra voz, más firme—. Si fuera lo que crees, ya estaríamos muertos.

Una pausa.

—¿Y si solo está esperando?

Las voces se apagan de golpe. Alguien sabe que desperté.

La puerta no se abre de inmediato. Hay una pausa, larga, pesada… como si quien esté ahí estuviera decidiendo algo importante.

¿Entrar?

¿No entrar?

¿Dejarme vivir?

La madera finalmente cede con un quejido suave.

La figura que aparece no es lo que esperaba.

No es una bestia.

No del todo.

Es alta, demasiado delgada. Su cuerpo parece… incompleto. Como si le faltara peso, como si la gravedad no terminara de reclamarlo. Lleva capas de tela gruesa, pieles superpuestas, pero hay algo en su forma que no encaja debajo de todo eso. Y sus ojos. Sus ojos no son humanos.

Reflejan la luz como los de las criaturas de la cueva.

Como los de Mahua.

Mi cuerpo se tensa de inmediato.

—No te muevas —dice.

Su voz… es extraña. No por el idioma, sino por cómo vibra. Como si viniera de dos lugares al mismo tiempo.

—Si quisieras hacerme daño, ya lo habrías hecho —respondo, aunque mi garganta arde al hablar.

La figura inclina ligeramente la cabeza.

Me observa.

No como un depredador. Como algo que evalúa.

—¿Dónde estoy? —pregunto finalmente.

La figura tarda en responder.

—En un lugar que aún no ha decidido qué hacer contigo.

No me gusta esa respuesta.

—¿Y tú qué decides?

Otra pausa.

Más larga.

—Yo fui quien te trajo aquí.

Mi corazón se detiene un instante.

—¿La cueva…?

—Colapsó. Lo sé. Lo vimos a lo lejos.

Pero necesitaba escucharlo.

—Había otros —digo, y mi voz se rompe sin permiso—. Había… Mahua. No puedo decir su nombre.

No aquí.

No frente a esto.

La figura me observa con una intensidad nueva. Hay algo distinto ahora. No es solo análisis.

Es… reconocimiento.

—Lo sé.

El aire se vuelve pesado.

—Entonces dime —exijo, ignorando el dolor, ignorando todo—. ¿Sobrevivieron?

La figura no responde de inmediato.

Y en ese silencio…

Lo entiendo.

El frío vuelve.

No afuera.

Dentro.

—No todos los que caen desaparecen —dice finalmente.

No es una respuesta. Pero tampoco es una negación.

Me aferro a eso con una desesperación que me avergonzaría en cualquier otro momento.

—¿Qué significa eso?

La figura da un paso dentro de la habitación. La madera cruje bajo su peso, aunque por un segundo juraría que no debería pesar nada.

—Significa que este lugar… —hace una pausa, como si eligiera cada palabra con cuidado— …no sigue las reglas que recuerdas.

Un escalofrío recorre mi espalda.

El tren.

La nieve interminable.

Las criaturas.

Mahua.

Nada de esto sigue reglas.

—¿Qué eres? —pregunto, porque ya no puedo evitarlo.

Esta vez, la figura sonríe.

Y eso es peor que cualquier otra cosa.

No es una sonrisa humana.

—Lo mismo que tú.

Mi estómago se contrae.—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá.

Otro paso, instintivamente, retrocedo, pero no hay mucho espacio.

—Sobreviviste donde otros no —continúa—. Viste lo que no deberías ver. Y aun así…

Sus ojos brillan levemente.

—Sigues aquí.

El tirón dentro de mí se intensifica.

Más fuerte ahora.

Doloroso.

Como si algo estuviera despertando.

—No… —susurro, negándolo antes de entenderlo.

La figura se detiene justo frente a mí.

—¿Recuerdas el tren?

El mundo se inclina.

El aire desaparece.

—¿Cómo sabes eso?

No responde.

No hace falta.

Porque algo en mi mente… se abre.

No como un recuerdo.

Como una herida.

El sonido metálico.

Las ventanas empañadas.

La voz.

Pero ahora hay algo más.

Algo que no vi antes.

Algo que estaba… detrás.

Observando.

Esperando.

Mis manos empiezan a temblar.

—Yo… —intento hablar, pero las palabras se rompen—. Yo no bajé…

La figura asiente lentamente.

—Exacto.

El pulso se acelera. Demasiado.

—Entonces… ¿Por qué estoy aquí?

La sonrisa desaparece.

Y por primera vez…

Parece seria.

—Porque algo bajó por ti.

 Un hombre mayor, con la barba entrecana y los ojos hundidos por años que no perdonan. Abre la puerta e interrumpe...

La mujer retrocede medio paso.

—¿Dónde está? —pregunto de inmediato—. Llévenme con él.

Nadie se mueve.

—No puedes —dice la mujer.

El alivio se transforma en algo más oscuro.

—¿Por qué?

—Porque no es seguro. Tienes suerte aun de estar con vida en esta tierra.

Una risa seca escapa de mi garganta.

—Nada es seguro, después de todo, somos seres divinos... Ciento cincuenta años estuve a su lado y no morí!

—No entiendes —insiste —. Eso que estaba contigo…

Eso. Otra vez...

—Tiene un nombre —respondo con frialdad—. Y no es un monstruo.

El hombre mayor finalmente habla.

—Aquí sí lo es.

Silencio.

—Lo llaman —continúa— el demonio de la frontera.

“Es uno de los Antiguos…” “un destructor.”

El mundo se detiene.

No por la palabra.

Por el peso que tiene en sus voces.

No es una superstición ligera.

Es algo vivido.

—Están equivocados.

Pero incluso a mí me suena débil.

—Tal vez —dice la anciana—. Pero no somos los únicos que lo hemos visto.

Un escalofrío me recorre.

—¿Qué significa eso?

El hombre mayor da un paso hacia el fuego. La luz le marca las arrugas como grietas profundas.

—Significa que lo que sobrevivió a ese derrumbe… no salió solo.

El tirón en mi pecho regresa.

Más fuerte.

Como si algo respondiera a esas palabras.

—Cuéntame exactamente lo que pasó —dice él—. Todo.

Dudo. No por desconfianza.

Por miedo. Pero si Mahua está vivo…

si realmente lo está…

—Te lo contaré —digo finalmente.

Y lo hago.

Les hablo del hambre.

Del frío.

De las criaturas.

Del fuego.

Del momento en que decidí compartir la carne.

De las sombras.

De las bestias.

Del salto.

Del derrumbe.

No omito nada.

Ni siquiera el miedo.

Ni la culpa.

Cuando termino, el silencio es absoluto.

Nadie se apresura a hablar.

Como si mis palabras hubieran confirmado algo que ya sospechaban.

—Entonces es peor de lo que creíamos —murmura la mujer.

—No —respondo—. Es mejor.

Me miran, confundidos.

—Sobrevivió —insisto—. Eso es lo único que importa.

El hombre niega lentamente.

—No si sobrevivió… cambiando.

El tirón en mi pecho se intensifica.

—¿Qué le hicieron? —exijo.

—Nosotros nada —dice el hombre mayor—. Pero otros…

Otra pausa.

—Otros sí lo quieren.

—¿Quiénes?

Y entonces escucho la palabra por primera vez.

—Los Antais.

El nombre se siente antiguo.

Pesado.

Como si no perteneciera del todo a este mundo.

—¿Qué son?

—Una tribu —responde la mujer—. Si es que aún se les puede llamar así.

—Viven más allá de la frontera —añade el hombre—. Donde la nieve se derrite… y las cosas no mueren como deberían.

Mi respiración se vuelve lenta.

—Ellos lo tienen.

No es una pregunta.

El hombre mayor asiente.

—Lo encontraron antes que nosotros. Creemos que ellos mandaron a las bestias y así llevarse lo que corresponde.

El fuego crepita.

El tiempo parece detenerse en ese sonido.

—Entonces voy a ir —digo.

La respuesta es inmediata. —No.

—No puedes. Dice la mujer —Es un suicidio.

Los ignoro.

—Él vino conmigo —continúo—. Se quedó. Peleó.

Mi voz se quiebra, pero no me detengo. —No voy a dejarlo ahora.

—No entiendes —dice la mujer, más cerca esta vez—.

Los Antais no “rescatan”.

—Reclaman.

Esa palabra…

se queda.

—¿Reclaman qué?

El hombre mayor me mira fijamente.

—Lo que cruza la frontera.

El tirón en mi pecho late con fuerza.

Como si respondiera.

Como si supiera.

—Entonces también vendrán por mí.

Silencio.

Nadie lo niega. Eso es suficiente.

Respiro hondo.

El dolor sigue ahí.

El miedo también.

Pero debajo de todo eso…

hay algo más. Algo que crece.

Algo que no estaba antes.

—Bien —digo.

Ellos me miran.

—Entonces no tengo tiempo que perder.

—No vas a llegar —insiste —. Nadie entra en territorio Antai y vuelve con vida para contarlo.

Lo miro directo.

—Yo ya estuve en un lugar donde nadie sobrevive.

Silencio.

—Y volví.

Eso los detiene.

No por completo. Pero lo suficiente.

—Eso es exactamente lo que nos preocupa.

No respondo.

Porque en el fondo…

a mí también me preocupa. El tirón en mi pecho vuelve. Más fuerte. Más claro.

Cierro los ojos por un segundo.

Y lo siento.

No es dolor.

No es hambre.

Es… presencia.

Algo dentro de mí.

Algo que respira conmigo.

Algo que escuchó el nombre de Mahua.

Y reaccionó.

Abro los ojos.

—Díganme cómo encontrarlos.

El hombre mayor duda.

Lucha consigo mismo.

Pero finalmente…

—Si vas —dice—, no será para traerlo de vuelta.

—Será para entender en qué se ha convertido.

Niego lentamente.

—No. Mi voz es baja.

Pero firme.

—Voy a traerlo a dónde pertenece.

El fuego cruje.

El viento golpea las paredes.

Y en algún lugar, muy dentro de mí…

algo se mueve.

Como si supiera… que ese camino

no tiene regreso.

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