Si me hubieran dicho que conocer y amar a ese hombre me llevaría hasta la muerte… aun así lo elegiría, una y mil veces, hasta mi último aliento.
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Capítulo 2
Pasaron tres meses. Noventa días en los que la vida de Alejandra siguió su curso normal, pero con una diferencia: la imagen de aquel hombre aparecía en su mente de vez en cuando, como una fotografía borrosa pero inolvidable. Había intentado racionalizarlo, diciéndose a sí misma que solo fue un momento, un desconocido amable y nada más. Sin embargo, en el fondo de su corazón, guardaba la esperanza secreta de volver a cruzarse con él.
Durante esos meses, Alejandra se enfocó con fuerza en su objetivo principal: salir adelante. Había terminado sus estudios y ahora buscaba desesperadamente una oportunidad laboral que le permitiera demostrar de qué estaba hecha. Enviaba hojas de vida a todas partes, iba a entrevistas, se preparaba.
Sabía que en este mundo competitivo no podía darse el lujo de fallar. Su familia en Barahona confiaba en ella, su madre le había enseñado que la honestidad y el esfuerzo eran las llaves del éxito, y ella estaba dispuesta a demostrarlo.
Un martes por la mañana, recibió una llamada que cambió todo. Era de una de las empresas más importantes y reconocidas de la ciudad. Le habían citado para una entrevista de trabajo. El puesto era justo lo que ella estaba buscando: asistente administrativa, con posibilidades de crecimiento.
—¡Sí! ¡Claro que sí! —había respondido Alejandra con entusiasmo, anotando la dirección y la hora—. Allí estaré puntual.
Ese día se levantó más temprano que de costumbre. Se bañó, se peinó con esmero, se puso su mejor ropa: una blusa blanca impecable y una falda azul marino que le daba un aire profesional y elegante a la vez. Se miró al espejo y respiró hondo.
—Vas a lograrlo, Alejandra —se dijo a sí misma—. Eres inteligente, eres capaz. Ese trabajo es para ti.
Salió de su casa con una mezcla de nerviosismo y emoción. El trayecto hasta la empresa fue largo, pero cuando llegó al edificio moderno y grande, sintió que su corazón latía con fuerza. Entró, saludó a la recepcionista y esperó en la sala de espera. Estaba rodeada de otros candidatos, todos con cara de seriedad, pero Alejandra trató de mantener la calma. Cerró los ojos un momento y recordó a su pueblo, a su madre, a todo lo que había sacrificado para estar ahí.
De repente, las puertas automáticas de la oficina del gerente se abrieron. Salió un hombre hablando animadamente con otro señor de traje. Alejandra no estaba prestando atención hasta que escuchó su voz . esa voz. Una voz grave, segura, familiar.
Levantó la vista lentamente y su respiración se cortó.
Allí estaba él.
El mismo hombre del supermercado. El de los ojos profundos, la sonrisa tranquila y la caballerosidad inigualable. Iba mucho más arreglado ahora, con un traje elegante que le quedaba perfecto, demostrando que era un hombre de negocios, importante. Estaba riendo por algo que le habían dicho, y luego, como si un imán lo hubiera guiado, su mirada se cruzó con la de Alejandra.
La risa se le apagó en los labios. Se detuvo en seco. El otro señor siguió caminando, pero él se quedó plantado mirándola, con los ojos bien abiertos, reconociéndola al instante.
Alejandra se puso de pie automáticamente, sintiendo que sus piernas flaqueaban un poco. No podía creerlo. El destino era una cosa increíble.
El hombre se acercó poco a poco, dejando a un lado su conversación anterior. Todo en la sala pareció desvanecerse, solo existían ellos dos.
—¿Tú? —dijo él, con una sonrisa que esta vez fue mucho más amplia y brillante—. ¿La chica de la fila?
Alejandra no pudo evitar sonreír también, olvidándose por un momento de los nervios de la entrevista.
—Yo misma —respondió ella, con voz suave pero firme—. Hola de nuevo.
—Vaya, qué sorpresa tan agradable —él extendió su mano hacia ella, y cuando Alejandra la tomó, sintió esa misma conexión de antes, pero más intensa—. Soy Francis. Francis Méndez.
—Alejandra... Alejandra Santos —se presentó ella, sintiendo que su nombre sonaba diferente al ser pronunciado en su mente junto al de él.
—Un gusto, Alejandra —repitió el nombre como si lo quisiera grabar—. Y dime... ¿qué haces tú por aquí? ¿Comprando otra vez? —bromeó él, relajando el ambiente.
—No, no —ella rió tímidamente—. Vengo... vengo por una entrevista de trabajo.
Los ojos de Francis brillaron con interés. Miró su carpeta, luego su rostro.
—¿Ah sí? ¿Y para qué puesto?
—Para asistente administrativa, señor —respondió ella respetuosamente.
Francis asintió lentamente, mirándola con una admiración que iba más allá de lo superficial. Recordó su carácter firme en el supermercado, su educación, y ahora veía su esfuerzo y sus ganas de salir adelante. Algo le dijo que esa mujer era especial.
—Mira qué coincidencia —dijo Francis—. Justamente yo tengo mucha relación con esta empresa. De hecho, venía de reunirme justamente con el gerente para hablar de temas de personal.
Alejandra abrió los ojos con sorpresa.
—¿De verdad?
—Sí —él se acercó un poco más, bajando la voz de forma confidencial—. Oye, no te preocupes. Ve tranquila adentro. Eres una chica inteligente, se te nota en la mirada. Y además... ya tienes un voto a favor.
—¿Ah sí? ¿Y quién es ese? —preguntó ella jugando un poco.
—Yo —respondió él sin dudarlo—. Voy a pasarle unas palabras al gerente antes de que entres. Tú solo demuestra lo que vales, que estoy seguro que es mucho.
Alejandra sintió que las mariposas revoloteaban en su estómago. No solo había vuelto a ver al hombre de sus sueños secretos, sino que él estaba ayudándola, creyendo en ella.
—Muchísimas gracias, Francis —dijo ella, emocionada—. No sé cómo pagarle...
—Ya me pagarás si te contratan, trabajando duro y echándole ganas —sonrió él, guiñándole un ojo—. Suerte, preciosa.
Él se giró y entró a la oficina unos minutos antes de que la llamaran. Cuando Alejandra entró, el ambiente era totalmente diferente. El gerente la recibió con una sonrisa amable, le dijo que ya sabía quién era ella, que Francis había hablado maravillas de su actitud y su puntualidad.
La entrevista fluyó como la miel. Alejandra respondió todo con seguridad, con inteligencia, mostrando que estaba preparada.
El gerente dejó sobre la mesa la carpeta con sus documentos y la miró directamente a los ojos, con una expresión de satisfacción.
—Alejandra Santos —dijo, inclinándose un poco hacia adelante—. Debo decir que estoy muy impresionado con tu preparación y con lo que he escuchado de ti. Francis no se equivoca nunca cuando habla de gente con potencial.
Alejandra sintió cómo se le calentaba la cara, pero mantenía la compostura.
—Muchas gracias, señor. He trabajado muy duro para llegar hasta aquí.
—Lo noto perfectamente. Y justo lo que necesitamos en esta empresa: gente que luche por sus sueños y se esfuerce al máximo. —El gerente extendió su mano hacia ella—. Enhorabuena. El puesto es tuyo. Comienzas la próxima semana.
No pudo evitar que se le escapara una lágrima de emoción. Apretó la mano del gerente con fuerza, sintiendo que todo su sacrificio valía la pena.
—¡Gracias, gracias, gracias! —repitió ella, sin encontrar palabras mejores.
Al salir de la oficina, Francis estaba esperándola en la sala. Al ver su rostro iluminado, supo de inmediato la noticia.
—¿Lo conseguiste? —preguntó con una sonrisa que alcanzaba sus ojos.
Alejandra asintió emocionada, y antes de pensar bien lo que hacía, le dio un abrazo cálido.
—¡Sí! ¡Gracias a ti! No sé cómo agradecerte...
Francis la envolvió con sus brazos, sintiendo que en ese instante nada más importaba.
—No hace falta que me agradezcas —susurró cerca de su oído—. Sabía que podías hacerlo. Y... bueno, también estoy contento de tener la excusa de verte todos los días.
Alejandra se separó un poco para mirarlo, viendo en sus ojos profundos algo que antes no se había atrevido a imaginar. Los dos se quedaron mirándose, conscientes de que aquel reencuentro no había sido solo una casualidad. El destino había puesto en su camino algo mucho más grande de lo que jamás hubieran podido sospechar.
Continuará ✨
Felicidades escritora. Una novela con matices que hacen cada capítulo interesante.
Debería de ponerse al tú por tú con Isabel y no dejarse amedrentar.
Al final será un cobarde que vivirá con amargura por no saber defender sus ideales y su amor.
Debería dejar pasar unos días y reflexionar sobre sus sentimientos. Y si el amor por ella misma le da el valor de escucharlo, que sobre eso decida qué elige.