Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 17
El silencio en la gran sala del consejo imperial era tan absoluto que el más mínimo zumbido de los servidores holográficos sonaba como un trueno. Zarek caminó con parsimonia hasta la cabecera de la mesa circular y, en lugar de sentarse, apoyó ambas manos sobre la superficie de obsidiana, inclinándose sutilmente hacia el frente. Su mirada gris recorrió a cada uno de los ministros, deteniéndose especialmente en el anciano consejero de defensa, quien hacía solo unos segundos exigía la cabeza del responsable del error.
—Parece que tenían mucho que decir antes de que cruzara esa puerta —habló Zarek, su voz profunda arrastrando una calma helada que infundía más terror que un grito—. Los escucho. Hablen ahora sobre el tratado.
El ministro de finanzas tragó saliva con dificultad, acomodándose el cuello de su túnica formal con dedos temblorosos.
—S-Su Majestad… —tartajeó, intentando reunir una pizca de valor político—. El consejo solo está profundamente preocupado. La llegada del joven del planeta de las bestias en lugar de la candidata oficial altera los estatutos del senado. Un gamma, por más hermoso y místico que sea, carece de la preparación militar y la templanza política para ser la emperatriz de Astris. Es un error que deja en ridículo nuestra rigurosidad diplomática ante los demás sistemas. Exigimos que se enmiende el fallo.
Zarek entrecerró los ojos y una sonrisa sutil, carente de cualquier pizca de calidez, se dibujó en sus perfectas facciones.
—¿Exigen? —repitió el emperador, y el tono de su voz hizo que varios consejeros encogieran los hombros—. Les recuerdo a todos en esta sala que el tratado estipulaba la unión con la línea de sangre del líder del clan del planeta de las bestias para consolidar el sector periférico. Nesta pertenece a esa línea de sangre. Él pisó mi plataforma, él aceptó el compromiso bajo mis términos y yo lo he reclamado como mi gamma. Quien vuelva a referirse a mi consorte como un "error" o ose cuestionar su madera para portar la corona, será acusado de alta traición al trono y colgado en la plaza central antes del amanecer. La discusión sobre mi matrimonio está permanentemente cerrada.
Los ministros bajaron la mirada al unísono, asintiendo con rostros pálidos. Nadie en su sano juicio iba a contradecir al emperador cuando su instinto territorial de alfa estaba tan evidentemente despierto. La farsa legal y la indignación del consejo se evaporaron ante el miedo puro.
Alistair, que permanecía de pie a la derecha del trono, observó que el frente interno finalmente estaba bajo control. Sin embargo, la calma duró un suspiro. Su tableta digital comenzó a vibrar de manera intermitente con una luz roja de máxima prioridad, mostrando un informe encriptado que provenía directamente de las estaciones de vigilancia del sector fronterizo este. Al leer los datos en la pantalla, la expresión del canciller principal pasó de la resignación a una gravedad absoluta.
Dando un paso al frente, Alistair interrumpió el tenso silencio del debate matrimonial, tecleando rápidamente en la mesa central para desplegar un nuevo mapa holográfico en tres dimensiones de la galaxia.
—Emperador, lamento romper el orden de la sesión, pero tenemos una problemática externa que requiere tu atención inmediata y que es infinitamente más complicada que cualquier disputa del senado —anunció Alistair, apuntando con su dedo hacia una zona del mapa iluminada en un peligroso color carmesí.
El emperador desvió su atención hacia el holograma, frunciendo el ceño al notar que los indicadores marcaban una actividad inusual.
—Habla, Alistair —ordenó el monarca.
—Los sindicatos de bandidos espaciales de la Nebulosa Gris han dejado de ser una simple molestia de contrabando —explicó el canciller, con la voz cargada de urgencia—. Hace menos de una hora, una flota masiva de naves corsarias fuertemente armadas interceptó y destruyó el cordón de seguridad del cuadrante siete. No solo robaron un cargamento colosal de Axion-9, el combustible principal de nuestras naves de asalto, sino que tomaron el control de la estación médica de la frontera. Lo más alarmante es que no están huyendo; han establecido un bloqueo y exigen el pago de un tributo en créditos imperiales a cambio de no bombardear los planetas agrícolas colindantes.
Un murmullo de pánico real corrió esta vez entre los ministros. Los bandidos espaciales solían ser escurridizos, pero un ataque directo a la infraestructura militar de Astris era un acto de guerra abierta.
—Esos malditos parásitos se han vuelto demasiado osados —rugió el ministro de defensa, olvidando el asunto de Nesta—. Su Majestad, si controlan el Axion-9, nuestra flota del sector este quedará inmovilizada en tres días.
Zarek observó los puntos de ataque en el holograma, sintiendo cómo su temperamento horrible y su sed de batalla regresaban con fuerza. El imperio estaba bajo amenaza externa, y la idea de aplastar a esos bandidos de la Nebulosa Gris encendía sus instintos más implacables. Sin embargo, una pequeña y tierno imagen cruzó su mente por un segundo: la carita llorosa de su pequeño gamma esperándolo en sus aposentos con una promesa de chocolates y un profundo miedo a quedarse solo. La guerra lo llamaba, pero su precioso y dependiente felino lo necesitaba en el palacio.