A ella una tragedia que la obligó a huir.
Al el una silla de ruedas lo condeno al olvido y al dolor para siempre.
cuando sus vidas se encuentren, cada herida amenaza con romperlos, pero será la esperanza quien siempre insistirá en salvarlos.
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Entre recuerdos y nuevos comienzos
El día estaba radiante, de esos que parecen pedirte a gritos que olvides las penas, aunque solo sea por unas horas. Adela y Estefanía se habían instalado bajo la sombra de un roble imponente, con una manta extendida y el café humeante todavía en el termo.
Estefanía, con esa paz que le había dado su nueva vida, miraba a su hermana. Adela estaba ahí, pero su mente parecía estar en otro continente, o quizás en otro tiempo.
—Adela, estás muy callada —dijo Estefi, rompiendo el silencio—. Y cuando estás así, sé que hay algo pesando en tu mochila.
Adela soltó un suspiro largo, observando una hoja caer.
—Es Lukas —dijo, pronunciando el nombre casi con miedo—. Es el hombre que cuido. Está herido, en silla de ruedas, pero tiene una forma de ver el mundo que… me hace sentir cosas que no debería.
—¿Cosas como qué? —preguntó Estefi, con una sonrisa suave.
—Como esperanza, Estefi. Como si todavía pudiera haber algo para mí más allá de los hospitales y de Aldo. Pero… me siento culpable. Siento que si doy un paso, si me permito sentir algo por él, estoy dejando atrás a Jorgue. Como si al ser feliz, estuviera olvidando que mi hijo ya no está.
Estefanía dejó la taza de lado y tomó las manos de su hermana. Sus ojos se llenaron de una comprensión infinita.
—Adela, mirame. ¿De verdad crees que Jorgue, en algún lugar, querría que te quedaras estancada en tu propio dolor para siempre? —Adela negó con la cabeza, con los ojos vidriosos—. Los hijos quieren que sus madres vivan. Si él pudiera decirte algo ahora, te diría que aproveches, que respires. No te quedes a vivir en el cementerio de tus heridas, porque eso no honra su memoria, solo apaga tu luz.
Adela bajó la cabeza, dejando escapar una lágrima solitaria.
—Es que tengo miedo.
—Yo también tuve miedo —confesó Estefi, mirando hacia el horizonte—. ¿Te acuerdas de cuando me fui de Paraguay? Huyendo de las miradas, de los susurros, de la gente que nos señalaba porque nos gustaba quien nos gustaba. Sentía que mi esencia estaba mal, que yo estaba mal.
—Eras tan valiente… —susurró Adela.
—No era valentía, era desesperación. Vine a Alemania buscando oxígeno, buscando un lugar donde no me juzgaran por amar. Y ahí apareció Hans. Él no me cambió, Adela; él me *permitió* ser. Me ayudó a salir del hoyo porque no tuvo miedo de bajar a buscarme. Con él aprendí que mi verdadera esencia no era algo que debía esconder, sino algo que debía celebrar. La vida nos dio sentido por fin.
Adela apretó la mano de su hermana, agradecida.
—Ojalá yo pudiera verlo tan claro como tú.
—Lo vas a ver —sentenció Estefi—. Solo date permiso.
Estuvieron un rato más en silencio, disfrutando de la brisa, hasta que a lo lejos, por el sendero, aparecieron dos figuras caminando. Una era inconfundible: Hans, con su sonrisa tranquila. A su lado, alguien más se movía con dificultad, impulsando sus ruedas por el terreno llano, aunque con una determinación que Adela conocía bien.
Adela se puso en pie de un salto, sorprendida.
—¿Es… es Lukas? —preguntó, llevándose las manos a la boca.
—Hans me dijo que Lukas necesitaba salir de esas cuatro paredes, y bueno… pensé que no había mejor lugar para respirar que este —dijo Estefi, guiñándole un ojo.
Lukas se detuvo a pocos metros. Lucía un poco descolocado, como alguien que no está acostumbrado a las sorpresas, pero cuando sus ojos encontraron los de Adela, una chispa de alivio apareció en su rostro.
—Hola —dijo Lukas, rascándose la nuca, un poco avergonzado—. Hans me convenció. Dijo que si me quedaba en casa un día más, me iba a convertir en parte de la decoración.
Adela sintió que el corazón le daba un vuelco. No solo por la sorpresa, sino por ver a ese hombre, que a veces parecía tan cerrado en su propio dolor, haciendo el esfuerzo de salir al mundo. Una sonrisa genuina y luminosa iluminó su rostro.
—Viniste —dijo ella, acercándose a él—. Me alegra tanto que hayas decidido respirar un poco de aire puro.
Lukas la miró y, por un segundo, todo el drama de sus pasados pareció quedar suspendido en el aire fresco de la tarde.
—Creo que ya era hora —respondió él—. De dejar de mirar las paredes y empezar a mirar un poco más allá.
Adela lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, la culpa no pesó tanto. Había luz, había compañía, y por encima de todo, había un camino nuevo que apenas empezaba a dibujarse.
Te mereces una oportunidad de ser feliz al lado de Lukas no lo pienses y deja te querer y quiere tu también.
Lukas lo que hace el amor saliste de tu casa a respirar el mismo aire que Adela.