Julie Winters y Elis Lovette están obligados a existir en la vida del otro desde nacimiento, pero se volvieron enemigos por mera elección.
El destino parece tener una obsesión retorcida con ellos, pues tras un accidente mortal, ambos terminan despertando dentro de la novela de fantasía que debían leer para un proyecto universitario.
Julie, ahora Odette Montgomery y Elis, ahora Oriel Langford, se ven obligados a contraer matrimonio bajo el papel de la pareja más envidiada del imperio, aunque las ganas de estrangularse continúan evidentes.
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¡Espera un momento! Aun no sé quién soy
La mente de Julie continuaba aturdida. Pero los golpes con Elis habían dolido bastante, así que la idea de un sueño se desechó por completo de su lógica propia. Aun así, no había razones coherentes por las que en ese momento se encontrara ahí.
Se movía en automático. Algunos movimientos casi salían sin ella ser consciente, y habría seguido de este modo si la pelirroja no se hubiera acercado para desabotonar su camisón. Una corriente le nubló la razón. Julie dio un paso atrás y se aferró a su vestido, mirándolas con el horror impregnado en sus ojos. Las otras, presas de la confusión, se arrodillaron y juntaron sus palmas, rogando perdón.
—¿Está herida? Milady, no lo sabíamos, por favor, ¡disculpe a estas dos miserables criadas! —suplicó la pelirroja.
—¡Ruby y Lili han sido descuidadas, pero no volverá a suceder! —agregó la rubia.
Como latigazo en el cráneo, Julie recobró el juicio. Recordó dónde estaba, en qué cuerpo habitaba su alma y un poco lo que estaba haciendo ahí. Agarró uno de los pliegues del camisón y se miró el pecho, suspirando aliviada cuando se dio cuenta de que su viejo cuerpo se había quedado atrás.
—No —carraspeó—. Yo lo siento, estoy confundida.
Nomás oírla, las dos mujeres se levantaron y se acercaron a Julie. Cada una le tomó una mano y acariciaron sus dorsos con el cuidado adecuado para un cristal.
—Permítanos ayudarle con el baño, Milady —pidió la rubia—. Tal vez eso pueda ayudar.
Julie asintió y se dejó hacer. La seda del camisón resbaló al suelo, descubriendo una piel que no era suya. Una pálida y tan pura como la de alguien que no conocía la crueldad humana.
—¿Qué fue lo que pasó antes? —se atrevió a preguntar una vez dentro de la tina con agua de rosas.
—Milady y el príncipe Oriel fueron a pasear a los jardines traseros del reino, pero sin preverlo, terminaron descubriendo una planta venenosa —respondió la pelirroja
—Milady y el príncipe Oriel durmieron durante cuatro días completos —agregó la rubia, remojando su espalda—. Pero, Milady, ¿se siente bien?
—¿Por qué me preguntas eso? —preguntó de vuelta.
La rubia se movió de lugar, colocándose al lado de la otra, intercambiando una mirada silenciosa entre ellas que provocó el nerviosismo de la intrusa.
—Es que… No me ha llamado rojita —confesó en voz baja la pelirroja.
—Y a mí tampoco me ha llamado su sol.
Julie las observó callada. Las dos le miraron con tristeza, resignándose para comenzar a vestirla como lo indicaba la rutina, sin saber realmente que en la cabeza de la azabache todo empezaba a desmoronarse.
—Probablemente tiene algún problema de confusión mental por lo sucedido —sugirió la pelirroja—. Llamaré al médico real antes de que sus padres se enteren de que despertaron.
Julie asintió, pero no respondió. Como una muñeca, se quedó quieta, observando la manera en la que era disfrazada. Al menos, agradecía que esas dos fueran amigables y leales a ella.
—¡Milady!
Una gritó y la otra se unió. Ambas mirando con horror aquella mancha púrpura que rompía por completo la armonía en la piel de su señorita. Julie lo miró con duda y observó el moretón en su pierna —resultado de su reciente pelea.
—¿Esto se lo hizo el príncipe Oriel?
—¿No es un poco demasiado apasionado? Ja, sinvergüenza.
Las orejas de Julie quemaban. Intentó robar su atención, pero milagrosamente alguien más la ayudó cuando llamaron a la puerta. Las mujeres finalmente dejaron caer la falda y se acercaron a la puerta, reverenciando sin mucho ánimo cuando notaron la presencia del príncipe al otro lado.
A diferencia de los momentos atrás, ahora los ojos verdes del sujeto yacían más tranquilos, apaciguados. Su sonrisa perfecta deslumbró e ingresó a la habitación para buscar tomarle la mano a su prometida.
Bastante enamorado, como era casual.
—Vamos… Mi amor.
Las náuseas golpearon a Julie. Su puño se cerró como respuesta; sin embargo, su estado de hostilidad no pudo florecer cuando notó los dientes apretados del otro. Era todo parte del show y ella lo entendió al instante. Asintió con suavidad y tiró de su mano, alcanzando la otra en una fricción que le electrificó hasta la sangre, probablemente una reacción provocada por su memoria corporal.
No se detuvo a preguntar, y Elis tampoco se lo permitió.
Ambos avanzaron bajo la velocidad del varón, con las mujeres detrás de ambos. Julie miró cada uno de los pasillos de la enorme construcción, sintiéndose cada vez más pequeña y mareada. Era un terrible laberinto. Pensó que debería comenzar a aprender detalles importantes de esa vida con los recuerdos de aquel video, o era claro que iba a terminar arruinado todo.
Al llegar al comedor, Julie finalmente pudo suspirar aliviada. No obstante, se detuvo con Elis sosteniendo su mano cuando notó una cabellera castaña en el comedor. Su corazón se alborotó sin permiso y cuando quiso hablar, el sujeto extraño se levantó y les dio la cara.
Era hermoso, un chico castaño de ojos enormes negros y labios triangulares que lo hacían parecer un cachorro. Ruby y Lili se adelantaron y reverenciaron hacia él con el mismo respeto que mostraban a los grandes personajes.
—Odette.
Julie se congeló nerviosa, aferrándose a la mano de Elis. No lo conocía, no sabía quién era, pero ese sujeto la había llamado bajo un tono demasiado familiar, como si el vínculo entre ellos fuera especial. Sin embargo, no respondió de ninguna manera.
—Discúlpela, Lord Sky —reverenció Ruby.
—Creemos que el veneno le ha provocado amnesia —agregó Lili—. Nosotras también estamos sufriendo por su confusión.
Elis apretó la mano de Julie. La azabache correspondió y se acercó a la par de su enemigo, sintiendo que el estómago se le encogía con cada metro más cerca del chico.
—Su alteza —saludó con una reverencia corta, antes de dirigir su atención a la otra—. Odette —le llamó suavemente, tomando su mano libre.
Julie observó en silencio con una sonrisa torcida, incómoda. Lo miró con intención de estudiarlo, sus gestos, sus movimientos. La misión era intentar despejarlo, pero no pudo.
El castaño de nombre Sky giró su mano con la palma bocarriba. Con una calma excepcional y una costumbre inédita, Julie atestiguó la manera en la que el índice ajeno repasaba su palma sin vergüenza, con la libertad de una sociedad ignorante.
—¡¿Qué haces?! —alejó su mano, espantada.
Se cubrió instintivamente detrás del cuerpo de Elis para que tomara cartas en el asunto, aunque luego se dio cuenta de que no había siquiera unas mínimas ganas de defenderla.
—Milady —llamó Lili, tomando su mano—. Lord Sky solo estaba verificando su salud —murmuró.
Julie sintió que la sangre le bajó hasta los pies. Sus ojos enormes miraron al supuesto amigo de Odette, que ahora la juzgaba con la mirada intensa. Luego buscó ayuda en Elis, pero terminó con el pecho encogido en rabia cuando lo vio sonriendo de manera burlona.
Estaba en problemas.