Camila era enfermera y estaba casada con el hombre que creía perfecto: el doctor Santiago, un ginecólogo-obstetra brillante y respetado. Pero detrás de la puerta de su mansión, la realidad era otra. Santiago la trataba con una frialdad glacial, jamás le tocó el vientre durante los nueve meses de embarazo y se negó a atenderla la noche en que rompió aguas. Su bebé no sobrevivió. O eso le dijeron.
Tres años después, Camila ha reconstruido su vida como enfermera pediátrica. Un día ingresa de urgencia un niño de tres años llamado Mateo, con traumatismo craneal y una fractura abierta. Necesita una transfusión de sangre A-negativo —un tipo rarísimo— y Camila resulta ser compatible. Le dona su propia sangre y le salva la vida. Al despertar, Mateo la mira fijamente y la llama *Mamita*.
Lo que parece el capricho inocente de un niño asustado se convierte en un vínculo imposible de romper. Mateo se niega a comer, a dormir y a dejarse curar por nadie que no sea Camila. Pero Mateo tiene una madre: Luna, una actriz glamurosa que abandonó a su hijo por su carrera, y un padre cuya identidad Camila aún desconoce.
Cuando la verdad salga a la luz —sobre el bebé que Camila creyó muerto, sobre la sangre que comparte con Mateo, sobre el fraude que lo arrancó de sus brazos— nada volverá a ser como antes. Ni para ella, ni para Santiago, ni para el niño que siempre supo quién era su verdadera madre.
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Capítulo 5
La situación en la sala de reanimación se volvió más crítica cuando el doctor Gabriel miraba la pantalla del monitor con angustia. —¡Su presión sigue bajando, ha perdido demasiada sangre. Necesitamos una transfusión de inmediato! —gritó el médico, lo que dejó a Camila en pánico.
Camila llamó rápidamente al banco de sangre del hospital, pero la respuesta al otro lado del teléfono la dejó sin fuerzas. Las reservas del grupo sanguíneo A negativo, un tipo bastante poco común, estaban agotadas debido a un accidente en cadena ocurrido aquella tarde. Esperar el suministro de la Cruz Roja central llevaría al menos una hora, mientras el latido del pequeño se debilitaba cada vez más.
—¿Qué hacemos, doctor? No hay reservas del grupo A negativo —informó Camila con los ojos anegados de lágrimas.
—Vaya a ver a la familia, enfermera —ordenó el doctor Gabriel sin apartar la vista de las compresiones sobre el pecho del niño.
Sin decir más, Camila salió de la sala hacia la sala de espera. Al llegar, la abuela de Mateo miraba fijamente hacia la ventana.
—Señora —dijo Camila, intentando disimular su pánico en la medida de lo posible, aunque en realidad el corazón le latía con una rapidez vertiginosa al recordar que el nieto de esa señora no estaba bien.
La anciana se sobresaltó y se apartó de la ventana para acercarse a Camila. —Soy yo, enfermera… —respondió la abuela de Mateo; su rostro estaba desencajado, pensando en Mateo, que luchaba allá adentro. Con la presencia de la enfermera, el miedo a recibir malas noticias se intensificó, dada la gravedad de las heridas de su nieto.
—Disculpe, señora —Camila le explicó que Mateo necesitaba un donante urgente, pero que lamentablemente el hospital no tenía reservas de ese grupo sanguíneo.
—Pero mi tipo de sangre tampoco es compatible, enfermera —dijo la anciana de sesenta años, desplomándose sin fuerzas. La conmoción confirmó su temor a recibir malas noticias. No podía creer que su nieto, que dos horas antes pedaleaba alegremente en su bicicleta pequeña, estuviera ahora postrado y necesitara ayuda para sobrevivir, y ella no pudiera dársela.
—Señora… —Camila se acercó y se inclinó para acariciar el dorso de la mano de la anciana; al instante pensó en su madre, que ya no estaba. En lugar de una solución, la abuela añadía más tristeza a la de Camila, porque rompió a llorar con angustia.
—Por favor, salve a mi nieto, enfermera —la anciana estaba dispuesta a pagar lo que fuera por su salvación.
—Disculpe, señora. ¿Hay algún familiar de Mateo a quien podamos contactar? ¿Dónde están sus padres? —Camila se armó de valor para preguntar en aras de la supervivencia de Mateo.
La anciana guardó silencio; un segundo después soltó un suspiro agitado. —Los padres de Mateo están en el extranjero ahora mismo, enfermera, pero no consigo comunicarme con ninguno de los dos —explicó la abuela, y luego calló porque ya no le quedaban fuerzas para continuar.
Al ver que a la anciana le costaba seguir hablando, Camila no se atrevió a preguntar más. Se despidió de la abuela y fue a buscar al doctor Gabriel. Sin que Camila lo supiera, la abuela la siguió.
Por la obligación de respetar las normas, el guardia de seguridad retuvo a la abuela. —Es mejor que espere fuera, señora —el guardia, que en el fondo sentía lástima por el llanto desgarrador de la anciana, la ayudó a sentarse en una silla fuera del área donde atendían a Mateo.
Mientras tanto, Camila miraba el rostro pálido de Mateo con el pecho oprimido. El débil apretón de su uniforme de antes parecía una llamada del alma que no podía ignorar. Sin dudar, se volvió hacia el médico.
—Doctor, tome mi sangre. Mi grupo sanguíneo es A negativo —dijo Camila con determinación.
—Camila, estás de turno. Podrías debilitarte y ya estamos cortos de personal —objetó el médico con dudas.
—Estoy bien, doctor. No voy a dejar que este niño se vaya por un problema de protocolo. Tómela ahora, o lo perderemos —respondió Camila con una mirada que no admitía réplica.
El doctor Gabriel miró a Camila, que no mostraba la menor duda, y asintió. Cuando se trataba de los niños del hospital, Camila actuaba de manera que desafiaba toda lógica. Era capaz de hacer cualquier cosa por la recuperación de sus pacientes. El doctor Gabriel, que no conocía la historia de Camila de tres años atrás, se quedaba perplejo ante ella con frecuencia.
Se llevó a cabo el procedimiento de emergencia. Camila se tendió en una camilla justo al lado del pequeño. Era una imagen que conmovía el corazón: un tubo rojo llevaba la vida desde el brazo de Camila hasta el cuerpecito que luchaba contra la muerte.
Mientras sentía cómo su sangre pasaba a otro cuerpo, Camila no paraba de murmurar oraciones. Sentía que estaba dándole el aliento de vida a su propio hijo, al que en su momento no se pudo salvar. El mareo comenzó a atacarla, pero cada vez que veía el pecho del niño subir y bajar, aunque fuera despacio, sus fuerzas volvían.
—No te rindas, cariño… —susurró en voz muy baja, mientras las lágrimas resbalaban por las comisuras de sus ojos. Pensó en el bebé que nunca llegó a ver, más allá de la lápida sin nombre que la doctora Susana le había mostrado una semana después del parto.
Al cabo de un rato, el monitor empezó a mostrar cifras más estables. El color rosado fue regresando poco a poco a los labios diminutos del niño. Camila esbozó una leve sonrisa en medio de su debilidad, consciente de que el destino la había llevado a ser enfermera no como simple trabajo, sino como una misión para prolongar vidas que estaban a punto de apagarse, con la voluntad de Dios.
—Gracias a Dios… —dijo el doctor Gabriel—. Lo mejor es que descanses unas veinticuatro horas, Camila; que Andrea te cubra —le ordenó el doctor Gabriel, y luego salió de la sala tras el asentimiento de Camila.
Camila miró al niño a su lado: aunque ya se había declarado su mejoría, no se quedaría tranquila hasta verlo despertar. Le preocupaba que Mateo pudiera tener problemas cognitivos a causa de la conmoción cerebral.
—Dios mío… Cura a Mateo —rezó, y luego se durmió. Sin embargo, apenas unos minutos después se oyó a un niño pequeño llamar a su mamá.
Camila se incorporó enseguida y se sentó junto a la cama de Mateo. El niño ya había despertado y miraba a Camila con ojos soñolientos. —Ya despertaste, cariño… —Camila contempló sus mejillas, que en realidad eran regordetas pero estaban llenas de heridas.
—Mamá… duele… —murmuró con voz muy débil; el niño aún hablaba con ceceo.
—Aguanta, cariño… la enfermera está aquí —Camila le acarició el dorso de la mano.
Mateo volvió a mirar a Camila, esta vez con más intensidad. —Mamá… no efermera… —susurró.
—Mamá está de camino, cariño… Voy a llamar a la abuela, ¿sí? —dijo Camila con ternura, pero antes de que pudiera levantarse, Mateo se puso a llorar con fuerza.
—Cariño… —Camila le acarició el hombro a Mateo hasta que, unos segundos después, el niño dejó de llorar.
—Efermera es mamá mía… —dijo con voz ronca.
—Bien, la enfermera es la mamá de Mateo —Camila intentó seguirle la corriente a Mateo con sentimientos encontrados. Le preocupaba que su temor de que Mateo tuviera problemas cognitivos fuera cierto, pues el niño la llamaba mamá.
—Un momento, la enfermera va a llamar al doctor —dijo Camila, y luego presionó el botón del teléfono para comunicarse con el doctor Gabriel.
—Mamá… no efermera —los ojos de Mateo volvieron a llenarse de lágrimas.
—Sí… hijito mío… —Camila soltó una risita y le tocó la nariz.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Mateo. —Cargame… —Mateo extendió los brazos con el rostro algo más animado.
Sin importarle su propio cuerpo aún débil, y sin corregir la forma en que Mateo la llamaba, Camila levantó el cuerpecito de Mateo y lo acomodó en su regazo. Camila sabía que en un momento tan crítico como ese, el contacto amoroso de la mamá de Mateo era exactamente lo que necesitaba y la mejor medicina. No podía entender cómo, por muy ocupados que estuvieran, los padres no regresaban de inmediato al enterarse del estado de su hijo.
—Ahora Mateo se duerme… —Camila le acarició el hombro. Mientras ese momento cálido se tejía entre los dos, dos personas entraron en la sala.
Continuará…