La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.
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Capítulo 4: El desafío del Comandante
El viento del Norte rugía con fuerza entre las almenas del castillo de la familia Valerius, arrastrando ráfagas de nieve fina que azotaban el patio de armas. El frío era capaz de congelar el acero, pero los reclutas sudaban sangre. Theo Valerius se alzaba en el centro del terreno como una torre inamovible, con su pesada capa militar sobre los hombros y una mirada fija que hacía temblar a los veteranos. El Comandante Supremo no estaba de humor. Tras el desastre del baile en la capital, había sometido a la guarnición a un entrenamiento brutal, derribando a tres sargentos con su espada de madera en menos de diez minutos.
—¡Falta de ritmo! ¡Poco peso en la guardia! —bramó Theo, su voz grave resonando contra los muros de piedra—. Si los espías del reino vecino cruzan la frontera mañana, sus cabezas rodarán antes de que puedan parpadear. ¡Siguiente!
Ningún soldado se movió. El silencio se prolongó en el patio, interrumpido únicamente por el chirrido de la gran puerta de hierro al abrirse. Un hombre alto, de hombros anchos y paso firme, cruzó el umbral. Vestía el uniforme de los capitanes transferidos de la guardia imperial de la capital, pero cargaba su equipo con la naturalidad de quien ha vivido en el frente. Su rostro mostraba facciones marcadas y unos ojos oscuros que denotaban una calma imperturbable.
Era el nuevo capitán, enviado directamente por el emperador Christopher para convertirse en el segundo al mando de las fuerzas del Norte.
El recién llegado caminó directamente hacia Theo, ignorando la tensión palpable en el aire. No hizo la reverencia exagerada de los cortesanos; se limitó a cuadrarse con un saludo militar impecable y firme.
—Capitán asignado al mando del Norte, informándose para el servicio, Comandante Valerius —dijo, con una voz serena que no tembló ante el aura gélida que emanaba de Theo.
Theo lo midió de arriba abajo. A sus treinta años, el hijo de Cédric no aceptaba subordinados que no hubieran ganado sus galones en la nieve. Caminó alrededor del capitán como un lobo evaluando a un rival que entraba en su territorio.
—En el Norte no nos importan las recomendaciones de la capital, capitán —siseó Theo, deteniéndose frente a él y tomándolo por el cuello de la casaca con una brusquedad deliberada—. Aquí los hombres se prueban con el acero. ¿O acaso los lujos de la corte lo han vuelto blando?
El nuevo capitán no pestañeó. Sostuvo la mirada asesina de Theo con una fijeza desafiante, y una sutil sonrisa de suficiencia asomó en la comisura de sus labios. Con total parsimonia, apartó la mano del Comandante de su uniforme con un golpe seco de su antebrazo.
—Pruébeme entonces, Comandante.
La provocación incendió el patio. Theo retrocedió dos pasos y pateó una de las espadas de entrenamiento de hierro forjado que estaban en el suelo, lanzándola al aire. El capitán la atrapó limpiamente por la empuñadura, despojándose de su pesada capa con un solo movimiento.
El duelo que siguió fue monumental. Theo atacó primero con la fuerza bruta heredada de su padre, descargando un golpe descendente capaz de romper un escudo. El impacto del metal resonó como un trueno, pero el capitán absorbió el golpe desviando la hoja con un giro preciso de su muñeca. La velocidad del recién llegado era asombrosa. Contraatacó con una serie de estocadas rápidas que obligaron al Comandante a retroceder por primera vez en toda la mañana.
Los soldados observaban conteniendo el aliento. Era una danza salvaje de chispas, jadeos ahogados y botas destrozando la fina capa de nieve del suelo. Theo ponía toda su fiereza y peso en cada embestida, intentando doblegar el orgullo del intruso, pero el capitán respondía con una técnica impecable y una resistencia feroz, devolviendo cada golpe con la misma intensidad. El combate se prolongó durante varios minutos de pura adrenalina, hasta que ambos, exhaustos y con los rostros cubiertos de sudor a pesar del frío, lanzaron un último ataque simultáneo.
El choque final congeló la escena. La espada de Theo quedó rozando el cuello del capitán, mientras que la punta del arma del capitán presionaba firmemente el pecho de Theo, justo sobre su corazón.
Un empate absoluto. Ninguno cedió un milímetro.
En lo alto de la fortaleza, apoyada contra la barandilla del balcón de piedra de las estancias residenciales, Lucero observaba toda la escena. Sosteniendo una capa de pieles sobre sus hombros, la joven de veinticuatro años no había apartado los ojos del combate ni un solo segundo. Una chispa de fascinación y absoluto asombro encendió sus ojos.
Por primera vez en su vida, veía a un hombre en todo el Imperio que no se encogía ante la mirada destructora de su hermano mayor, alguien que tenía el valor de plantarle cara al temible general de hierro y salir ileso. Una sonrisa astuta y peligrosa se dibujó en los labios de la joya del Norte mientras veía al capitán envainar su arma con absoluta tranquilidad. El asfixiante muro de protección que Theo había construido a su alrededor acababa de encontrar una grieta, y Lucero estaba más que lista para aprovecharla.