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La Otra Cara De La Moneda

La Otra Cara De La Moneda

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Celebridades
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.

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Capítulo 8: Familia de cristal

Pasaron dos meses desde aquel primer concierto. Dos meses de viajes, entrevistas, grabaciones, presentaciones. La agenda de César era un torbellino que no le permitía pensar, ni extrañar, ni dudar. Y quizás por eso mismo la disquera la mantenía así: llena. Un artista ocupado no tiene tiempo para preguntarse si es feliz.

Pero la familia sí tenía tiempo. Mucho tiempo.

La primera visita de Laura a la ciudad fue un domingo de lluvia. César la había invitado varias veces, pero ella siempre encontraba una excusa: que las niñas, que el trabajo, que el pasaje. Hasta que un día, sin avisar, apareció en la puerta del apartamento con una bolsa de plástico en la mano y los zapatos empapados.

César abrió la puerta y se quedó en shock. Su madre estaba allí, con el mismo abrigo viejo de siempre, el pelo mojado, la cara arrugada por el cansancio del viaje. Pero sonreía. Sonreía como no lo hacía desde que él era niño.

“Mamá, ¿por qué no avisaste?”

“Para que no te pusieras nervioso”, dijo Laura, entrando y mirando todo con ojos de asombro. “Huy, pero esto es bonito. ¿Todo esto es tuyo?”

“Es de la disquera, mamá. Me lo prestan.”

Laura no pareció escuchar. Se acercó a la ventana, tocó el vidrio con la punta de los dedos. “Vidrio de verdad. No se veía uno de estos desde… bueno, nunca.”

César la abrazó por detrás y sintió que se le partía algo por dentro. Su madre olía a humedad y a jabón de lavandería, el mismo olor de siempre, el olor de El Rincón. En ese momento, todo el éxito, todos los aplausos, todas las luces, no valían nada comparado con ese abrazo.

Pero la visita fue breve. César tenía una entrevista en la tarde y no podía cancelar. Mauricio fue claro: “La prensa no espera. Dile a tu mamá que te acompañe, así ve cómo trabajas”.

Laura fue al estudio. Se sentó en una silla de plástico en la esquina, con su bolsa en el regazo, viendo cómo su hijo se maquillaba, se peinaba, se ponía una chaqueta que no era suya. Lo vio responder las mismas preguntas de siempre con la misma sonrisa de siempre. Y luego, cuando las cámaras se apagaron, lo vio apagar también la sonrisa.

Esa noche, en el apartamento, Laura le cocinó arroz con pollo en la cocina que César nunca usaba. Comieron en la mesa pequeña, en silencio. Y cuando terminaron, Laura dijo algo que César no olvidaría jamás.

“Hijo, eres como esas casas bonitas que muestran en las revistas. Se ven bien por fuera, pero por dentro no hay muebles.”

César quiso negarlo, pero las palabras no le salieron.

“Tú no eres feliz”, continuó Laura, con una calma que dolía más que un grito. “Y no me vengas con mentiras. Yo te pari, te crié, te vi llorar cuando tu papá se fue. Yo sé cuándo sonríes de verdad y cuándo sonríes porque te toca.”

César bajó la mirada. “Mamá, esto es temporal. Es el precio que hay que pagar para llegar lejos.”

Laura negó con la cabeza. “El precio no debería ser tu alma, hijo.”

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A la semana siguiente, la familia entera quiso visitarlo. Milo había convencido a Laura de que era su derecho ver dónde vivía su hermano. Llegaron un sábado en la mañana: Laura, Milo, Sofía y Camila. Sofía traía un dibujo que había hecho en la escuela: una casa con una ventana grande y una guitarra afuera. Se lo dio a César con una timidez que le rompió el corazón.

“Es para ti, hermano. Para que no te olvides de nosotros.”

César colgó el dibujo en la nevera, justo al lado del calendario lleno de compromisos.

Milo recorrió el apartamento con los brazos cruzados, tocándolo todo con una mezcla de admiración y resentimiento. “Esto es lo que hacen los ricos, ¿no? Tener neveras que no usan y ventanas que no abren.”

“No soy rico, Milo. Sigo siendo el mismo.”

“Claro que no”, respondió Milo, mirándolo fijamente. “El mismo no tiene chaqueta de cuero ni vive solo en un apartamento con vidrios en las ventanas. El mismo no sale en la tele. El mismo no se olvida de mandar dinero.”

Esa última frase fue un puñal. César había enviado dinero, sí. Pero no tanto como hubiera querido. La disquera le daba un sueldo fijo, modesto, mientras las regalías se acumulaban en algún lugar al que él no tenía acceso. Lo que ganaba apenas le alcanzaba para los gastos básicos y para enviar algo a su casa.

“No sabes de lo que hablas”, dijo César, con la voz más dura de lo que pretendía.

“Sé que mamá sigue cosiendo de noche. Sé que Sofía sigue durmiendo con nosotros en la misma cama. Sé que la ventana de la cocina sigue rota. Y sé que tú estás aquí, con tu chaqueta bonita, mientras nosotros seguimos en El Rincón.”

La discusión subió de tono. Laura tuvo que interponerse. Sofía empezó a llorar. Camila se escondió detrás de su madre. La visita, que debía ser un reencuentro feliz, terminó convertida en un campo de batalla.

Cuando se fueron, César se quedó solo en el apartamento, mirando el dibujo de Sofía pegado en la nevera. La casa con la ventana grande. La guitarra afuera.

Agarró el teléfono y llamó a Laura. “Mamá, ¿cuánto cuesta arreglar la ventana?”

“No te preocupes, hijo. Ya la arregló el vecino con un cartón.”

“No, mamá. Quiero ponerle vidrio. Vidrio de verdad.”

Laura se quedó en silencio. Luego dijo: “El vidrio cuesta ochocientos pesos. No los tengo”.

César hizo cuentas. Tenía seiscientos en su cuenta. Los pasajes para ir a verlos costaban ciento veinte. Si ahorraba un poco más… “La semana que viene te mando el dinero, mamá. Prometido.”

Esa noche, antes de dormir, César recibió un mensaje de Mauricio. Era un enlace a un artículo de una revista de farándula. El titular decía: “César Mora: el artista que se olvidó de su familia”.

El artículo contaba, con lujo de detalles inventados, que César vivía en la opulencia mientras su madre seguía en la pobreza. Citaba a “fuentes cercanas” que nadie verificó. Incluía una foto de Laura saliendo de su casa en El Rincón, con el abrigo viejo y la cara cansada.

César llamó a Mauricio de inmediato. “¿Quién filtró esto?”

“No lo sé, pero tenemos que controlar el daño. Mañana daremos una entrevista. Dirás que amas a tu familia, que estás ahorrando para comprarles una casa, que todo es mentira. Habla bonito de ellos, pero no prometas nada concreto. Las promesas se olvidan; las mentiras bien contadas se recuerdan.”

César sintió ganas de vomitar. “Mauricio, mi madre necesita vidrio para la ventana. Nada más. Ochocientos pesos.”

Hubo un silencio al otro lado. Luego, la voz de Mauricio, más fría que nunca: “César, si le compras una ventana a tu mamá ahora, la prensa dirá que lo haces por la mala prensa. Si esperas un mes, dirán que eres generoso. Las intenciones no importan. La percepción lo es todo”.

Colgaron. César se quedó mirando el techo blanco otra vez. Y supo que el vidrio de la ventana de su madre tendría que esperar. Como todo lo demás.

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