A ella una tragedia que la obligó a huir.
Al el una silla de ruedas lo condeno al olvido y al dolor para siempre.
cuando sus vidas se encuentren, cada herida amenaza con romperlos, pero será la esperanza quien siempre insistirá en salvarlos.
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El campo de batallas
Había pasado una semana. Siete días desde que Adela cruzó la puerta de la casa de Lukas, y la convivencia se había convertido en una guerra de trincheras. No era una relación de enfermera y paciente; era un duelo de egos heridos. Si él gritaba por una tontería, Adela le devolvía el grito con la misma intensidad. Si él tiraba un libro al suelo por frustración, Adela recogía el libro y lo volvía a tirar donde estaba, obligándolo a ver que el caos no servía de nada.
Lukas era un hombre atrapado en su propia rabia, un ex militar que sentía que su cuerpo, ahora preso en una silla de ruedas, era una traición constante. Y Adela no estaba dispuesta a ser su saco de boxeo.
Eran las tres de la tarde. Adela estaba en la cocina, compartiendo un té con dos de las empleadas de la casa, tratando de recuperar el aliento. Fue un respiro breve, porque el silencio se rompió por un alarido que hizo vibrar los cristales.
—¡ADELA! ¡¿DÓNDE CARAJO ESTÁS?! ¡VEN ACÁ AHORA MISMO, INÚTIL!
Las otras chicas se miraron, asustadas. Adela, sin embargo, ni se inmutó. Dejó su taza en la mesa con una calma que rozaba la frialdad.
—Otra vez —susurró, poniéndose de pie.
Caminó hacia el estudio de Lukas con paso lento. Cuando entró, lo encontró en el suelo, junto a su silla volcada. Había tirado una lámpara, varios papeles y un vaso de agua que ahora empapaba la alfombra.
Lukas, rojo de furia, la señaló con el dedo.
—¡¿Te quedaste sorda?! ¡Estoy en el suelo, maldita sea! ¡Levántame!
Adela lo miró un segundo, impasible. Luego, ignorando por completo la mano que él extendía desesperado, se agachó y empezó a recoger los papeles que estaban esparcidos.
—¡¿Qué hacés?! —bramó él, golpeando el suelo con el puño—. ¡Te estoy diciendo que me levantes! ¡No me importa esa basura!
Adela siguió recogiendo los papeles, uno por uno, con una parsimonia que enfurecía a Lukas. Luego, tomó la lámpara y la colocó sobre la mesa.
—¡TE DIJE QUE ME LEVANTARAS, MALDITA SEA! ¡¿SOS IDIOTA O QUÉ?! —gritó Lukas, con las venas del cuello hinchadas.
Adela se puso de pie, cruzó los brazos y, por primera vez, le gritó con tanta fuerza que su voz retumbó en las paredes del estudio.
—¡BASTA! ¡YA BASTA, LUKAS!
El silencio que siguió fue absoluto, tan denso que se podía cortar. Lukas se quedó paralizado, sorprendido por la ferocidad del grito de ella.
—¡Acá no se trata de quién grita más fuerte! —continuó Adela, acercándose a él, sin miedo—. ¡Estoy harta de que tires todo por el suelo como si fueras un niño caprichoso! ¡Primero recogemos el desorden, y después, si te comportás, te levanto!
—¡SOY UN HOMBRE ROTO, NO UN NIÑO! —le gritó él, escupiendo las palabras.
—¡Y YO SOY UNA ENFERMERA, NO TU ESCLAVA! —respondió Adela, a centímetros de su rostro—. ¡Si quierés que te respete, empiezá por respetar este lugar y a la gente que viene a cuidarte! ¡¿Quedó claro?!
Lukas la miró, jadeante. Su orgullo estaba herido, pero en el fondo de sus ojos, por primera vez en toda la semana, no había solo rabia. Había una chispa de sorpresa. Nadie, absolutamente nadie, se había atrevido a enfrentarlo así.
Adela, sin darle tiempo a responder, le extendió las manos.
—Ahora, vamos. Dame las manos —dijo, volviendo a su tono profesional, como si el grito anterior no hubiera existido—. Y no me vuelvas a levantar la voz, o te juro que te dejo ahí hasta que aprendas que los gritos no mueven sillas.
Lukas, refunfuñando, tomó sus manos. Adela hizo fuerza, con una técnica firme y segura, y en un movimiento rápido, lo puso de nuevo en la silla.
Lukas se acomodó la ropa, evitando mirarla a los ojos. El silencio era tenso, pero ya no era de guerra. Era un silencio diferente.
—Sos insoportable —murmuró él, ajustándose las ruedas.
Adela agarró el vaso de agua que faltaba recoger y lo dejó sobre la mesa.
—Y tu —respondió ella, caminando hacia la puerta sin mirar atrás—, sos un hombre que necesita aprender a perder menos tiempo gritando y más tiempo viviendo. Nos vemos en la cena.
Salió del estudio, dejando a Lukas solo, con el corazón acelerado y una mirada confusa, mirando la puerta por la que ella acababa de desaparecer.
Esa noche, después de cenar, Adela no se fue directo a descansar. Se quedó en la cocina un rato más, pero con la mente ya en otro lugar: en los papeles.
Lukas tenía una carpeta enorme con estudios, informes, recetas y anotaciones médicas. Adela la había pedido el primer día, “para entender el cuadro”, aunque en realidad lo hacía por una razón más profunda: para que él no pudiera mentirle con excusas.
Sentada en una mesa, con una lámpara apuntándole a las hojas, fue pasando una por una.
—“Seguimiento físico” —leyó— “rehabilitación obligatoria: terapia motora, fortalecimiento y control postural”.
Adela frunció el ceño.
En una hoja más adelante, estaba clarísimo: recomendaban rehabilitación desde hacía meses. Y no era algo opcional. Era lo que podía frenar el deterioro, mejorar movilidad y prevenir dolores peores.
Adela cerró la carpeta con cuidado, como si el sonido pudiera despertar a alguien.
—No lo hizo… —murmuró.
Más tarde, se acercó al cuarto de Lukas. Tocó una vez, despacio.
—¿Puedo pasar?
—Pasa —respondió Lukas, sin mirarla.
Adela entró y se acercó con la carpeta en las manos.
—Estuve revisando sus estudios —dijo, con tono firme pero profesional—. Aquí dice que tiene que hacer rehabilitación. Terapia motora y fortalecimiento. No se hizo.
Lukas soltó una risa corta, amarga.
—¿Y para qué me lo dices —preguntó, con desprecio—. Si no lo hice es porque… no sirve. No va a cambiar nada.
Adela lo miró fijo.
—¿Cómo va a saber si sirve si no lo intenta?
Lukas apretó la mandíbula.
—No te metas en mi vida, Adela.
Adela dio un paso más cerca.
—No me meto. Solo cumplo con lo que corresponde. Usted no puede decidir por su cuerpo como si fuera una opinión.
—¡Es mi cuerpo! —espetó él.
—Y yo soy su empleada —respondió Adela, sin perder la calma—. Además, soy enfermera. Si algo está indicado y usted lo ignora, eso es negligencia. Y yo no voy a ser cómplice.
Lukas la miró con rabia.
—No me vas a ordenar nada.
Adela respiró hondo, como si ya hubiera ensayado esa respuesta en silencio durante días.
—Desde el día siguiente, yo misma me encargo de que se cumpla.
Lukas abrió la boca para protestar, pero Adela no lo dejó.
—No quiero discusiones, Lukas. Quiero resultados. Si usted no quiere rehabilitación, entonces dígame claramente que no quiere cuidarse. Pero si la indicación está escrita, se hace.
El rostro de Lukas se tensó. Intentó responder, pero Adela lo sostuvo con la mirada, firme, sin titubear.
—¿Quedó claro? —preguntó ella.
Lukas tragó saliva. Su orgullo luchaba por salir, pero no encontró salida con ella enfrente.
—… —se quedó callado.
Adela cerró la carpeta con un golpe suave, definitivo, y se dio vuelta para salir.
—Buenas noches.
Cuando la puerta se cerró, Lukas se quedó mirando al frente, sin decir nada. Por primera vez en una semana, no tuvo una respuesta rápida para lanzar. Solo se quedó con esa sensación molesta: que Adela no iba a ceder.
Te mereces una oportunidad de ser feliz al lado de Lukas no lo pienses y deja te querer y quiere tu también.
Lukas lo que hace el amor saliste de tu casa a respirar el mismo aire que Adela.