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Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Status: En proceso
Genre:Venganza / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:541
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.

Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.

NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 02

El sol se puso, pintando el cielo con tonos de púrpura y sangre, pero para mí, Elowen, fue el color del miedo. El camino hacia el Bosque Prohibido no era solo un sendero polvoriento; era la senda hacia lo desconocido, hacia la leyenda y la superstición. Cada árbol, con sus ramas retorcidas como dedos esqueléticos, parecía susurrar advertencias mientras mi caballo, Tormenta, avanzaba con cautela. El aire se volvió frío y húmedo, cargado con el olor a tierra mojada y musgo antiguo, un contraste brutal con el aire perfumado del palacio.

Había pasado la mayor parte de mi vida en los jardines cuidados y las bibliotecas bien iluminadas de Drakthar. Mis conocimientos del mundo exterior eran teóricos, extraídos de tomos empolvados. La supervivencia era una palabra bonita en las historias, pero una realidad brutal en el bosque. La primera noche, el frío se me caló hasta los huesos. El miedo a las bestias salvajes, los "monstruos" de los cuentos de hadas que el régimen de Valerius usaba para asustar al pueblo, era una constante. Encendí una pequeña hoguera con dificultad, mis dedos torpes y doloridos por el frío, y me acurruqué junto al fuego, aferrándome a Tormenta como si su calor pudiera alejar los fantasmas de mi pasado.

Los días se convirtieron en semanas. La comida escaseaba, y aunque había aprendido a cazar con arco en mis lecciones de nobleza, el bosque era un maestro cruel. Fallaba más de lo que acertaba, y el hambre era una constante punzante en mi estómago. Cada mañana, al despertar, el desánimo amenazaba con aplastarme. "¿De qué sirve esto?", me preguntaba mi propia mente, resonando con la voz burlona de Valerius. "¿Cómo una princesa exiliada, sin ejército y sin aliados, podría derrocar a un rey usurpador?"

Pero entonces, recordaba el rostro de mi padre, la herida mortal, la traición de Lysandra. Y la rabia volvía, fría y persistente, un fuego interno que me impedía rendirme. Mi magia de sombras, que en el palacio había sido un secreto y un potencial peligro, aquí en el bosque se convirtió en una extensión de mi desesperación. La usaba para camuflarme, para sentir las presencias en la oscuridad, para calentar mis manos heladas. Era primitiva, instintiva, lejos de los elegantes conjuros que conocía, pero era mía.

Una tarde, mientras buscaba agua cerca de un arroyo, escuché un grito desgarrador. No era de animal. Era humano. Mi corazón dio un vuelco. A pesar de mi propia vulnerabilidad, mi instinto me impulsó a la acción. Me acerqué con cautela, moviéndome entre los árboles con una habilidad que no sabía que poseía, mis sentidos agudizados por semanas de peligro constante.

Lo que vi me heló la sangre. Un grupo de bandidos, de esos que infestaban las fronteras del Bosque Prohibido, tenía acorralada a una anciana. No era una anciana común; sus ropas eran de un estilo rústico, pero el bastón de madera en su mano tenía tallados símbolos que me resultaban extrañamente familiares, dibujos que había visto en algunos de los tomos más antiguos y prohibidos de la biblioteca de mi padre. Ella se defendía con una ferocidad inesperada, pero eran muchos.

—¡Déjenla en paz! —grité, impulsada por una furia repentina.

Los bandidos se giraron, sorprendidos. Uno de ellos, un hombre corpulento con una cicatriz cruzando su ojo, se echó a reír.

—¡Vaya, vaya! ¿Una florecita de la ciudad perdida en el bosque? ¡Y qué suerte! Ahora tenemos dos para entretenernos.

Mi corazón martilleaba en mi pecho. No tenía plan, solo mi arco con tres flechas y la furia que corría por mis venas. Disparé sin dudar. La primera flecha encontró el hombro del hombre corpulento, haciéndole gritar de dolor. Los demás se lanzaron hacia mí. Me defendí con la daga de mi cinturón, esquivando sus golpes, mi mente reaccionando más rápido de lo que lo había hecho nunca. Las sombras a mi alrededor parecieron responder a mi desesperación, danzando en mi visión periférica, dificultando que los bandidos me vieran con claridad.

Pero eran demasiados. Un golpe en la cabeza me aturdió, y caí al suelo, mi visión borrosa. Estaba a punto de ser capturada cuando, de repente, una ráfaga de viento helado barrió el claro. Los bandidos gritaron. Una niebla densa y verdosa brotó de la tierra, envolviéndolos. Gritos de dolor y miedo se elevaron. Uno a uno, los bandidos cayeron, inmovilizados, sus cuerpos cubiertos por una especie de musgo que crecía a una velocidad asombrosa, atrapándolos como vides venenosas.

Cuando la niebla se disipó, la anciana estaba de pie sobre el cuerpo inmovilizado del bandido principal, su bastón brillando con una luz tenue. Me miró con ojos penetrantes, de un color ámbar que parecía ver a través de mi alma.

—Valiente, pero imprudente, niña —dijo, su voz áspera como las hojas secas, pero con un matiz de diversión—. ¿Qué hace una princesa de Drakthar tan lejos de sus torres de marfil?

Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Cómo lo sabía?

—¿Quién es usted? —pregunté, intentando levantarme, pero mi cabeza aún dolía.

—Soy Maeve, Guardiana del Corazón del Bosque —respondió ella, ofreciéndome una mano nudosa. Su agarre era sorprendentemente fuerte—. Y sé quién eres, Elowen. La sangre de Theron y la magia de las sombras no pueden ocultarse de quienes conocen los secretos de la tierra.

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