Cuando las profundidades del mar ocultan secretos ancestrales y los ecos de la venganza susurran a través de las corrientes, solo las valientes sirenas de Mirthalia pueden desafiar el destino.
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Capítulo 17: Olas de Deseo y Destrucción
El viaje hacia el Templo de los Ecos Perdidos fue una travesía a través de un paisaje de pesadilla. Lo que antes era un jardín submarino lleno de vida y color, ahora era un páramo de ceniza estancada. Las corrientes eran erráticas, llevando consigo el susurro de la Muerte Gris. Selene nadaba en el centro del grupo, protegida por Marinus, quien se movía por el agua con una fluidez que incluso a las sirenas les resultaba asombrosa.
—¿Cómo te sientes, Marinus? —preguntó Ariel, rompiendo el tenso silencio—. Te mueves como si hubieras nacido en el océano.
—Siento el agua en mis venas, Ariel —respondió él, sin apartar la vista del frente—. Es como si pudiera escuchar el latido del mar. Pero es un latido débil, enfermo. Me duele cada vez que la niebla toca mi piel.
Selene se detuvo de repente. Sus ojos brillaron intensamente.
—Están cerca —susurró.
De las sombras de un bosque de coral petrificado surgieron los Tiburones del Vacío, criaturas de piel traslúcida y ojos como carbones encendidos, restos de la guardia de Pelagios que habían sido transformados por la Muerte Gris.
—¡Formación de defensa! —gritó Sebastián.
La batalla fue rápida y brutal. Coralia y Ondina luchaban con una coordinación perfecta, pero eran demasiados. Marinus, usando una fuerza que no sabía que poseía, logró desviar a dos de los depredadores, sus manos emitiendo destellos de luz ámbar. Sin embargo, Selene permanecía estática, mirando a las criaturas con una mezcla de fascinación y horror.
Uno de los tiburones rompió la línea y se lanzó directamente hacia ella.
—¡SELENE, REACCIONA! —gritó Marinus, lanzándose para interponerse.
En el último milisegundo, Selene alzó la mano. No invocó agua ni luz. Simplemente emitió un pulso de puro vacío que hizo que el tiburón se desintegrara en una nube de ceniza. El esfuerzo la dejó temblando, y sus ojos se tornaron negros por un instante antes de volver a su dorado habitual.
—Eso... eso no fue magia de sirena —dijo Sebastián, acercándose con cautela—. Eso fue el Abismo.
—Está dentro de mí —dijo Selene, mirando sus manos—. El vacío que dejé al sacrificar mis recuerdos... se está llenando con lo que hay aquí afuera. Si no llegamos pronto al templo, no habrá nada de mí que recuperar. Solo quedará esto.
Continuaron el camino con una urgencia renovada. Horas más tarde, llegaron a una estructura que desafiaba la lógica: un templo hecho de espejos de obsidiana que reflejaban no lo que estaba frente a ellos, sino lo que "podría haber sido".
—Entrad vosotras y Sebastián —dijo Marinus, deteniéndose en la entrada—. Yo me quedaré fuera para vigilar. Este lugar rechaza lo que no es puramente mágico, y aunque el Prisma me cambió, sigo teniendo una parte humana que este templo podría destruir.
—Yo me quedo contigo —dijo Selene.
—No, Selene. Tienes que entrar —insistió Marinus, tomándole las manos—. Tienes que volver a ser tú.
—¿Y si la "yo" que regresa ya no te quiere? —preguntó ella, con una honestidad desgarradora—. Ahora soy una hoja en blanco. Puedo elegir quién ser. Si recupero mis recuerdos, volveré a ser la princesa con el peso del mundo sobre sus hombros. Tal vez... tal vez prefiero estar así, contigo.
Marinus sintió que su corazón se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. La amaba tanto que la idea de que ella viviera en esa ignorancia bendita era tentadora, pero sabía que el mundo moriría si ella no despertaba.
—Selene, no me amas a mí —dijo él, con voz suave—. Amas la seguridad que te doy en medio de tu confusión. Pero nuestro amor era más que eso. Era una elección hecha en libertad, en medio del peligro. Si no recuperas quién eres, lo que sentimos ahora es solo un espejismo.
—Entonces, antes de entrar... —Selene se acercó a él.
El tiempo pareció detenerse. En medio de aquel océano gris y moribundo, bajo la sombra de un templo de espejos, Selene y Marinus se fundieron en un beso que sabía a sal, a desesperación y a una pasión prohibida por las leyes de la naturaleza. Fue un beso que no buscaba permiso, que ignoraba las jerarquías de especies y las profecías. Fue un acto de rebelión pura.
En ese momento, la energía del Prisma en Marinus y la del Abismo latente en Selene chocaron, creando una chispa de luz violeta que iluminó la trinchera. No fue una luz de destrucción, sino de reconocimiento.
—Recuérdame —susurró Marinus contra sus labios.
Selene asintió, con los ojos llenos de una nueva determinación, y entró en el templo seguida por sus amigas.
En el interior, el silencio era absoluto. Las paredes de espejo comenzaron a mostrarle escenas de su infancia, de su madre, de sus entrenamientos. Pero también le mostraron algo oscuro: la cara de Pelagios, riendo mientras le decía que ella era su verdadera heredera, no por sangre, sino por el vacío que compartían.
—Selene Navy Blue Mist —una voz ancestral retumbó en la sala—. Para recuperar tu alma, debes aceptar tanto la luz que heredaste como la sombra que creaste. No puedes tener una sin la otra.
Selene se situó en el centro de la cámara de ecos. Vio su propio reflejo, la "Selene del pasado", y extendió la mano hacia ella. Pero el reflejo no era amigable; era una guerrera cansada, llena de cicatrices y dolor.
—¿De verdad quieres este peso de nuevo? —le preguntó su propio reflejo—. ¿Quieres recordar la muerte de tu madre? ¿Quieres recordar cómo te traicionaron los humanos? ¿Quieres recordar que tu amor por Marinus es el que acabará por destruirlo a él?
—Sí —dijo Selene, con firmeza—. Porque sin ese dolor, mi alegría no es real. Sin mis errores, mi victoria no tiene valor. Acepto todo lo que soy.
La cámara explotó en un torbellino de imágenes y sonidos. Selene gritó mientras décadas de historia, emociones y conocimientos regresaban a su mente como una marea violenta. Vio a Marinus de nuevo, pero esta vez con todo el contexto de su historia común. Vio la traición de Delmar, la valentía de sus amigas, y el plan maestro de Pelagios.
Fuera del templo, Marinus fue derribado por una onda de choque oscura. De la niebla gris emergió una figura que reconoció con horror. No era Pelagios, sino algo peor: un caparazón hecho con la armadura de Aquilos y la voluntad del Rey, una amalgama de odio.
—El sacrificio fue en vano, mestizo —dijo la entidad—. Ella está despertando, sí. Pero está despertando para ser mi reina del vacío.
Marinus se puso en pie, su tridente improvisado brillando con una luz ámbar furiosa.
—Tendrás que pasar por encima de mi cadáver.
—Con gusto —respondió la sombra.
Justo cuando la entidad se lanzaba al ataque, las puertas del templo se abrieron de par en par. Selene salió, pero ya no caminaba; flotaba en un aura de poder absoluto. Su corona de princesa se había materializado de nuevo, pero ahora estaba hecha de luz pura y sombras entrelazadas.
—Aléjate de él —dijo Selene, y su voz no solo se escuchó, sino que movió las placas tectónicas del fondo marino.
Sus ojos volvieron a encontrarse con los de Marinus. No hubo confusión. Hubo un reconocimiento total, un amor profundo y una tristeza infinita. Habían recuperado a Selene, pero el peligro que ahora enfrentaban era mayor que cualquier tormenta. La Muerte Gris no era el final; era solo el preludio de la última resistencia de Mirthalia.
—Selene... —dijo Marinus, aliviado.
—Lo recuerdo todo, Marinus —dijo ella, tomándolo de la mano mientras se preparaba para enfrentar a la sombra—. Y por eso sé que lo que viene ahora... nos exigirá un sacrificio aún mayor que el anterior.
La pasión que acababa de florecer entre ellos era ahora su mayor fuerza, pero también su mayor debilidad. En la guerra que se avecinaba, el deseo de protegerse mutuamente podría ser lo que finalmente los condenara a ambos. El destino de dos mundos pendía de un hilo, y la noche, aunque desvaneciéndose en algunos lugares, se hacía más densa en el corazón de los amantes.