En la ciudad prohibida, las reglas no solo están escritas en piedra, sino también en el corazón de un hombre que juró nunca amar.
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Capítulo 21: El Futuro en Beijing
Vivir con Li Wei era como intentar domesticar un huracán, pero Mei Ling descubrió pronto que ella misma no era una brisa suave, sino el eje que mantenía el huracán en su sitio.
Tres meses después de la inauguración, se habían mudado a un nuevo ático que Mei había diseñado personalmente. No estaba en la Torre Li, sino en un edificio histórico reformado en el distrito de Dongcheng, donde los tejados tradicionales se mezclaban con la modernidad. Era un espacio lleno de luz, con techos altos y paredes cubiertas de estanterías de libros y maquetas de proyectos futuros.
Esa mañana, Mei Ling se despertó con el sonido de la lluvia golpeando suavemente los cristales. Se giró en la cama de sábanas de lino gris y encontró a Li Wei observándola. Él ya estaba despierto, con una tableta en la mano, pero su expresión era relajada.
—Buenos días, señora Li en potencia —dijo él, apartando un mechón de pelo de su cara.
—Buenos días, señor CEO —respondió ella, desperezándose—. ¿A qué hora es tu primera reunión?
—La he cancelado —dijo él con una sonrisa traviesa—. He decidido que hoy es el "Día del Equilibrio".
—¿El Día del Equilibrio? —Mei se incorporó, curiosa—. ¿Eso existe en tu vocabulario?
—Desde que tú estás en mi vida, he tenido que aprender muchas palabras nuevas —admitió él, dejando la tableta en la mesita de noche—. Como "vacaciones", "paciencia" y "amor incondicional". He pensado que podríamos ir a ver ese terreno en el sur que quieres convertir en un parque autosuficiente.
Mei Ling se lanzó sobre él, abrazándolo con fuerza.
—¡Wei! ¿Hablas en serio? La junta odia ese proyecto, dicen que no es rentable.
—La junta ahora sabe que si tú dices que algo es posible, lo es —dijo él, rodeándola con sus brazos—. Además, ya no me importa lo que sea "rentable" en el sentido tradicional. Quiero que Li Corp sea la empresa que transforme Beijing en una ciudad que respira, no solo en una que produce. Es nuestro futuro, Mei. El de nuestros hijos, algún día.
Mei Ling se quedó en silencio un momento, con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón. La idea de una familia con Li Wei ya no le daba miedo; le daba una sensación de paz profunda.
—¿Cómo lo logramos, Wei? —preguntó ella en voz baja—. ¿Cómo pasamos de odiarnos en una sala de juntas a esto?
Li Wei suspiró, acariciando su espalda.
—Creo que nunca nos odiamos, Mei. Estábamos asustados. Yo tenía miedo de que tu talento expusiera mi vacío, y tú tenías miedo de que mi poder sofocara tu voz. El edificio nos obligó a enfrentarnos, a rompernos y a volver a ensamblarnos. Como el Fénix.
Después del desayuno —que Li Wei insistió en preparar, resultando en unas tostadas ligeramente quemadas que Mei comió con deleite—, salieron a la ciudad. Beijing ya no les parecía una jungla de asfalto hostil, sino un lienzo lleno de oportunidades.
Caminaron de la mano por los callejones de los hutongs, mezclándose con la gente que compraba bollos al vapor y verduras frescas. Nadie los reconoció sin sus trajes de gala y sus coches blindados. Eran solo una pareja más, disfrutando de un sábado gris.
—Me gusta esto —dijo Mei Ling, deteniéndose frente a una tienda de antigüedades—. Ser normales.
—A mí también —dijo Li Wei—. Aunque dudo que dure mucho. Zhang Bo me ha enviado tres mensajes diciendo que hay una crisis con los suministros de acero en la fase tres del parque.
—Déjalo que espere —dijo Mei, arrastrándolo hacia una pequeña cafetería—. Bo necesita aprender a manejar el caos solo.
Se sentaron en una mesa junto a la ventana. Fuera, la ciudad rugía con su energía inagotable. Mei Ling sacó un cuaderno de bocetos y empezó a trazar líneas rápidas.
—¿En qué piensas? —preguntó Li Wei, mirándola con adoración.
—En el próximo paso —dijo ella, mostrándole un dibujo preliminar de una estructura orgánica, que parecía flotar sobre el suelo—. No quiero construir más rascacielos por ahora. Quiero construir puentes. Puentes que conecten los barrios pobres con los centros de servicios, usando materiales reciclados.
Li Wei analizó el dibujo con su ojo clínico.
—Logísticamente es un reto. Políticamente es un campo de minas.
—¿Y? —desafió ella con una sonrisa.
Li Wei se rió, tomando un sorbo de su té verde.
—Y es perfecto. Me encargaré de los permisos y de la financiación. Tú encárgate de que sea la cosa más hermosa que este país haya visto jamás.
Esa tarde, visitaron la Torre Li. Subieron hasta el mirador público, donde cientos de turistas se hacían fotos. Se mezclaron con la multitud, pasando desapercibidos. Mei Ling apoyó las manos en el cristal templado y miró hacia abajo.
—A veces olvido lo alto que es —dijo ella.
—Es el punto más alto de nuestra historia —dijo Li Wei, poniéndose detrás de ella y abrazándola por la cintura—. Pero solo es la base de lo que vendrá.
Se quedaron allí mucho tiempo, observando cómo las luces de Beijing empezaban a encenderse, una a una, como estrellas terrestres. El futuro era una vasta extensión de incertidumbre, pero ya no se sentían solos. Habían encontrado el equilibrio entre la ambición y la humanidad, entre el rascacielos y el hogar.
—Te amo, Wei —dijo Mei Ling, girándose en sus brazos.
—Te amo, Mei —respondió él, besándola con la ciudad entera como testigo silencioso—. Gracias por enseñarme a mirar hacia arriba sin miedo a caer.
Habían conquistado Beijing, pero más importante aún, se habían conquistado el uno al otro. El futuro no era un plano estático, sino un diseño vivo que seguían dibujando día a día, con cada beso, con cada discusión y con cada nuevo sueño compartido.