En lo más profundo de un bosque olvidado por el tiempo, donde el agua de las cascadas es pura y la fe es la única ley, nació Evangeline. Criada entre oraciones y el aroma de los frutos silvestres, su belleza era un secreto guardado por la naturaleza… hasta que el mundo de los hombres decidió reclamarlo.
Alistair von Thorne no conoce la paz. Sus ojos azules han visto caer reinos y sus manos, marcadas por el acero, solo saben de obediencia y sangre. Tras años de guerra, su regreso se cruza con una cacería de monstruos humanos y una mercancía que no tiene precio: la virtud de una mujer.
Por unas cuantas monedas de oro, la salvación de Evangeline se convirtió en su nueva condena. Ella fue comprada. Él es su dueño. Y en el silencio del campamento militar, la pureza de la aldea está a punto de colisionar con la oscuridad del guerrero más temido del Rey.
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Capítulo 21: El ayuno de la desobediencia
Tres bandejas de plata, cargadas con los manjares más finos del Castillo de Colmillo de Hierro, yacían intactas sobre la mesa de madera tallada. El caldo de perdiz se había enfriado hasta formar una capa de grasa blanca; el pan recién horneado estaba duro como la piedra del muro, y las frutas traídas del sur empezaban a marchitarse. Evangeline no había probado bocado desde que el sonido del cerrojo la sentenció al encierro.
Estaba sentada junto a la ventana, observando cómo la nieve empezaba a cubrir los campos del norte. Su piel, que apenas había recuperado algo de color, volvía a tornarse de un blanco traslúcido. No era debilidad lo que sentía esta vez, sino una fuerza gélida y amarga. Si Alistair Thorne poseía las llaves de su celda y el derecho sobre su cuerpo, ella poseía la única entrada a su propia vida, y estaba decidida a cerrarla para siempre.
La puerta se abrió con un estrépito. No fue un sirviente esta vez. Alistair entró en la habitación, trayendo consigo el aroma del aire invernal y la furia contenida de un hombre acostumbrado a ser obedecido por ejércitos. Se detuvo ante la mesa, mirando las bandejas intactas. Su mandíbula se tensó con una fuerza que hizo que las venas de su cuello resaltaran.
—¿Qué significa esto? —preguntó, su voz siendo un trueno contenido—. Los sirvientes dicen que no has tocado la comida en dos días.
Evangeline no se giró. Siguió mirando la nieve caer, su perfil pareciendo tallado en el mismo mármol que las estatuas del jardín.
—No tengo hambre, mi señor —respondió con una calma que irritó a Alistair más que cualquier grito.
—Mientes —rugió él, caminando hacia ella y tomándola del brazo para obligándola a ponerse en pie. Al levantarla, sintió que pesaba incluso menos que antes. Su fragilidad era una bofetada a su orgullo—. Estás intentando desafiarme de nuevo. Crees que si te mueres de hambre, ganarás esta guerra.
—No es una guerra, General —dijo ella, mirándolo directamente a los ojos, con una fijeza que lo descolocó—. Es una elección. Usted ha decidido que este castillo sea mi tumba, y yo simplemente estoy eligiendo qué tan rápido quiero llegar a ella. Si mi cuerpo es su propiedad, entonces deje que su propiedad se consuma. No me obligará a alimentar a una cautiva que ya no tiene razones para vivir.
Alistair la apretó contra su pecho, su mano hundiéndose en la tela de su capa. Estaba furioso, pero bajo esa furia, el miedo empezaba a filtrarse. No era miedo a perder a una mujer, se decía a sí mismo, era miedo a perder el control sobre lo que había comprado.
—¡Vas a comer! —sentenció él, arrastrándola hacia la mesa—. No voy a permitir que te conviertas en un fantasma por puro capricho. Si tengo que forzarte a tragar cada bocado como si fuera un animal rebelde, lo haré.
Tomó un trozo de pan y lo acercó a sus labios con una brusquedad que le lastimó la boca. Evangeline apretó los dientes, manteniendo la mirada clavada en la suya. No había miedo en sus ojos negros, solo un desprecio infinito y una voluntad que el General no podía doblar con acero ni con oro.
—Pruébame —desafió ella entre dientes—. Oblígame a comer, General. Demuestre una vez más que su única forma de tratar con el mundo es a través de la fuerza. Pero sepa que, aunque llene mi estómago, mi alma seguirá hambrienta de la libertad que usted nunca podrá darme.
Alistair soltó el pan, que cayó sobre la bandeja con un sonido seco. La miró, y por primera vez, el General invencible se sintió impotente. Tenía el castillo, tenía los soldados, tenía la llave... pero frente a él, una aldeana que se negaba a comer le estaba demostrando que el poder absoluto es una ilusión cuando el cautivo ya no teme a la muerte.
—Si no comes para mañana, Evangeline —amenazó él, su voz temblando de rabia—, castigaré a Marta por tu desobediencia. Diré que ella no supo cuidarte y la enviaré a las mazmorras del norte. Elige: tu orgullo o la vida de la única persona que ha sido amable contigo en este lugar.
La soltó y salió de la habitación, cerrando la puerta con doble vuelta. Evangeline se hundió en el suelo, llorando por la crueldad de un hombre que no solo quería su cuerpo, sino que ahora usaba su compasión como un arma para romper su última línea de defensa.
hay la tienes 🤭
como no quería que saliera corriendo 😠
así es contradictorio pero hombres como el son posesivos 🥰