Magia, traición y un juramento silencioso marcan el inicio de una historia donde la inocencia se convierte en determinación. En un reino construido sobre mentiras, incluso las almas más puras pueden oscurecerse.
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Capítulo 3: La Advertencia
El patio aún estaba lleno.
Risas. Conversaciones. El sonido metálico de espadas de práctica chocando en la distancia.
Sato caminaba con seguridad absoluta, como si el suelo estuviera hecho para sostenerlo únicamente a él.
No miraba atrás.
No creía necesario hacerlo.
Hasta que una mano se cerró firmemente sobre su hombro.
El murmullo alrededor disminuyó apenas.
—Escúchame bien —la voz de Asahi era baja, firme—. Respeta a mi hermana… o no tendré piedad de darte una paliza enfrente de toda la escuela.
Sato no se giró de inmediato.
Primero miró la mano.
Luego la apartó lentamente, como si le molestara el contacto.
Entonces volteó.
Sus ojos oscuros no mostraban miedo.
Mostraban diversión.
—¿Una paliza? —repitió con una sonrisa ladeada—. ¿Tú?
Algunos estudiantes comenzaron a acercarse.
El aire cambió.
Asahi no levantó la voz.
No necesitaba hacerlo.
—No vuelvas a hablarle así —continuó—. No vuelvas a decirle cuál es su lugar.
Sato dio un paso adelante.
Quedaron a pocos centímetros.
—Las mujeres siempre tienen un lugar —respondió con frialdad—. Y no es delante de los hombres.
Un silencio incómodo se extendió.
Himari, que había escuchado el alboroto, se abrió paso entre los estudiantes.
—¡Asahi! —dijo en voz baja, nerviosa—. No hagas esto…
Pero ya estaba hecho.
Sato inclinó ligeramente la cabeza.
—Hermano protector… qué patético.
Asahi sintió cómo algo ardía bajo su piel.
No era magia.
Era orgullo.
Era furia.
—No confundas paciencia con debilidad —murmuró.
Sato soltó una carcajada corta.
—Solo respeto a los fuertes. Si quieres que te escuche… demuéstralo.
Una chispa de energía mágica vibró en el aire.
Pequeña.
Controlada.
Pero suficiente para que varios estudiantes retrocedieran.
Uno de los instructores observaba desde lejos.
No intervenía.
En esta academia, los conflictos eran parte del aprendizaje.
Asahi apretó los puños.
Sintió la sangre moverse dentro de él.
Sintió esa puerta interna… esa que nunca había abierto del todo.
Un segundo.
Solo un segundo.
Imaginó lo que pasaría si la cruzaba.
Imaginó el silencio después del golpe.
Imaginó los ojos de Sato llenos de algo distinto al desprecio.
Pero entonces—
—Por favor… —susurró Himari, tomando el brazo de su hermano.
Ese contacto lo ancló.
El ardor se disipó.
Asahi soltó el aire lentamente.
—No vale la pena —dijo al final, soltando a Sato.
La multitud murmuró, decepcionada.
Sato sonrió con superioridad.
—Sabía que no lo harías.
Se acercó a Himari.
Demasiado.
—Aprende de esto —murmuró para que solo ella lo escuchara—. Él no puede protegerte.
Asahi lo oyó.
Y algo se grabó en su memoria.
No fue un grito.
No fue una amenaza.
Fue una promesa silenciosa.
Sato se alejó, rodeado por algunos compañeros que lo miraban con admiración.
Asahi se quedó quieto.
Himari soltó su brazo.
—No quiero que pelees por mí —dijo en voz baja—. No quiero que te metas en problemas.
Asahi la miró.
Y sonrió suavemente.
—No es un problema.
Pero dentro de él…
Algo había cambiado.
No era todavía odio.
Era la comprensión de que el mundo no era tan limpio como el cielo de esa mañana.
Y por primera vez…
Asahi deseó ser más fuerte.
No para ganar.
Sino para romper algo.
Capítulo 3 – Parte 2
La Máscara se Rompe
El murmullo no se había disipado del todo.
Las miradas seguían clavadas en ellos.
Sato aún mantenía esa sonrisa arrogante… hasta que sintió el tirón.
Asahi lo tomó de la camisa con fuerza.
Esta vez no hubo advertencia.
Lo empujó contra la pared de piedra del patio. El golpe resonó seco.
—No te creas tan intocable… cobarde —dijo con la voz más fría que antes.
Los estudiantes retrocedieron.
Sato frunció el ceño. Por primera vez, su expresión no era de burla.
Era de irritación.
—Suéltame.
Una corriente mágica vibró en su mano.
Y sin medir distancia—
Lanzó el ataque.
No fue grande.
No fue devastador.
Pero fue suficiente.
La energía salió disparada y golpeó a Himari, que estaba demasiado cerca.
El impacto la hizo caer hacia atrás.
Un silencio absoluto cayó sobre el patio.
Asahi no respiró.
No pensó.
Algo dentro de él se rompió.
Se movió.
En un instante ya tenía a Sato por el cuello.
Lo levantó contra la pared, sus dedos apretándose con una fuerza que sorprendió incluso a los presentes.
—Te lo advertí.
Su voz ya no tenía emoción.
Era plana.
Controlada.
Peligrosa.
Sato intentó liberar energía mágica, pero Asahi lo lanzó con violencia contra el suelo antes de que pudiera reaccionar.
El sonido del impacto hizo que algunos estudiantes apartaran la mirada.
Asahi avanzó.
Golpeó.
Una vez.
Dos.
Tres.
No eran golpes descontrolados.
Eran precisos.
Humillantes.
Cada impacto destruía la imagen perfecta que Sato había construido frente a todos.
El heredero orgulloso.
El intocable.
Ahora estaba en el suelo.
La multitud no sabía qué hacer.
Nadie se atrevía a intervenir.
Asahi se agachó frente a él.
Sato respiraba con dificultad, su orgullo más herido que su cuerpo.
Asahi lo sostuvo del cuello de la camisa y lo obligó a mirarlo.
Sus ojos…
Por un instante…
No parecían los mismos.
Había algo más profundo.
Más oscuro.
—Las personas como tú… —murmuró— solo son cobardes que se esconden en una máscara de fuerza.
Su agarre se tensó un segundo más.
—La verdadera debilidad es necesitar humillar a otros para sentirte superior.
Sato apretó los dientes.
No dijo nada.
No podía.
Asahi lo soltó con desprecio.
El silencio pesaba como plomo.
Entonces—
—¡Asahi…!
La voz de Himari lo atravesó.
Ella estaba sentada en el suelo, sujetándose el brazo donde el hechizo la había golpeado.
No era una herida grave.
Pero dolía.
Y verlo así… dolía más.
Asahi se levantó de inmediato y corrió hacia ella.
Se arrodilló frente a su hermana.
—¿Te duele?
Su voz volvió a ser la de antes.
Preocupada.
Humana.
Himari lo miró.
No estaba asustada por Sato.
Estaba asustada por él.
—Asahi… tus ojos…
Él parpadeó.
La presión en su pecho desapareció de golpe.
Miró sus manos.
Temblaban.
El instructor finalmente intervino, ordenando dispersar a los estudiantes y llevando a Sato a la enfermería.
Pero la imagen ya estaba grabada.
El heredero del clan Sato derrotado frente a todos.
Por alguien que él consideraba inferior.
Mientras ayudaba a Himari a ponerse de pie, Asahi sintió algo extraño.
No culpa.
No arrepentimiento.
Sino…
Satisfacción.
Y esa sensación fue lo que más lo asustó.
Porque le gustó.