Ella renace en otra época. Decidida a ser feliz y a no perder la sonrisa.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Conde Harlen 1
Después de la boda, todo volvió a su lugar… o al menos, eso parecía.
La mansión Nolan recuperó su calma habitual, y Emily también.
Volvió a levantarse temprano, a caminar entre los jardines, a cuidar de su cuerpo con esa constancia que ya se había vuelto parte de ella. Retomó sus visitas al pueblo, sus tardes entre risas, hilos de lana y canciones que llenaban las pequeñas casas de calidez.
Las ancianas la recibían como siempre.
—¡Señorita Emily! —la llamaban con cariño—. Hoy le toca cantar.
—¿Otra vez? —respondía ella, fingiendo cansancio—. Ya me están explotando.
—Y usted feliz —replicaban, riendo.
Y era verdad.
Emily estaba feliz.
Había encontrado un equilibrio que antes no conocía.. cuidarse, ayudar, compartir. Los días transcurrían con una tranquilidad que, por momentos, la hacía olvidar por completo la tensión de la boda… y aquella noche en la terraza.
Aunque, de vez en cuando, sin razón aparente, su mente volvía a ese momento.
A esa mirada.
Al conde Harlen.
Sacudía la cabeza, como queriendo espantar el pensamiento.
—No tiene sentido… Fue solo una noche.
Y seguía con su rutina.
Pero para alguien más… no había sido solo una noche.
Desde el momento en que la vio, el conde Harlen no logró olvidarla.
No fue inmediato.
Al principio, pensó que era solo curiosidad.
Una imagen que volvería a su mente un par de veces… y luego desaparecería.
Pero no fue así.
Recordaba su rostro con claridad. La forma en que lo miraba. Esa expresión que no lograba descifrar.
No era interés superficial.
No era simple admiración.
Era… algo distinto.
Y eso lo inquietaba.
Durante los días siguientes, intentó ignorarlo.
Se concentró en sus responsabilidades, en su hijo, en los asuntos del condado.
Pero cada vez que tenía un momento de calma… ella volvía a aparecer en sus pensamientos.
Finalmente, cedió.
Si no podía olvidarla… la conocería.
No fue difícil averiguar quién era.
Lady Emily Nolan.
Sobrina del duque Nolan.
Su reciente cambio de comportamiento también llamó su atención.. de una joven distante y delicada… a alguien activa, involucrada en obras de caridad, cercana al pueblo.
Eso lo sorprendió.
Y le dio una excusa.
No quería acercarse de forma inapropiada. No después de todo lo que había vivido.
Así que pensó.
Observó.
Esperó.
Hasta encontrar la manera adecuada.
Ese día, el sol caía suavemente sobre el pequeño barrio donde Emily solía reunirse con las ancianas.
Dentro de una de las casas, las risas eran habituales.
—¡Eso no es un punto, señorita! —decía una de ellas.
—¡Claro que sí! Es… un punto creativo —respondía Emily, defendiéndose.
Las carcajadas llenaron la habitación.
—Cante mejor.. Es lo único que hace bien.
—Qué crueles…
Pero empezó a cantar igual.
Y entonces, en medio de esa escena sencilla y cálida…
Un golpe en la puerta.
Las risas se detuvieron.
Una de las ancianas se levantó lentamente para abrir.
Desde el interior, Emily apenas prestó atención… hasta que escuchó..
—¿La señorita Emily Nolan se encuentra aquí?
La voz era masculina.
Educada.
Desconocida.
Emily frunció levemente el ceño, sorprendida.
—¿Quién podría ser…?
La anciana volvió a asomarse, con una expresión curiosa.
—Señorita… Hay un conde afuera preguntando por usted.
El silencio fue inmediato.
—¿Un… conde?
Emily parpadeó.
No esperaba a nadie.
No había invitado a nadie.
Y, definitivamente, no tenía relación con ningún conde… o eso creía.
Se levantó lentamente, limpiándose las manos de forma casi automática.
—Voy a ver —dijo, intentando mantener la calma.
Pero algo en su interior ya comenzaba a agitarse.
Caminó hasta la puerta.
Y al cruzar el umbral…
Lo vio.
El conde Harlen.
De pie, esperando.
Como si ese encuentro… no fuera casual en absoluto.
El aire pareció volverse más quieto en ese instante.
Emily se detuvo en el umbral, sosteniendo la puerta apenas abierta, mientras sus ojos se encontraban con los de él.
El conde Harlen.
Más cerca, se veía distinto a como lo recordaba en la terraza. Menos distante… más real. Aun así, había en él una serenidad contenida, como si siempre midiera sus palabras antes de decirlas.
Él inclinó ligeramente la cabeza, en un saludo respetuoso.
—Lady Emily Nolan.
Su voz era calmada, grave.
—Soy el conde Harlen. Espero no estar importunando.
Emily tardó un segundo en reaccionar.
—No… no, en absoluto.. Es solo que… no lo esperaba.
Y era verdad.
Nada de esto estaba en sus planes.
El conde mantuvo una leve distancia, respetuoso.
—He oído sobre su labor aquí.. Y me gustaría hablar con usted… si me lo permite.
Emily parpadeó, sorprendida.
—¿Hablar… conmigo?
—Sí.. Me gustaría apoyar sus obras de caridad.
Por un momento, Emily no supo qué decir.
De todas las razones posibles… esa no era la que esperaba.
Su mente se movió rápido, pero al mismo tiempo, algo en su interior se suavizó.
—Ya veo… —respondió, con una pequeña sonrisa.
Miró hacia atrás, al interior de la casa.
El panorama era… caótico.
Hilos de lana por todas partes, canastas, mantas a medio hacer, y varias ancianas que claramente estaban intentando no parecer curiosas… sin lograrlo.
Definitivamente, no era el lugar adecuado para recibir a un conde.
Emily volvió a mirarlo.
—No puedo invitarlo a pasar.. Creo que sería… abrumador.
Por primera vez, algo cercano a una sonrisa cruzó el rostro del conde.
—Lo imagino.
Emily dudó apenas un instante… y luego dio un pequeño paso hacia afuera.
—¿Le gustaría caminar?
El conde la observó un segundo, como si no esperara esa propuesta tan directa.
Pero asintió.
—Me encantaría.
Y entonces, Emily sonrió.
Caminaron por un sendero tranquilo, alejándose poco a poco del bullicio.
Al principio, el silencio fue breve, pero no incómodo.
Emily fue la primera en romperlo.
—Entonces… ¿realmente quiere ayudar? —preguntó, mirándolo de reojo.
—Sí.. Pero me gustaría entender mejor lo que hace.
Eso fue suficiente.
Emily comenzó a hablar.
Al principio, con cierta formalidad… pero rápidamente su entusiasmo tomó el control.
—Son mujeres increíbles.. Han pasado por mucho, pero siguen adelante. Y además… tejen de una forma maravillosa.
Hizo un gesto con las manos, como si aún sostuviera el hilo.
—Al principio solo las ayudaba con cosas básicas, pero luego me di cuenta de que podían hacer mucho más.
El conde la escuchaba con atención, sin interrumpirla.
—Ahora hacemos mantas pequeñas.. Son útiles para el frío, y se venden bien. No es mucho, pero… es un comienzo.
Lo miró, esta vez con una chispa más suave en la mirada.
—Y yo soy terrible tejiendo, por cierto.
El conde dejó escapar una leve risa.
—Cuesta imaginarlo.
—Créame.. Es por el bien de todos que no me dedique a eso.
Caminaron unos pasos más.
El viento movía suavemente su cabello, y Emily lo acomodó con naturalidad, sin dejar de hablar.
Había algo ligero en su tono.
Algo que no había tenido en la boda.
—Más adelante… me gustaría que tuvieran un lugar mejor.
El conde la miró con más atención.
—¿Un lugar?
—Un taller.. Un espacio adecuado. Con buena luz, más materiales, mejores condiciones. Ellas lo merecen.
Hizo una pequeña pausa.
—No quiero que esto se quede en algo temporal.
Sus palabras eran simples… pero sinceras.
El conde lo notó.
No era caridad superficial.
Era compromiso.
Y eso… le llamó la atención más de lo que esperaba.
Emily volvió a sonreír, esta vez con un leve brillo juguetón.
—Claro que si decide ayudar… no me opondré.
Había un toque de coquetería en su tono.
Sutil.
Ligero.
Casi natural.
El conde no respondió de inmediato.
Pero su mirada se suavizó.
Y por primera vez desde que llegó… no se sintió fuera de lugar caminando a su lado.
Ni ella… nerviosa.
Ni él… distante.
Solo dos personas conversando, con el sonido de sus pasos y el viento como compañía.
Y sin darse cuenta, ese encuentro que comenzó como algo inesperado… empezaba a convertirse en algo importante.
hermosa novela
ame a Fred