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El Precio De Tu Amor

El Precio De Tu Amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Baudilio Smith Burgos

Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.

Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.

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La Medalla y el Fantasma

CAPÍTULO 16: La Medalla y el Fantasma

La ceremonia duró quince minutos. Quince minutos que a Laura le parecieron eternos. Recibió la Medalla al Mérito Civil de manos de Margaret McCormick en una sala fría del edificio del FBI, con paredes grises y un suelo de cemento pulido que devolvía el eco de cada palabra. No hubo aplausos, solo miradas. Algunas de respeto, otras de escepticismo. Laura sintió el peso de la medalla contra su pecho, un metal frío que no lograba calentar el vacío en su estómago.

—Nunca imaginé que mi nuera terminaría siendo una de mis mejores agentes encubiertos —dijo Margaret en voz baja, con una mezcla de orgullo y tristeza—. Has demostrado más valor que muchos de mis hombres.

—No soy agente —respondió Laura, devolviéndole la mirada—. Solo soy una economista que tuvo suerte.

—La suerte no existe. Existe la preparación y el coraje.

Laura miró a su alrededor buscando una cara conocida. Alfred no estaba.

— ¿Dónde está mi esposo?

Margaret apretó los labios, formando una línea delgada y dura.

—En casa. Dijo que tenía migraña.

Laura supo que no era verdad. La migraña se llamaba whisky, y no había empezado de golpe. Primero fueron unas copas de vino en la cena, para relajarse, decía Alfred. Luego un whisky antes de dormir, luego dos, luego tres. Laura recordaba la primera vez que vio la botella medio vacía en la mesita de noche. Había decidido no decir nada, pensando que era solo estrés. Pero el estrés no huele a alcohol por las mañanas.

—No es nada —decía Alfred, apartando la mirada—. Solo estrés.

Pero las noches se volvían largas y pesadas como losas de hormigón. Alfred se quedaba en la sala hasta muy tarde, con una botella al lado, mirando la televisión sin verla. Laura lo encontraba dormido en el sofá, con la camisa manchada, el aliento pesado y la mano aun rodeando la copa vacía. Una noche, Laura no pudo soportarlo más, y le arrebató la copa con furia contenida.

—Alfred, esto no es normal. Estás bebiendo demasiado.

—Déjame en paz —respondió él, con un gesto de fastidio que le torcía la boca—. Tú no eres mi madre.

—Por supuesto que no soy tu madre —dijo Laura, sintiendo cómo se le quebraba la voz—. Soy tu esposa, y estoy viendo cómo te destruyes.

Alfred la miró con ojos vidriosos, enrojecidos, pero no por el llanto. Era una mirada perdida, de alguien que ya no se reconocía a sí mismo.

— ¿Y tú qué sabes de destrucción? —escupió—. Tú estás allá arriba con tu medalla, con tus misiones, salvando al mundo. Yo me quedé aquí solo, sin nada, esperando que vuelvas mientras tú te llevas los aplausos.

—No estás solo —dijo Laura, intentando abrazarlo—. Sabes que después que llego a casa, todo lo que hago lo hago por ti.

Él la apartó con brusquedad, un empujón seco que la hizo retroceder un paso.

—Eso no es suficiente.

Se levantó tambaleándose, agarrándose al respaldo del sofá para no caer, y se fue a su habitación. Laura escuchó el golpe de la puerta al cerrarse y luego el ruido de la llave girando en la cerradura. Esa noche durmió sola, abrazando la almohada de Alfred, respirando su olor mezclado con el del whisky.

A la mañana siguiente, Laura llamó a Margaret. No había desayunado. Apenas podía sostener el teléfono sin que le temblaran las manos.

—Alfred está bebiendo mucho —dijo, con la garganta apretada—. De verdad que no sé qué voy a hacer.

Margaret guardó un largo silencio. Laura escuchó su respiración al otro lado de la línea, pausada, medida, como la de alguien que ha aprendido a no mostrar sus heridas.

—Yo soy la culpable de que él reaccione de esa manera —dijo al fin, con cierta amargura—. Yo lo abandoné cuando era niño porque en aquel entonces prioricé mi trabajo por encima de la familia. Eso trajo por consecuencia que Alfred nunca aprendiera a lidiar con sus emociones, porque yo no se lo enseñé.

—Margaret, el hecho de que últimamente Alfred esté actuando de manera irresponsable no es culpa suya.

—No es culpa mía —corrigió Margaret—, pero sí es responsabilidad mía. Son dos cosas totalmente diferentes.

Laura cerró los ojos. Entendía la diferencia mejor que nadie.

— ¿Qué hago? —preguntó.

—No lo presiones. No le quites la botella por la fuerza. Solo quédate y trata de convencerlo con argumentos, para que se aleje de la bebida.

— ¿Y si no funciona?

—Entonces lo llevaremos a un centro de rehabilitación. Pero primero intentemos resolver este problema dentro de la familia.

Esa noche, Alfred estaba despierto cuando Laura entró en la sala. La botella de whisky estaba intacta sobre la mesa, con la tapa puesta, como un animal domesticado que había decidido no atacar.

—No he bebido —dijo él, sin mirarla—. Desde que te fuiste a la ceremonia, no he bebido.

Laura se sentó a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo, el olor a jabón y a hombre cansado.

—Qué bueno, mi amor —dijo, acariciando su rostro. Le besó los labios suavemente—. ¿Por qué dejaste de beber sin que nadie te lo pidiera?

Alfred bajó la cabeza. Cuando volvió a levantarla, Laura vio que tenía los ojos rojos, pero no de borrachera. Era el enrojecimiento del cansancio profundo, del insomnio, del aburrimiento de vivir en una piel que ya no quería habitar.

—Porque me di cuenta de que la bebida está haciendo lo mismo que hizo mi madre conmigo —dijo, con la voz quebrada—. Alejarme de la gente que me quiere. Y yo no quiero hacerte daño, Laura. ¡No quiero que te vayas!

—No voy a irme —dijo ella, apretándole las manos—. Pero necesito que me dejes ayudarte.

Alfred tragó en seco. Hizo una pausa larga, como si estuviera luchando contra algo dentro de sí mismo.

—No sé cómo dejar de sentir que soy un fracaso —admitió al fin.

Laura sintió que el corazón se le partía en dos. No por lástima, sino por amor.

—No eres un fracaso, mi amor —dijo, llevándose su mano a los labios—. Has cometido algunos errores, pero eso no te define como un perdedor o un fracasado. Equivocarse es de humanos. Todo el mundo se equivoca.

— ¿Qué me define entonces?

—Lo que haces después de equivocarte —respondió Laura—. Esa es la lección más importante. Y te lo digo sin demagogia, porque la historia de mi vida te lo demuestra.

Alfred guardó silencio. Luego, lentamente, apartó la botella de whisky hacia el borde de la mesa, como si quisiera poner distancia entre ellos dos.

—Está bien —dijo—. Tú eres un ejemplo de superación para mí. Con tu ayuda, voy a intentarlo.

No fue una cura mágica. Hubo recaídas, noches malas en las que Laura encontraba la botella escondida detrás del microondas o dentro del armario del baño. Pero también hubo pequeños triunfos: una semana sin alcohol, luego dos, luego un mes. Laura estaba a su lado en cada paso, sin reproches, sin presiones, solo con su presencia firme y su amor silencioso.

Un mes después, Margaret llamó.

—Necesito que vengas a Washington —dijo, con un tono que Laura no le conocía, una mezcla de urgencia y secreto—. Tengo una propuesta para ti y para Alfred.

— ¿Qué clase de propuesta?

—No te lo puedo decir por teléfono. Vengan los dos. Estoy segura de que les va a interesar.

En la oficina de Margaret, el ambiente era tenso. Había mapas desplegados sobre la mesa, fotografías satelitales, y un sobre lacrado con el sello del FBI.

—El gobierno cubano nos ha pedido colaboración —dijo Margaret, sin preámbulos—, y se la vamos a ofrecer. Tienen información de que hay una empresa fantasma, que está lavando dinero a través de contenedores en la isla. Las autoridades cubanas saben que la base fuerte de esas actividades está aquí, donde no tienen jurisdicción para actuar. Ahí entramos nosotros para penetrarlos, y obtener la información necesaria para identificarlos y detenerlos.

Laura sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

— ¿Vamos a penetrarlos en Cuba? —preguntó, con la voz temblorosa—. ¿En mi Cuba?

—Sí. En tu tierra. ¿Tienes algún problema con eso?

Laura pensó en su madre Andrea. En las calles de La Habana, en el malecón, en el olor a salitre y a café cubano. Pensó en todo lo que había dejado atrás, en las heridas que creía cerradas y que ahora volvían a abrirse.

—No —dijo, enderezando la espalda—. No tengo ningún problema.

Alfred tomó su mano con fuerza.

—Vamos juntos —dijo, con una emoción que Laura no le escuchaba desde hacía meses—. Finalmente voy a conocer tu tierra.

Margaret les tendió un sobre grueso de color amarillo, con varias hojas dentro.

—Aquí están todos los detalles. Estúdienlos bien porque viajan la próxima semana.

Laura dudó un instante.

—Margaret, permíteme precisar algo —dijo, pensativa—. ¿El gobierno cubano… quiero decir… las autoridades cubanas conocen nuestras identidades? ¿Saben que vamos a viajar a Cuba, para colaborar en la investigación que están llevando ambos países?

—Lo único que saben las autoridades cubanas, es nuestra disposición para colaborar en un tema tan sensible como el lavado de dinero —respondió Margaret, clavándole los ojos—. Pero la operación en la que ustedes van a participar es estrictamente confidencial. Así que cuídense, porque esta vez no voy a poder enviar refuerzos.

El auto iba de regreso a casa. Laura manejaba en silencio, con las manos firmes en el volante pero el corazón desbocado. Alfred la miró de reojo.

— ¿Tienes miedo?

—No —respondió ella, aunque sus nudillos blancos decían lo contrario—. Pero no sé si estoy lista para volver.

—No tienes que estarlo —dijo Alfred, con una calidez que Laura agradeció en el alma—. Solo tienes que ir y utilizar lo que aprendiste desde niña.

Laura miró por la ventanilla. El cielo de Wisconsin se teñía de naranja y morado, como si el día se despidiera con un suspiro.

—Mi madre siempre decía que huir no es cobardía —murmuró—. A veces es la única manera de sobrevivir.

— ¿Y ahora?

—Ahora —dijo Laura, apretando la mano de Alfred con todas sus fuerzas— ya no quiero huir. Con eso te lo digo todo.

El sol se ocultó tras la línea de árboles, y en el silencio del auto solo se escuchaba el rumor del asfalto. Cuba los esperaba. Y con ella, un fantasma que Laura no sabía si estaba lista para enfrentar: el fantasma de su propia historia.

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BsB
Hola Beatriz ! Soy el escritor de la novela y te adelanto que ya tengo listos el ochenta por ciento de las capítulos. Te agradezco mucho que hayas leído algunos de los que están publicados, y aunque no lo manifestaste abiertamente, que esperes a que esté termina significa que tal vez te gustó. Me complacería muchísimo saber tu opinión de lo que has leído, y si tienes alguna sugerencia que hacerme. Fue un placer interactuar con usted.
Beatriz
Cuando esté terminada la leo. Está inconclusa
Saily Smith
me en
Sarai Smith
Me encanta esta novela!! Que sucederá con Laura?
BsB: Laura es una mujer luchadora, una guerrera dispuesta a enfrentarse a todos, por defender a su familia y a la empresa. La mafia la amenaza y la coacciona para que forme parte de su nómina, pero ella se resiste. Laura cederá ante la mafia, o trabajará con el FBI para acabar con los mafiosos? Qué tu harías si fueras la escritora de la novela? Tu opinión es muy importante para mí. Gracias por leer y apreciar mi obra.
total 2 replies
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