A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 16: Decisión
Pov Raquel
Cuando llegué a casa, la escena era casi surrealista. Santiago estaba en el sofá con su brazo enyesado, rodeado de sus hermanos que le dibujaban en el yeso con marcadores de colores. Marcela supervisaba desde el sillón, sonriendo ante los garabatos que los trillizos consideraban "arte".
Ángel estaba con Isabella, repartiendo chocolate caliente para los niños.
Todo parecía... bien.
Como si no acabara de vivir la escena más tensa de mi vida en esa oficina del rector.
—¡Mami! —gritó Sofía al verme—. Mira, le dibujé un dragón a Santiago en su yeso.
—Es hermoso, mi amor —dije, besando su cabeza.
Ana apareció desde la cocina, tomándome del brazo con firmeza.
—Necesito hablar contigo. Ahora.
Me arrastró hacia la cocina antes de que pudiera protestar. Cerró la puerta detrás de nosotras y me miró con una mezcla de asombro y exasperación.
—¿Qué demonios pasó en esa escuela?
—¿Cómo sabes...?
—Julian me envió al hospital para averiguar qué pasaba porque no le respondías los mensajes y cuando llegué, Marcela me contó todo. Luego llame a Julian y por lo que se, salió disparado hacia la escuela como un hombre poseído. ¿Qué hizo?
Me dejé caer en una de las sillas de la cocina y le conté todo. La confrontación con los Mendoza. Las humillaciones. Y cómo Julian había aparecido de la nada, donado quinientos mil dólares y amenazado con destruir a una familia completa solo para defender a mi hijo.
Ana silbó bajito.
—Vaya. Mi jefe no juega, que bien.
—Ana, esto es un desastre —dije, enterrando la cara entre mis manos—. Va a hacer que la gente hable. Van a empezar a preguntar por qué se involucró. Qué relación tenemos.
—¿Y? —preguntó Ana, sentándose frente a mí—. Si preguntan, lo niegas todo y listo. Mientras tengas cuidado de que nadie los vea juntos, no pasa nada.
—No es tan simple...
—Raquel —me interrumpió—. Julian Harrington es uno de los hombres más poderosos del país. Puede donar medio millón de dólares a una escuela sin pestañear. ¿En serio crees que le importa lo que la gente piense?
—A mí me importa —dije en voz baja—. Tengo cinco hijos, Ana. Una reputación ya destruida por Miguel. No puedo permitirme más escándalos.
Ana me miró por un largo momento, luego suspiró.
—Está bien. Entonces solo sé más cuidadosa. Pero Raquel... —hizo una pausa— no dejes que el miedo te quite esto. No dejes que dejen sin él.
—¿Por qué dices eso?
—Porque hoy vino una mujer a la oficina. Una ex novia. Victoria Sinclair.
Una punzada de celos me atravesó el pecho como un cuchillo, pero intenté ignorarla.
—Es normal que mujeres de su edad quieran atraparlo —dije, intentando sonar casual—. Es guapo, joven y millonario.
—Sí —dijo Ana con una sonrisa—. Pero es tuyo.
—Ana...
—Llevo dos años trabajando para Julian Harrington —continuó—. Y nunca, jamás, lo vi tomarse tantas molestias por alguien. Nunca lo vi salir disparado de una reunión importante porque alguien estaba en el hospital. Nunca lo vi amenazar con destruir a una familia completa por defender a alguien. Eso es solo contigo, Raquel.
Las lágrimas amenazaron con salir.
—No durará —susurré—. Eventualmente se cansará. Encontrará a alguien de su edad, sin hijos, sin complicaciones.
—Tal vez —admitió Ana—. O tal vez no. Pero mientras dure, amiga, aprovéchalo. Disfrútalo. Porque mereces ser feliz.
Se levantó y me dio un beso en la frente antes de salir de la cocina, dejándome sola con mis pensamientos.
Debía disfrutarlo.
Dejar de pensar en el mañana. Dejar de intentar alejarlo antes de que fuera un desastre inevitable.
Desde que me casé con Miguel, me había convertido en una mujer que solo vivía para los demás. Mi vida entera había girado alrededor de ser la esposa perfecta, la madre abnegada, la mujer que siempre quedaba en segundo plano. Pero ahora tenía la oportunidad de ser feliz. Aunque fuera por poco tiempo. Aunque fuera en secreto. Aunque fuera con un hombre veinte años menor que yo. Y no pensaba desaprovecharlo.
Esa noche, aprovechando la excusa de mis "clases nocturnas" y el hecho de que Ángel e Isabella estaban en casa cuidando a los niños, me preparé para verlo.
Me puse el conjunto de lencería que había comprado hace días pero que no me había atrevido a usar, era negro y encaje, pero muy diminuto. El tipo de prenda que la antigua Raquel nunca se hubiera puesto.
Pero yo ya no era la antigua Raquel.
Sobre la lencería me puse un vestido simple y un abrigo largo. Nadie sospecharía nada.
Eran las diez de la noche cuando llegué al edificio Harrington. El vigilante nocturno me saludó con un asentimiento profesional, como si estuviera esperándome. Julián claramente lo había informado.
Subí en el ascensor privado con el corazón latiéndome con fuerza. Cuando las puertas se abrieron en el piso cuarenta y cinco, la suite estaba iluminada suavemente. Música jazz sonaba de fondo.
Y Julian estaba ahí, de pie frente a los ventanales, mirando la ciudad. Se había quitado el saco y la corbata. Los primeros botones de su camisa estaban desabrochados.
Se giró cuando me escuchó entrar. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo con una intensidad que me hizo temblar.
—Pensé que no vendrías —dijo con voz ronca.
—Casi no vengo —admití.
—¿Qué te hizo cambiar de opinión?
—Decidí dejar de pensar tanto.
Di un paso hacia él. Luego otro. Cuando estuve lo suficientemente cerca, me quité el abrigo con movimientos lentos, dejándolo caer al suelo.
Sus ojos se oscurecieron.
Luego encontré el cierre de mi vestido y lo bajé. La tela cayó a mis pies, dejándome en nada más que la lencería negra de encaje que dejaba muy poco a la imaginación.
Julián dejó escapar un sonido gutural.
—Raquel...
—Señor Harrington —dije, acercándome hasta quedar a centímetros de él—. Su pago por ser tan amable hoy ha llegado.
Pasé un dedo por su pecho, sintiendo cómo su corazón latía desbocado bajo mi toque.
—Espero que lo disfrute.
Capítulo 16: La Sospecha.
Victoria Sinclair no era una mujer que se rendía fácilmente. Especialmente cuando se trataba de algo que consideraba suyo por derecho.
Y Julian Harrington, lo admitiera él o no, era suyo.
Había pasado una semana desde que Julian la había echado de su oficina como si fuera una vendedora ambulante. Una semana de humillación que ardía en su pecho cada vez que lo recordaba.
Pero Victoria había aprendido algo crucial en sus años moviéndose entre la alta sociedad: la persistencia siempre ganaba.
Así que cada mañana, durante los últimos cinco días, había llegado al edificio Harrington Industries vestida impecablemente, con una sonrisa perfecta y una excusa diferente para subir al piso cincuenta.
Y cada mañana, esa asistente insoportable, Ana Martínez, la detenía con la misma respuesta profesional pero firme: "El señor Harrington no está disponible. Si gusta, puedo programarle una cita."
Pero Victoria no necesitaba una cita.
Necesitaba respuestas.
Esa mañana del jueves, sin embargo, las cosas cambiaron. Cuando llegó al lobby del edificio a las nueve en punto, encontró a Eleanor Harrington esperando junto a los ascensores, elegante como siempre en un traje Chanel color crema.
—Eleanor —dijo Victoria con una sonrisa genuina—. Qué sorpresa verte aquí.
—Victoria, querida —respondió Eleanor, besándola en ambas mejillas—. Vine a hablar con Julian sobre algunos asuntos familiares. ¿Tú también vienes a verlo?
—Lo intento —admitió Victoria con un suspiro perfectamente ensayado—. Pero su nueva asistente es como un perro guardián. No me deja pasar.
Eleanor frunció el ceño.
—Eso es ridículo. Eres prácticamente familia. Ven, sube conmigo.
Victoria sonrió por dentro mientras seguía a Eleanor al ascensor privado. A veces, tener a la madre de Julian de tu lado tenía ventajas.
Cuando llegaron al piso cincuenta, Ana se puso de pie inmediatamente, su expresión cambiando de profesional a ligeramente alarmada al ver a ambas mujeres.
—Señora Harrington, buenos días. No sabía que tenía cita con...
—No necesito cita para ver a mi hijo, Ana —dijo Eleanor con esa voz que no admitía réplicas—. ¿Está en su oficina?
—No, señora. Está en una videoconferencia con inversionistas de Tokio. En la sala de juntas del piso cuarenta y ocho. Debería terminar en aproximadamente dos horas.
—Entonces esperaremos en su oficina —declaró Eleanor, dirigiéndose directamente a la puerta.
Ana pareció querer protestar, pero sabía que no podía detener a la madre de su jefe.
—Por supuesto, señora Harrington. ¿Puedo ofrecerles café mientras esperan?
—No será necesario —respondió Eleanor, entrando a la oficina con Victoria detrás.
La oficina estaba impecable como siempre. El escritorio de Julian ordenado con precisión militar, los ventanales mostrando la ciudad a sus pies, el sofá de cuero negro en el área de estar privada.
Eleanor se sentó en una de las sillas frente al escritorio de Julian, claramente molesta por tener que esperar.
—Mi hijo se está volviendo imposible de localizar últimamente —comentó, sacando su teléfono—. Siempre ocupado, siempre en reuniones.
Victoria caminó casualmente por la oficina, observando cada detalle. Todo parecía normal, profesional.
Pasaron treinta minutos. Luego una hora. Eleanor hacía llamadas telefónicas, revisaba correos en su tablet, su impaciencia creciendo con cada minuto.
—Esto es ridículo —dijo finalmente Eleanor, poniéndose de pie—. Tengo otras cosas que hacer. Dile a Julian que me llame cuando tenga tiempo para su madre. Tomo su bolso y miro con rabia a Ana que solo asintió.
Victoria también se levantó, pero no tenía intención de irse todavía.
—Voy al baño antes de salir —dijo.
Mientras Eleanor salía de la oficina, Victoria se dirigió rápidamente hacia el baño privado de Julian. Pero en el camino, algo en el suelo cerca del sofá capturó su atención.
Un destello bajo la luz.
Se agachó y lo recogió.
Un arete.
Pequeño, de plata, con un diseño simple de flor. El tipo de arete que una mujer usaría para verse elegante pero no ostentosa.
Victoria lo examinó cuidadosamente. No era una marca de diseñador. Era bonito, pero claramente no era de las tiendas donde las mujeres del círculo social de Julian compraban.
Y estaba tirado en el suelo, cerca del sofá privado de Julian.
Una sonrisa lenta apareció en los labios de Victoria mientras guardaba el arete en su bolso.
Evidencia.
Julian Harrington estaba viendo a alguien. Y esa alguien había estado en su oficina lo suficientemente íntima como para perder un arete cerca de su sofá privado.
Salió de la oficina con una expresión neutral, despidiéndose de Eleonor con una sonrisa cortés.
Pero su mente ya estaba trabajando.
Dos días después, Victoria estaba en su pent-house revisando un sobre manila que acababa de recibir.
Había contratado a un investigador privado el mismo día que encontró el arete. Alguien discreto, profesional, que no hacía preguntas.
"Siga a Julián Harrington," había ordenado. "Quiero saber a dónde va, con quién se reúne, todo."
Y ahora tenía los resultados.
Abrió el sobre con manos temblorosas y sacó las fotografías.
La primera mostraba a Julián saliendo de su pent-house en el centro de la ciudad. Nada inusual ahí.
La segunda foto la hizo detenerse.
Julián saliendo del mismo pent-house. Pero esta vez eran las cinco de la mañana, según el sello de tiempo en la esquina. Y no estaba solo.
Una mujer caminaba junto a él. La foto era de lejos, tomada desde la calle, y la calidad no era perfecta debido a la hora temprana y la poca luz.
Pero podía ver su silueta. Curvilínea. Cabello oscuro. Vestida con ropa casual.
Victoria examinó la foto con una lupa, intentando distinguir los rasgos de la mujer, pero la distancia y la calidad de la imagen hacían imposible ver su cara claramente.
¿Quién era? ¿Era joven? ¿Mayor? No podía saberlo.
Había más fotos. Julián y la misma mujer entrando al pent-house a las ocho de la noche. Saliendo juntos a la mañana siguiente. Siempre de lejos. Siempre con la mujer medio oculta.
La última foto del sobre mostraba a Julián besando a la mujer en el umbral de la puerta de su pent-house antes de que ella se fuera. Pero de nuevo, el ángulo era malo, la distancia demasiada.
Victoria arrojó las fotos sobre su mesa de café con frustración.
Tenía evidencia de que Julián estaba con alguien. Pero no tenía idea de quién era esa mujer.
Tomó su teléfono y llamó al investigador.
—Necesito mejores fotos —dijo sin preámbulos—. Acércate más. Consigue su cara. Su nombre. Todo.
—Señorita Sinclair, me mantuve a distancia porque me pidió discreción. Si me acerco más, hay riesgo de que me descubran.
—No me importa. Duplicaré tu pago. Solo consígueme información útil.
—Entendido. Le tendré más para fin de semana.
Victoria colgó y volvió a mirar las fotos, la rabia hirviendo en su pecho.
¿Quién era esta mujer que le estaba quitando a su futuro marido?
Mientras Victoria Sinclair ardía de rabia en su pent-house, consumida por celos y frustración, en el otro lado de la ciudad, Julián y Raquel estaban completamente ajenos a ser vigilados.
Era martes por la noche, y Raquel había llegado puntual a las ocho, como siempre.
Pero esta noche era diferente. Llegó más contenta que de costumbre, con una sonrisa que no podía ocultar y una ligereza en sus pasos que Julián notó inmediatamente.
—Alguien está de buen humor —dijo Julián cuando ella entró al pent-house.
—Tal vez —respondió Raquel con una sonrisa traviesa—. O tal vez solo estoy lista para cobrar mi pago por servicios.
Julián sonrió, esa sonrisa depredadora que la hacía temblar.
—Entonces más vale que sea un buen pago.
—Oh, lo será —prometió Raquel, dejando caer su abrigo al suelo.
Y mientras Victoria revisaba fotos borrosas a kilómetros de distancia, tratando desesperadamente de descubrir quién le estaba "robando" a Julián, él y Raquel se perdían el uno en el otro, completamente ajenos al peligro que se acercaba. Completamente perdidos en su propia burbuja de placer y secretos. Por ahora.
Julián deja contarle a tu hermana de tus sentimientos de lo que estás pasando del calvario que estás viviendo y tenías una aliada🙏