Del dolor al amor
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17
El comedor de la mansión Von Hardenberg era una oda a la sobriedad: mármol frío, cubertería de plata alineada con precisión milimétrica y un silencio que solo era roto por el tic-tac de un reloj de pie. Mi padre, el patriarca, presidía la mesa con la espalda tan recta como una columna, emanando esa autoridad que hacía que incluso el aire se sintiera más pesado.
Entonces, la puerta se abrió.
Elara entró con Gitta de la mano. Si la mansión era un templo de sombras, Elara era un relámpago. Llevaba una mancha de azul cobalto en la mejilla y un vestido que, aunque sencillo, resaltaba entre tanto lujo rancio. Mi padre dejó caer los cubiertos sobre la porcelana con un sonido seco, examinándola con esa mirada gélida que solía reservar para los competidores que estaba a punto de destruir.
—Así que esta es la... "solución" —dijo mi padre, arrastrando las palabras con un desdén mal disimulado—. Me habían dicho que eras artista, jovencita. Pero parece que solo eres una niña jugando con pinceles. ¿Qué puede enseñarle una estudiante a una Von Hardenberg?
Me puse tenso, esperando que Elara se encogiera. Pero ella, con una calma que me dejó atónito, ayudó a Gitta a sentarse y luego miró a mi padre directamente a los ojos. No había miedo, solo una chispa de inteligencia vibrante.
—El arte, señor Von Hardenberg, no es un juego —respondió ella, mientras se servía agua con una elegancia natural—. Es el único lenguaje que sobrevive cuando las palabras fallan. Usted ve a una niña jugando; yo veo a una pequeña que hoy aprendió que el amarillo y el azul crean el verde de los árboles que ella misma puede inventar.
Mi padre soltó una risa seca, casi un ladrido.
—Filosofía barata. El arte es técnica, es historia, es inversión. Es saber distinguir un Rembrandt de una copia barata en una subasta.
Fue entonces cuando Elara comenzó su cátedra. Entre bocados de ensalada y con una sonrisa que desarmaba cualquier defensa, empezó a hablar. No habló de precios ni de subastas; habló del claroscuro de Caravaggio como una lucha entre el alma y el pecado. Explicó por qué Van Gogh necesitaba que el cielo se moviera en espirales para no volverse loco, y cómo la estructura del cubismo de Picasso no era desorden, sino la fragmentación de la realidad de un mundo que ya no sabía cómo verse al espejo.
A medida que hablaba, el rostro de mi padre cambiaba. Pasó de la arrogancia a la sorpresa, y de la sorpresa a una curiosidad renuente. Elara no estaba citando libros de texto; estaba narrando la historia de la humanidad a través de la pasión. Entre risas ligeras, le corrigió un dato sobre el Renacimiento alemán con tal sutileza que mi padre, por primera vez en décadas, no se sintió insultado por ser corregido.
—Y por eso, señor —concluyó Elara, guiñándole un ojo a una Gitta que la miraba como a una heroína—, prefiero que Gitta aprenda a sentir el color antes que a memorizar el año en que murió Durero. Porque alguien que siente el arte, nunca estará realmente solo.
El silencio volvió a la mesa, pero esta vez no era frío. Mi padre la observó durante lo que pareció una eternidad. Finalmente, tomó su copa de vino, asintió levemente hacia ella y bebió un sorbo largo.
—Tienes una lengua afilada y un cerebro que sabe usarla —masculló mi padre, aunque pude notar un destello de respeto en sus ojos—. Quizás no seas solo una niña jugando.
Gitta soltó una risita y yo finalmente pude soltar el aire que tenía retenido. Otto, que estaba en el otro extremo de la mesa, me lanzó una mirada de "te lo dije" mientras robaba un trozo de pan. La mansión Von Hardenberg acababa de ser desafiada por un ser de cabello pastel, y para mi sorpresa, el patriarca no solo no la había expulsado, sino que parecía estar disfrutando de la derrota.