Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
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capitulo 20
El olor de la clínica de Méndez no era el de un hospital convencional; no había rastro de desinfectante industrial, sino un aroma a ozono y a un silencio caro. En la habitación 402, la luz de la luna se filtraba a través de las persianas, dibujando rayas de plata sobre la cama donde Andrea descansaba. Estaba conectada a un monitor que emitía un pitido constante, un metrónomo metálico que marcaba la fragilidad de la tregua entre la vida y la muerte.
Francisco estaba sentado a su lado. Se había lavado la sangre de las manos, pero su camisa seguía manchada, un recordatorio escarlata del colapso en la junta. No había aceptado una bata limpia; sentía que esa sangre era el único vínculo físico que le quedaba con la realidad de ella.
Andrea abrió los ojos lentamente. La hemorragia se había detenido, pero sentía la nariz y la garganta taponadas por el algodón y la fatiga. Al mover la mano, encontró la de Francisco, que la sujetaba con una fuerza que rozaba la desesperación.
—Francisco… —su voz fue un roce de papel de lija.
Él se inclinó de inmediato, pegando su frente a la barandilla de la cama.
—Aquí estoy. No me he movido, Andrea. No me voy a mover.
—Lo siento —susurró ella, las lágrimas resbalando hacia sus sienes—. Arruiné la junta. El contrato…
—¡Al diablo con el contrato! —rugió Francisco, aunque su volumen se quebró al final—. ¿Crees que me importa una firma cuando casi te ahogas en mis brazos? Méndez me ha dicho que tienes una "condición delicada". Una que no tiene nada que ver con venenos ni con conspiraciones de mis tíos.
Andrea cerró los ojos. La mentira del envenenamiento que Francisco había construido como escudo ya no podía sostenerse. Era hora de darle algo, una verdad a medias que lo mantuviera a flote sin hundirlo en el abismo de la realidad total.
—Es mi corazón, Francisco —confesó, y la palabra se sintió como una piedra cayendo en un pozo profundo—. Nací con una debilidad. Una falla en la estructura que decidió cobrarme la factura ahora, bajo todo este estrés. Pero Méndez dice que con el tratamiento adecuado… podemos ganar tiempo.
Francisco apretó su mano. Sus dedos recorrieron las marcas de las vías intravenosas con una delicadeza desgarradora.
—Si es el corazón, buscaremos al mejor cirujano del planeta. No me importa el costo. Si necesitas un trasplante, compraré la lista de espera. Pero tienes que operarte ahora.
—No —lo cortó ella con una firmeza que nació de su amor—. Tú tienes tu cirugía en tres días, Francisco. El doctor Rossi ya tiene todo listo. Esa es la prioridad. Necesito que recuperes tu vista. Necesito que vuelvas a ser el hombre que no necesita a nadie para caminar.
—¡No puedo recuperar la vista para verte en un ataúd, Andrea! —exclamó él, y el dolor en su voz llenó la habitación.
—No me voy a morir en tres días —mintió ella, apretando su mano a pesar de la debilidad—. Pero si cancelas tu operación, todo el esfuerzo que hemos hecho, todo lo que hemos luchado contra los Moore y los Valois, no habrá servido de nada. Hazlo por mí. Si me amas, recupérate tú primero. Así podrás cuidarme cuando sea mi turno.
Francisco guardó silencio. El monitor cardíaco de Andrea se aceleró un poco, delatando su ansiedad. Él hundió el rostro en la palma de la mano de ella, aspirando el aroma a jabón y medicina.
—Hagamos un pacto —dijo él, levantando la cabeza. Sus ojos nublados parecían buscar el alma de Andrea a través de la penumbra—. Yo me opero. Rossi me devuelve la luz. Y en cuanto me quiten las vendas y pueda ver tu rostro por primera vez, nos operamos juntos. Tú recibirás lo que necesites, y yo no me separaré de tu cama ni un segundo.
Andrea sintió un nudo en la garganta que casi le impide respirar. Era una promesa de futuro que ella sabía casi imposible, pero la esperanza en la voz de Francisco era tan pura que no tuvo el valor de romperla.
—Trato hecho —susurró ella.
—Y después de eso —continuó Francisco, y una pequeña sonrisa, la primera en días, iluminó su rostro—, te llevaré a recorrer el mundo. Iremos a Estambul, como querías con ese drama que tanto mencionas. Veremos el Bósforo, caminaremos por las calles de París sin auriculares, sin susurros de negocios. Solo tú y yo, viendo el mundo con mis ojos y sintiéndolo con los tuyos. Te compraré el jardín más grande que exista, uno donde la lluvia solo sea para disfrutarla, no para esconderse.
Francisco empezó a describir los lugares que verían, los colores que él esperaba redescubrir: el azul del Mediterráneo, el verde de los campos de Irlanda, el dorado del desierto. Hablaba con una fe ciega, construyendo un castillo de naipes sobre un abismo.
Andrea lo escuchaba, acariciando su cabello con la mano que no tenía la vía. Se sentía como una traición dejar que él soñara con un mañana que sus análisis médicos negaban con cada gota de sangre, pero ver a Francisco así, despojado de su amargura y lleno de planes de vida, era el mayor regalo que podía llevarse.
—¿Me lo prometes, Andrea? —preguntó él, besando sus nudillos—. ¿Me prometes que estarás ahí cuando Rossi me quite las vendas?
Andrea miró el monitor. Su ritmo cardíaco era una línea errática, una advertencia silenciosa de que el motor se estaba rindiendo. Pero miró a Francisco, al hombre que ella había reconstruido desde las cenizas de su propia ceguera, y sonrió con una dulzura que le rompió el corazón.
—Te lo prometo, Francisco —dijo ella, sabiendo que era la mentira más hermosa y más cruel de su vida—. Estaré allí. No me perdería ese momento por nada del mundo.
Francisco dormido en la silla, aferrado a la mano de Andrea como si fuera su único ancla en un mar de sombras. Ella se quedó despierta, mirando el techo, contando los latidos del monitor y pidiéndole al destino un último milagro: que el corazón le aguantara lo suficiente para que él pudiera ver, aunque fuera por un segundo, que ella nunca dejó de mirarlo con amor, incluso cuando el mundo se quedó a oscuras.
¿Qué piensas de este pacto entre ellos, crees que la esperanza de Francisco sea suficiente para mantener a Andrea luchando?
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