🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.
No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.
Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.
Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.
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CAPÍTULO 17
El sol de la mañana entraba en rachas débiles a través de los vitrales de la iglesia, tiñendo el mármol frío de tonos azules y rojos que se mezclaban con el negro de los trajes de los asistentes.
Kassandra estaba de pie junto al altar, las manos entrelazadas sobre el misal que Jennifer le había dado la noche anterior, cuando aún no sabía que esa misa sería también su despedida.
El velo negro le rozaba los pómulos, ocultando las ojeras moradas que delataban las lágrimas de la madrugada. No había llorado por Fabián, ni por el forcejeo de la noche pasada, sino por la Nana, por el peso de saber que nunca más escucharía su voz quebrada llamándola "mi niña". Pero ahora, bajo la mirada fija del sacerdote, con el eco de los salmos resonando en las bóvedas, algo más se agitaba en su pecho: no era solo dolor, era el latido acelerado de un plan que estaba a punto de ponerse en marcha.
Entre el murmullo de las plegarias, sintió antes que vio el roce de una falda contra su pierna. Jennifer se acercó con pasos medidos. Su mano, fría y firme, se posó un instante sobre el dorso de la de Kassandra, y en ese contacto fugaz, algo delgado y rectangular se deslizó entre sus dedos. Kassandra no miró hacia abajo. No respiró hondo. Solo apretó los labios, sintiendo el borde del sobre contra su palma, como si fuera el filo de un cuchillo prometiendo libertad.
—Ruega por su alma y la tuya— susurró Jennifer, sin mover los labios, la voz tan baja que solo Kassandra pudo escucharla. Sus ojos no se encontraron con los de ella. En cambio, se posaron en el crucifijo sobre el altar, como si la Virgen fuera su cómplice.— Y no te detengas cuando llegue la hora.
Kassandra asintió casi imperceptiblemente, los dedos curvándose alrededor del misal como si fuera un escudo. Bajo la tela negra de su vestido, el sobre ardía contra su muslo. Esperó a que Jennifer se alejara, a que el sonido de sus tacones sobre la piedra se perdiera entre los susurros de los demás dolientes, antes de permitir que sus párpados se cerraran por un segundo.
En ese instante, deslizó la mano dentro del misal y sus dedos rozaron el papel: billetes doblados con esmero, el plástico áspero de una identificación que no era suya, el cartón delgado de un boleto de bus. El nombre del pueblo le sonó a leyenda, a uno de esos lugares que solo existían en los mapas viejos, donde las calles eran de piedra y el tiempo se movía más lento. Perfecto. Nadie buscaría allí a la esposa de Fabián Álvarez de Toledo.
El corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que temió que el sonido delatara su traición. Al frente, Fabián seguía erguido en la primera fila, las manos cruzadas sobre el regazo, la espalda tan recta que parecía tallada en hielo. No lloraba. Ni siquiera parpadeaba. Solo observaba el ataúd de la Nana con una expresión que Kassandra conocía demasiado bien: esa mezcla de fastidio y cálculo, como si hasta el duelo fuera un negocio que debía cerrar con eficiencia.
Fabián no era tonto. Sabía que Kassandra había cambiado el hospital de la Nana sin consultarle. Sabía que algo se cocinaba en silencio. Y ahora, con los ojos hinchados de ella y ese misal apretado contra el pecho como un talismán, era cuestión de tiempo antes de que sus miradas se encontraran y todo se viniera abajo.
Kassandra se arrodilló sobre el reclinatorio, fingiendo sumergirse en la oración. En realidad, estaba contando los segundos. El cuerpo será llevado al cementerio en media hora. El tráfico a esta hora es denso. Si salgo ahora, antes de que carguen el ataúd, tendré veinte minutos de ventaja.
Repasó la ruta mentalmente, como si fuera un mapa trazado con tinta invisible sobre su piel, primero debía salir por la puerta lateral, donde los vendedores de fruta esperaban con su camioneta destartalada. Una maleta pequeña ya estaría en la caja, con ropa sencilla y sin etiquetas. El sudor le resbalaba entre los senos, pegajoso, mientras el sacerdote elevaba la hostia. "Este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros..." Kassandra apretó los dientes. El mío no. No otra vez.
Cuando el último "Amén" resonó en la nave, el gentío comenzó a moverse hacia la salida, arrastrando sus sombras como fardos. Fabián se volvió hacia ella, los ojos entornados, y por un segundo, Kassandra creyó que la atraparía allí mismo, que sus dedos se cerrarían alrededor de su muñeca como un grilletes. Pero entonces alguien le habló y él desvió la atención con un gesto de impaciencia.
No miró atrás. No se permitió un último vistazo al ataúd de la Nana, ni a los rosarios que colgaban de sus manos inertes. Solo murmuró, tan bajo que solo el eco de la iglesia pudo escucharlo:
—Perdóname, Nana. Pero tu entierro, será mi ruta de escape.
Y entonces, con el misal apretado contra el costado como si fuera su única armadura, Kassandra se fundió entre la multitud. La puerta lateral estaba entreabierta, dejando entrar un hilo de luz cegadora. Afuera, el olor a gasolina y fruta madura la recibió como un abrazo. La camioneta estaba allí, oxidada y humeante, con un hombre mayor al volante que asintió sin preguntar. Kassandra subió al asiento trasero, donde una maleta de lona esperaba sobre el piso metálico. El motor tosió al arrancar, y con cada sacudida del vehículo, el peso de seis años de sumisión se desprendía de ella como piel muerta.
La ciudad quedó atrás antes de que el miedo la alcanzara. Desde la ventana del autobús, Kassandra vio los rascacielos convertirse en siluetas borrosas, tragadas por la noche. El aire acondicionado le erizaba los brazos, pero no se atrevió a buscar una chaqueta en la maleta. Nada de llamar la atención. Se recostó contra el vidrio frío, observando cómo los letreros luminosos se desdibujaban en destellos amarillos. Adiós, prisión de cristal. Por primera vez en años, respiró sin que el aire le quemara los pulmones.
Cuando llegó a la estación de trenes, Kassandra se movía con la precisión de quien ha ensayado cada paso con el boleto en la mano izquierda, la identificación falsa lista para mostrar, el cabello recogido en una trenza apretada que ocultaba el rostro que tanto habían fotografiado en revistas. Subió al vagón cuando el silbato anunció la partida, eligiendo un asiento junto a la ventana, lejos de las luces principales. El tren se sacudió al arrancar, y con él, algo dentro de ella se reacomodó, como si sus huesos, acostumbrados a encogerse, por fin pudieran estirarse.
Afuera, la oscuridad devoraba los últimos vestigios de la ciudad. Kassandra apoyó la frente contra el cristal, sintiendo el traqueteo del tren vibrar en sus dientes.
Fabián no era hombre de rendirse fácilmente, y cuando descubriera su desaparición desataría el infierno. Pero por primera vez, el miedo no la paralizaba. Lo observaba como se mira un paisaje desde la ventana tan lejano, difuso e incapaz de tocarla.
Cerró los ojos. En la oscuridad detrás de sus párpados, no vio el rostro de Fabián, ni la casa que había sido su jaula. Vio calles empedradas, aire que olía a pino y a tierra mojada, un pueblo donde nadie conocía su nombre. Quizás, pensó, mientras el tren la llevaba más lejos de todo lo conocido, allí me estarán esperando cosas que ni siquiera sé que deseo.
Pero por ahora, eso no importaba. Lo único que necesitaba saber era que, tras poco más de seis años, el futuro era suyo para escribirlo. Y esa noche, con el viento silbando entre los vagones y la luna reflejándose en los rieles Kassandra sonrió. No era un gesto dulce. Era el de una mujer que acababa de robarle su vida al diablo.