Una vez fui la general que nadie pudo doblegar.
Ahora… despierto en una jaula de cristal llamada familia.
Ella murió con traición en la sangre y una espada en el corazón.
Él era su hermano.
Él era su final.
Pero los dioses no entienden de finales.
Elara Voss. Hija legítima.
Olvidada. Humillada. Rechazada.
En su mansión, la hija adoptiva brilla como la estrella que nunca le permitieron ser.
Y todos… todos la adoran.
Excepto que algo dentro de Valeria despierta. Algo antiguo.
Algo que sabe matar con una mirada.
Y hay un secreto que nadie le dijo:
🗣️ Sus pensamientos… no son silenciosos.
La familia los oye.
El prometido los oye.
Pero la impostora… no.
¿Qué pasa cuando una leyenda renace en el cuerpo de la chica que todos ignoran?
¿Y si su voz interior… es la única arma que necesita para destruirlos a todos?
Entre galas de alta sociedad, sonrisas falsas y promesas rotas…
una guerra silenciosa está a punto de estallar.
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El doctor y la "locura"
Alexander, aún pálido y con las piernas temblorosas después de su caída dramática, se incorporó al fin con ayuda de Damien. Su orgullo estaba hecho añicos, pero su rabia era más fuerte. Miró a Elara como si fuera un peligro público.
—Esto ha ido demasiado lejos —dijo con voz ronca, avanzando hacia ella—. Tú estás enferma. Necesitas ayuda profesional. Ahora.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, Alexander tomó a Elara de la mano con fuerza —no violenta, pero firme— y empezó a tirar de ella hacia la puerta principal.
—Vamos. Te llevo con el doctor Harlan. Él es mi médico privado desde hace años. Te va a chequear de arriba abajo para ver si estás loca o qué demonios te pasa.
Elara no se resistió. Al contrario, dejó que la arrastrara, con una sonrisa serena en los labios.
«Perfecto», pensó, y aunque su voz mental resonó en las cabezas de toda la familia que los seguía de cerca, nadie dijo una palabra al respecto. «Que me examine cuanto quiera. Solo va a confirmar lo que ya sé: que soy más sana que todos ustedes juntos».
Victor intentó intervenir.
—Hijo, cálmate. Podemos hablarlo en casa…
—No, papá —cortó Alexander sin detenerse—. Esto no es normal. Actúa como si supiera secretos imposibles, provoca crisis nerviosas… Necesitamos un diagnóstico real.
Valeria asintió, nerviosa.
—Tiene razón. Yo también quiero saber qué le pasa.
Ariana, caminando detrás con expresión de preocupación fingida, agregó con voz suave:
—Pobrecita Elara… espero que solo sea estrés por todo lo que ha pasado.
Media hora después, llegaron a la clínica privada del doctor Harlan, un edificio discreto y lujoso en el centro de la ciudad reservado para clientes de alto perfil. Alexander prácticamente empujó a Elara dentro, seguido por el resto de la familia (Victor, Miriam, Valeria, Damien y Ariana, que no quería perderse el espectáculo).
El doctor Harlan, un hombre de unos cincuenta años, cabello plateado y modales impecables, los recibió en su consulta privada.
Alexander explicó la situación con cuidado, evitando mencionar por completo lo de los pensamientos telepáticos —no quería que Elara supiera que toda la familia podía oírla en sus cabezas. Eso era un secreto que, por ahora, guardarían celosamente.
—Desde su accidente en las escaleras, actúa como otra persona completamente distinta —dijo Alexander, eligiendo las palabras—. Dice cosas raras, parece saber secretos privados que nadie le ha contado, provoca reacciones fuertes en la gente… Necesitamos que la examine a fondo, doctor. Análisis de sangre, resonancia, lo que haga falta. Quiero saber si tiene un tumor, esquizofrenia, algo que explique este cambio de personalidad tan drástico.
El doctor Harlan miró a Elara con profesionalidad tranquila.
—Por supuesto. Señorita Voss, ¿me permite realizarle un chequeo completo?
Elara se encogió de hombros.
—Adelante, doctor. Estoy perfectamente dispuesta.
Durante la hora siguiente, Elara pasó por todo: análisis de sangre rápidos, prueba neurológica básica, reflejos, presión arterial, resonancia magnética express, incluso un electroencefalograma breve. Se portó como una paciente modelo: cooperativa, tranquila, sonriente.
Cuando terminaron, el doctor Harlan revisó los resultados preliminares en su ordenador y luego llamó a Alexander y al resto de la familia a la consulta.
—He terminado el examen —anunció con tono calmado—. Y los resultados son claros: la señorita Elara Voss está en perfectas condiciones físicas y neurológicas. No hay signos de tumor, lesión cerebral, epilepsia, esquizofrenia ni ningún trastorno psiquiátrico detectable en este momento. Su cerebro funciona de manera completamente normal. Mejor que normal, de hecho: reflejos excelentes, presión arterial ideal, niveles hormonales equilibrados. Es una joven sana de diecisiete años.
Alexander se quedó boquiabierto, pero se contuvo de mencionar los pensamientos.
—¿Cómo? ¡Eso es imposible! Doctor, usted no entiende… ella está actuando de manera completamente extraña. Es como si fuera otra persona desde el accidente. Dice cosas que… que no debería saber. Hace que la gente se desmaye solo con mirarla.
El doctor Harlan frunció el ceño, intrigado pero escéptico.
—Los cambios de personalidad tras un trauma leve son posibles, pero en este caso no hay evidencia de trauma cerebral significativo. La herida en la frente es superficial y ya está cicatrizando bien. Psicológicamente… podría recomendar una evaluación con un psiquiatra especializado en estrés postraumático o trastornos disociativos, pero desde el punto de vista médico, no hay nada anormal.
Alexander apretó los puños, frustrado, pero siguió sin revelar el detalle clave de los pensamientos.
—Entonces… ¿qué explica que actúe como si fuera otra persona? ¿Como si tuviera conocimientos que no debería tener?
El doctor se encogió de hombros.
—Podría ser un mecanismo de defensa psicológico, un cambio de actitud por el trauma emocional de los últimos años, o incluso una fase adolescente intensificada. Pero médicamente, está sana. Sugiero observación y, si el comportamiento persiste, terapia.
Elara, sentada en la camilla con las piernas colgando como una niña buena, levantó la vista y sonrió dulcemente a Alexander.
—¿Ves, hermano? El doctor dice que estoy perfecta. Tal vez el problema no sea yo… sino lo que están viendo.
En la mente de todos resonó su voz cristalina —y todos se tensaron, pero nadie dijo nada—:
«O tal vez deberían empezar a creer lo que oyen… porque todo lo que digo termina haciéndose realidad».
Alexander palideció de nuevo, pero apretó los labios y no comentó nada sobre los pensamientos. Valeria se mordió el labio. Ariana apretó los puños disimuladamente.
Victor fue el primero en reaccionar.
—Vámonos a casa —dijo con voz cansada—. Esto… esto lo hablaremos en familia.
Mientras salían de la clínica, Alexander caminaba detrás de Elara, mirándola con una mezcla de miedo y desconfianza. La familia intercambiaba miradas nerviosas, pero nadie mencionó en voz alta el secreto que compartían: que podían oír cada pensamiento de Elara.
Ella, por su parte, iba tarareando una melodía alegre.
«La partida sigue», pensó deliberadamente, sabiendo que todos la oían. «Y ahora saben que no estoy loca. Solo… diferente».
Y en el fondo de su alma, Lirael rio.
Porque cuando el enemigo guarda un secreto tan grande como ese, tarde o temprano comete un error.