Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.
Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.
En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.
En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.
Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.
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CAPÍTULO 5 – El umbral. La muerte ya no era el final.
El alboroto se fue apagando, primero en murmullos, luego en ecos. Finalmente, Solo quedaban esos pasos. Débiles. Irregulares.
No pudo aguantar más. Se armó de valor y abrió la puerta.
El pasillo seguía allí, pero ya no era el mismo. El lugar, antes blanco y pulcro, estaba manchado de sangre.
Rastros de arrastre en el suelo. Arañazos en las paredes. En las puertas, como si alguien—o varios—hubieran intentado aferrarse a algo.
Un grupo de personas avanzaba lentamente en la dirección opuesta. Sin hablar. Sin mirar atrás.
El aire olía a hierro.
Algo había pasado. Algo que ella aún no entendía.
Ella seguía a las personas pero manteniendo la distancia, algo en su interior le decía que eran peligrosas. Al final del pasillo alguien estaba siendo acorralado, aquellas personas se acercaban lentamente.
Su espalda había chocado contra el muro. Al intentar abrir una de las puertas adyacentes, se resbaló con un charco de sangre. Cayó con un golpe seco. Sin tiempo de reaccionar.
Ya los tenía encima, mientras disparaba sin parar, uno a uno se abalanzaban sobre él. Las balas impactaban sus cuerpos, haciéndolos tambalear, pero no caían. Seguían avanzando.
Con sus manos rasgaban su piel como si fueran animales. Otros mordían su cuerpo directamente, la sangre fluía como fuentes de agua y en su intento por sobrevivir le disparó a uno en la cabeza y este cayó.
Ella estaba tan asustada, que incluso respirar le era difícil. Un nudo áspero le cerraba la garganta, sofocando cualquier grito, sus piernas cediendo al instinto de huir, la llevaron de vuelta al baño. Cerró la puerta con manos torpes, sintiendo el clic del seguro como un débil escudo contra lo que acechaba afuera.
Su cuerpo, lleno de escalofríos. La cabeza, un torbellino. Las fuerzas, un hilo que se cedió. Cae.
El suelo helado la recibe sin piedad. Inmóvil. Minutos, tal vez horas.
Las imágenes regresan, insistentes. Golpean. Se clavan. Se repiten. Una y otra vez. Pensó: Sería una pesadilla, estaría delirando y todo era producto de mi imaginación. Tenía que serlo.
Cuando ya no escucho ningún sonido, volvió a abrir la puerta.
La realidad la golpeó, no había sido un sueño.
La sangre esparcida por todo el lugar se lo confirmo, por suerte los únicos que se encontraban en el pasillo, estaban tendidos en el suelo junto a aquel guardia. Sin prisa alguna se acercó a ellos.
Tenían mordidas por varias partes de sus cuerpos. pero quién la impresionó fue ese hombre con el arma en sus piernas, la piel de su pecho y abdomen estaban hechas trizas, se veían las costillas, otros huesos y partes de sus órganos, los pocos que le quedaban.
Observar todo eso le revolvió el estómago, por poco vomita en el lugar, como pudo aguantó las ganas. Pensó: podría estar vivo. Tocó en su cuello para ver si estaba vivo, pero este no tenía pulso, ya estaba completamente muerto.
Sería imposible que tuviera vida, su piel helada y pálida lo demostraba.
Siguió observando un largo rato tratando de entender qué estaba pasando, hasta que este abrió los ojos. Ella se espanto y aún más cuando empezó a hacer unos sonidos extraños, se escuchaban como gemidos. Ella se alejo rápidamente, completamente sorprendida mientras esa cosa se arrastraba hacia ella.
Corrió de vuelta al baño, cerrando inmediatamente la puerta y acurrucándose sobre la puerta en completo silencio. Perdió la noción del tiempo, la fuerte impresión la hizo quedarse dormida.
Ni siquiera durante su sueño, pudo descansar, todas esas imágenes volvieron a su mente en forma de pesadilla. Al despertarse, se encontraba un fuerte dolor de cabeza, la atormentaba, imágenes: al principio borrosas la inundaron, y hasta que por fin las silueta de sus sueños empezaban a tomar forma.
Dos caritas angelicales. Ojitos marrón oscuro, que brillaban sin parar, largos pestañeos. Uno con pestañas lisas, como su cabello castaño claro; la otra, con hermosos rizos, de un tono más luminoso. Pequeñas narices perfectas, mejillas redondas que pedían besos, labios rosados murmurando: te amo, mami.
Aquel recuerdo fugaz le atravesó el corazón. La garganta se le secó. Algo dentro de ella se cerró, asfixiante, apretándole el pecho. Desesperada, con el aire atrapado en los pulmones, corrió a la ducha, buscando calma.
El agua helada le golpeó la piel y, con ella, los recuerdos.
Un latigazo en la memoria. Un torrente de recuerdos implacables se desbordó, todos los recuerdos de su vida. Se dobló sobre sí misma, las manos aferradas a la pared, buscando un ancla. Las lágrimas comenzaron a caer, imparables, mezclándose con el agua, ahogándose en su propia desesperación.
La ira y la impotencia la devoraron. ¿Cómo había llegado aquí? No lo sabía. No podía saberlo. Su último recuerdo era el peso sofocante de aquellas noches solitarias, la decepción clavada en el pecho al ver a su esposo con otra. Y luego… luces.
Un destello cegador. El rugido de un motor. El golpe. Y después, nada.
Lloró hasta sentir que la cabeza le estallaba. Los ojos ardían, hinchados, la respiración entrecortada. El pecho subía y bajaba en un ritmo errático, sofocante.
Entonces, los disparos. Uno, dos, tres… una ráfaga. Gritos. Caos.
El miedo, un puñal helado en la espalda. Pero no podía quedarse allí, temblando. Se obligó a respirar, a aferrarse a la única razón que importaba: sus pequeñitos. Ellos la esperaban. Ellos la necesitaban. Y ella debía regresar.
Abrió la puerta con mucha cautela. Asomó la cabeza, observó que el pasillo estaba vacío. Solo el eco lejano de gritos y el zumbido de su propio miedo, pero está vez ése temor era diferente, este le daba fuerzas para continuar.
Avanzó despacio, deslizándose entre sombras, evitando cualquier ruido. Mientras que con sus manos sigilosas buscaba alguna, puerta abierta. Caminó por un buen rato hasta que la encontró.
Se detuvo. Escuchó. Silencio.
Se adentró con cuidado, explorando el espacio con la mirada. Era un lugar pequeño, ordenado y con un baño acogedor. Luego de verificar que estaba vacío, cerró la puerta tras de sí y, con manos temblorosas—no por el miedo, sino por el enojo que sentía—la aseguró. No podía permitirse fallar. No ahora.