"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
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El muro de hielo
El vibrar del teléfono sobre la mesa de mármol parecía sonar con la fuerza de una alarma de incendios en medio del silencio íntimo de la suite. Dante no apartó la mirada de Lucía de inmediato; la observó por un segundo más, notando cómo ella se encogía sobre sí misma, como si el solo nombre de Alessia Van Doren en la pantalla la hubiera quemado.
Finalmente, Dante tomó el dispositivo. Su rostro, que segundos antes había mostrado una grieta de curiosidad humana, se transformó instantáneamente en la máscara de acero que Lucía conocía tan bien.
—Alessia —contestó él. Su voz era plana, despojada de cualquier emoción—. Sí, la tormenta ha retrasado todo. No, no estaré de vuelta para la gala del viernes.
Lucía dejó los cubiertos con cuidado, sintiendo que el risotto se le había convertido en piedra en el estómago. Escuchar a Dante hablar con su prometida era el recordatorio brutal que necesitaba. Ella no era nadie en ese cuadro; era la asistente que vestía una bata prestada mientras la futura esposa de su jefe reclamaba su tiempo desde el otro lado del océano.
—Lo sé, es una fusión de mil millones, Alessia. Mi presencia aquí es obligatoria —continuó Dante, levantándose de la mesa y caminando hacia la ventana, dándole la espalda a Lucía—. Hablaremos mañana. Buenas noches.
El clic del teléfono al cerrarse sonó definitivo. Dante se quedó mirando la lluvia un momento antes de girarse. La calidez del vino y la cena se había esfumado.
—Señor... yo creo que lo mejor es que me retire a descansar —dijo Lucía con voz temblorosa, poniéndose de pie—. Mañana será un día largo.
Dante la observó. Quiso decir algo, quiso explicar que esa llamada era solo un trámite, un negocio más, pero su orgullo y su propio código de conducta se lo impidieron. Él era Dante Moretti, y no le daba explicaciones a sus subordinados.
—Mañana a primera hora le conseguirán una habitación propia, Lucía —dijo él, volviendo a su tono gélido—. No es apropiado que esto se prolongue. Descanse.
Lucía asintió apresuradamente y se refugió en la habitación secundaria, cerrando la puerta con el corazón latiendo en la garganta. Esa noche, ninguno de los dos durmió realmente.
A la mañana siguiente, el cielo de Milán seguía gris, pero la lluvia había cesado. Lucía ya estaba vestida con su traje sastre, impecable y profesional, cuando recibió la noticia que cambiaría sus planes.
—¿Tres semanas? —preguntó Lucía, mirando a Dante en el vestíbulo de la empresa donde se llevaría a cabo la fusión.
—Hubo una discrepancia en los activos de los Van Doren —respondió Dante, revisando unos documentos en su tableta sin mirarla. Había vuelto a ser el CEO implacable—. Los abogados italianos han puesto trabas a la cláusula de salida. No nos iremos de aquí hasta que cada centavo esté asegurado. Eso significa que tendremos que trabajar codo con codo en la oficina local.
Lucía tragó saliva. Tres semanas. Veintiún días compartiendo oficinas cerradas, cenas de negocios y la presencia constante de un hombre que ahora, por mucho que ella intentara ignorarlo, la miraba de una forma que la hacía sentir que su mundo de cristal estaba a punto de romperse.
Dante, por su parte, sentía una tensión en los hombros que no era por el trabajo. Ver a Lucía hoy, de nuevo con su moño pulcro y su actitud sumisa, lo irritaba. No podía sacarse de la cabeza la imagen de ella en la suite, con el cabello húmedo y esa pureza que lo desafiaba sin decir una palabra.
Se sentaron en la sala de juntas, rodeados de carpetas y café frío. Durante horas, sus manos rozaron accidentalmente al pasarse documentos. Cada vez que sucedía, Lucía retiraba la mano como si hubiera tocado fuego, y Dante apretaba la mandíbula, luchando contra el impulso de sujetarle la muñeca y exigirle que dejara de tenerle miedo. O peor aún, exigirse a sí mismo dejar de desearla.
—Señorita Bennet —dijo Dante de repente, interrumpiendo el análisis de los contratos—. Su nueva habitación está lista en el piso inferior del hotel. Sus cosas ya han sido trasladadas.
—Gracias, señor Moretti. Es... es lo mejor para todos —respondió ella, tratando de sonreír profesionalmente.
Dante la miró fijamente. "Lo mejor para todos", repitió en su mente con amargura. Por primera vez en su vida, lo que era "mejor" se sentía como una condena. La distancia física se había restablecido, pero el hilo invisible que se había tensado entre ellos esa noche en la suite era ahora una cuerda que amenazaba con asfixiar su autocontrol.
Estaban en Milán, la ciudad de los secretos, y tres semanas se sentían como una eternidad en la que cualquier error podría costarles todo.