Renace en la novela que estaba leyendo.. el día de la boda con el conde mudo.. Pero ella cambiará su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Los Collins
Cuando los Collins llegaron, el ambiente en el comedor cambió de inmediato.
El primero en cruzar el umbral fue el abuelo Collins, erguido pese a su edad, con esa sonrisa amplia que nunca dejaba ver del todo sus verdaderas intenciones. Detrás de él entró el tío Collins, siempre con el ceño levemente fruncido, como si el mundo le debiera algo. A su lado caminaba su hijo, Eric Collins, impecable y silencioso, observándolo todo con ojos calculadores. Y finalmente apareció Vanessa.
Vanessa Collins. Elegante, refinada… y con esa mirada que parecía buscar grietas en las personas para ensancharlas.
La madre de Eric había muerto años atrás, y fue en aquella época cuando Vanessa había llegado a la casa Collins. Muchos la habían recibido con cortesía, pero Emma recordaba, por el libro, que la madre de Eric habia muerto días despues de que adoptaron a Vanessa cuando ella se entero que en realidad no era una niña adoptada sino la hija ilegitima de su esposo.
Los dos abuelos se saludaron con sonrisas diplomáticas y manos firmes. El abuelo Devlin los invitó a sentarse con su habitual autoridad tranquila. Los gemelos, en cambio, no disimularon su fastidio.. David cruzó los brazos y Damian apoyó la espalda con expresión claramente poco entusiasta.
Vanessa fue la primera en hablar.
Clavó la mirada en Emma y sonrió con dulzura fingida.
—¿Cómo estás, prima?
Había en su tono una expectativa mal disimulada. Esperaba encontrar ojos hinchados, voz quebrada, humillación. Esperaba lágrimas.
Emma sostuvo su mirada.
Sonrió.
Se estiró ligeramente en la silla, un movimiento que hizo que el escote del vestido revelara con mayor claridad las marcas en su cuello, aunque Vanessa, desde su ángulo, aún no podía apreciarlas bien.
—Algo cansada… pero bien, prima —respondió con voz suave, arrastrando apenas las palabras.
Los gemelos soltaron una risa contenida, cómplice. Sabían exactamente a qué se refería ese “cansada”.
Vanessa, sin ver de frente las marcas, entrecerró los ojos. Interpretó el leve cambio en la voz como debilidad.
—¿Estuviste llorando? Tienes la voz diferente.
Emma se sonrojó.
Pero no era vergüenza por tristeza.
Fue un rubor que Daniel y sus hermanos reconocieron de inmediato. Daniel carraspeó y evitó mirar directamente a nadie. David mordió el interior de su mejilla para no reír. Damian bajó la vista con evidente diversión.
Emma tosió con delicadeza, exagerando apenas el gesto, como si realmente le incomodara el comentario.
—Nuestra cuñada es tímida —intervino David con solemnidad fingida.
—Pero está bien —añadió Damian, girándose hacia Daniel con una sonrisa apenas contenida—. Solo cansada… ¿cierto, hermano?
El silencio se tensó un segundo.
Daniel, rojo hasta las orejas, asintió sin levantar la mirada.
El abuelo Devlin ocultó su sonrisa tras la taza de té.
Vanessa frunció levemente el ceño, confundida. Algo no encajaba. No veía lágrimas. No percibía derrota. Al contrario… había una energía distinta en la mesa, una complicidad que la dejaba fuera.
Y entonces Emma giró ligeramente el rostro hacia ella.
La luz del mediodía iluminó con claridad las marcas en su cuello.
Por primera vez, Vanessa las vio.
Vanessa apretó los puños con tanta fuerza sobre la tela de su vestido que los nudillos se le blanquearon. Intentó mantener la sonrisa, pero la tensión en su mandíbula la traicionaba. Cada pequeña grieta en su compostura era como música para Emma.
Y Emma sonreía más.
El almuerzo terminó entre comentarios diplomáticos y miradas cargadas de dobles sentidos. El abuelo Devlin, satisfecho con el ambiente y quizá disfrutando en silencio el pequeño espectáculo.. invitó a todos a pasar al jardín para tomar el aire.
El día estaba despejado. La luz del sol hacía brillar aún más las marcas en el cuello de Emma, que no hizo el menor intento por cubrirlas.
Mientras caminaban por el sendero de grava, Emma conversaba animadamente con David y Damian. Los gemelos ya no ocultaban su simpatía hacia ella.. al contrario, parecían divertirse con su seguridad. Reían con facilidad, y ella respondía con naturalidad, como si llevara años formando parte de la familia.
Fue entonces cuando, por el rabillo del ojo, vio a Vanessa desviarse.
La joven Collins avanzaba con intención clara hacia Daniel, quien se había detenido a escuchar brevemente con su abuelo. Su sonrisa era dulce, demasiado dulce.
Emma no dudó.
Sonrió a los gemelos con una expresión casi traviesa y, sin perder un segundo, se acercó a Daniel y tomó su brazo con gesto posesivo, natural, indiscutible.
Vanessa se detuvo frente a ellos, obligada a enfrentarlos juntos.
—Conde.. quería hablar con usted para invitarlo a mi cumpleaños.
Emma inclinó apenas la cabeza, sin soltar el brazo de su esposo.
—Por supuesto que iremos.. Juntos, como esposos.
Vanessa bajó la mirada un instante. El gesto parecía humilde, pero la tensión en sus dedos volvió a delatarla.
—Es que… me gustaría tener mi primer baile con alguien importante.
Emma sonrió.
Y alzó ligeramente la voz, lo suficiente para que los presentes escucharan.
—Claro, prima. Puedes bailar con tu padre… o con tu hermano. No creo que quieras bailar con un hombre casado.
Un murmullo recorrió el pequeño grupo.
Vanessa llevó una mano al pecho, fingiendo dolor.
—Pero somos familia…
Emma la miró con una frialdad que cortaba el aire.
—No creo que quieras que la sociedad diga que estás demasiado cerca de hombres casados.
Su tono de voz imitó exactamente el matiz pasivo-agresivo que Vanessa solía usar
—Piensa en tu reputación, prima.
La sonrisa de Vanessa se volvió rígida.
—Quería preguntarle al conde..
Emma dio un paso apenas perceptible hacia adelante, sin soltar su brazo.
—Mi esposo no bailará contigo.
Su voz ya no era suave.
Era firme.
Incómodamente clara.
Un segundo de silencio.
Y entonces los gemelos estallaron en carcajadas.
—¡Eso es, cuñada! —exclamó David.
—Tiene carácter la cuñada —añadió Damian, claramente encantado con la escena.
Emma los miró de reojo, divertida por su entusiasmo.
—Si quieres bailar con alguien… —comenzó a decir, girándose hacia donde estaban los gemelos.
Pero cuando volvió la cabeza para señalarlos…
Ya no estaban allí.
Ambos caminaban.. casi corrían.. hacia la mansión, fingiendo repentinamente un interés urgente por cualquier cosa lejos de ese conflicto.
Emma parpadeó.
Luego soltó una pequeña risa.
Vanessa, en cambio, se quedó de pie, sin aliado alguno, con la mirada baja y el orgullo herido.
Y Daniel, aún con el brazo tomado por su esposa, comprendió algo que hasta ese momento no había dimensionado por completo..
[Emma no solo llevaba sus marcas.. También llevaba el control.]
Maravilloso Daniel sigue asi👏