🩺 Código Rojo
En Altavalle, los errores no se corrigen.
Se pagan.
El Dr. Thiago Ferrer es el neurocirujano más temido y respetado del Hospital Central. Su pulso nunca tiembla. Su autoridad nunca se cuestiona. Y jamás ha permitido que una emoción interfiera en su trabajo.
Hasta que una cirugía cambia todo.
La Dra. Emilia Duarte, residente brillante y orgullosa, queda en el centro de un procedimiento que termina en escándalo. Una familia influyente exige culpables. La prensa huele sangre. El hospital necesita un sacrificio.
Pero Thiago no está dispuesto a perderla.
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El hombre que no falla
En Altavalle, había dos tipos de cirujanos.
Los que operaban.
Y los que eran leyenda.
El Dr. Thiago Ferrer pertenecía al segundo grupo.
Treinta y cinco años.
Neurocirujano.
Director quirúrgico más joven en la historia del Hospital Central de Altavalle.
Su nombre estaba grabado en revistas médicas, congresos internacionales y pasillos donde los residentes bajaban la voz cuando él pasaba.
No porque gritara.
Sino porque no lo necesitaba.
Thiago no levantaba la voz.
No discutía sin argumentos.
No repetía instrucciones.
Miraba.
Y eso bastaba.
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El quirófano número tres estaba en silencio absoluto.
—Presión intracraneal en descenso —anunció la anestesióloga.
—Mantén perfusión estable —respondió Thiago sin apartar la vista del campo quirúrgico.
Su voz era firme. Sin prisa. Sin nervios.
Como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Pero no lo tenía.
Un aneurisma cerebral no espera.
El microscopio quirúrgico amplificaba el territorio delicado donde cualquier milímetro mal calculado podía significar parálisis… o muerte.
Sus manos no temblaban.
Nunca lo hacían.
Pinza.
Clip.
Respiración controlada.
—Clip colocado —dijo finalmente.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
El monitor mostró estabilidad.
—Flujo restaurado.
Exhalaciones contenidas alrededor de la mesa.
Thiago soltó el instrumental y dio un paso atrás.
—Cierre.
No celebraba.
No sonreía.
No necesitaba aplausos.
Salvaba vidas porque era su trabajo.
Y lo hacía mejor que nadie.
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En los pasillos del hospital, su presencia se anunciaba sin palabras.
Traje oscuro perfectamente ajustado.
Camisa blanca.
Corbata sobria.
Cabello oscuro siempre impecable.
No usaba anillo.
No daba explicaciones.
Los inversionistas del hospital lo respetaban porque generaba prestigio.
Los médicos lo respetaban porque aprendían de él.
Los residentes lo temían porque no toleraba mediocridad.
En Altavalle, la medicina no era vocación romántica.
Era competencia.
Y Thiago competía para ganar.
Siempre.
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Pero no siempre fue así.
Hubo un momento, años atrás, cuando aún era residente.
Un turno de madrugada.
Una hemorragia inesperada.
Una decisión que tomó segundos demasiado tarde.
La paciente tenía veintitrés años.
No sobrevivió.
No fue negligencia.
No fue ignorancia.
Fue margen.
Y desde ese día, Thiago eliminó el margen de su vida.
No improvisaba.
No dudaba.
No se distraía.
Mucho menos se involucraba.
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—Doctor Ferrer —lo interceptó la administradora médica mientras caminaba hacia su despacho—. La junta quiere verlo a las cinco. Nuevos inversionistas.
—Reprograma. Tengo revisión de casos.
—Insisten.
Se detuvo.
La miró.
Ella entendió que estaba calculando.
—Cinco en punto —respondió finalmente.
Y siguió caminando.
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Su despacho era minimalista.
Vidrio.
Acero.
Orden absoluto.
Desde la ventana se veía Altavalle extendiéndose moderna y brillante.
Una ciudad que premiaba a los mejores… y enterraba a los débiles.
Thiago apoyó ambas manos sobre el escritorio.
No era arrogante por capricho.
Era exigente porque sabía lo que costaba fallar.
Y no pensaba volver a hacerlo.
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A las cinco en punto entró a la sala de juntas.
Trajes caros.
Perfumes intensos.
Sonrisas estratégicas.
Uno de los inversionistas habló de expansión, de marketing, de nuevas alianzas internacionales.
Thiago escuchó.
Pacientemente.
Hasta que intervino.
—Si van a convertir este hospital en una vitrina, háganlo sin comprometer los protocolos quirúrgicos.
Silencio incómodo.
Uno de ellos sonrió con condescendencia.
—Doctor Ferrer, entendemos su pasión, pero el crecimiento requiere flexibilidad.
Thiago sostuvo su mirada.
—En neurocirugía, la flexibilidad mata.
Nadie volvió a discutir.
Porque cuando hablaba, lo hacía desde resultados.
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Esa noche, mientras revisaba expedientes clínicos, algo interrumpió la rutina.
Un nuevo nombre en la lista de asignaciones de residentes.
Dra. Emilia Duarte.
Cirugía general.
Primer mes en rotación de neuro.
Expediente impecable.
Promedio sobresaliente.
Recomendaciones destacadas.
Thiago cerró el archivo.
No le interesaban promesas.
Le interesaban hechos.
Y los residentes solían desmoronarse bajo presión.
Apagó la luz del despacho.
Sin saber que esa rotación sería la única variable que no había previsto.
Porque hay errores quirúrgicos.
Y hay errores emocionales.
Y él aún no sabía cuál sería más peligroso.
culpa 👀 deseo /Drool/