Reencarné en el omega destinado a morir por amor.
Abandonado por el protagonista, incluso estando embarazado.
Esta vez no rogaré.
Me iré con mi hijo… y escribiré mi propio final feliz.
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Capítulo 2 — El camino que elegí
El carruaje avanzaba con un traqueteo constante, como si un corazón ajeno marcara el ritmo de su huida. Lysien se mantenía erguido en el asiento acolchado, los dedos entrelazados sobre el regazo, la mirada perdida en el paisaje que se deslizaba tras el vidrio: campos desvaídos por el invierno tardío, aldeas pequeñas donde la gente trabajaba sin saber que, en ese mismo camino, un duque consorte acababa de dejar atrás la vida que conocía.
No miró atrás.
Cada sacudida del terreno le recordaba que su cuerpo no estaba hecho para la prisa. El mareo regresaba en oleadas suaves, como un vaivén traicionero. A veces debía cerrar los ojos y contar las respiraciones para no perder el equilibrio del todo. Aun así, no pidió detenerse. Temía que, si lo hacía, el pasado encontrara una rendija por donde colarse.
En el silencio del carruaje, los pensamientos se volvieron más claros… y más dolorosos. No había rabia en ellos. Había duelo. Duelo por la vida que había imaginado, por el Lysien que creyó que amar era insistir hasta quebrar al otro. Duelo por una esperanza que no merecía seguir respirando.
Apoyó la palma sobre su vientre.
—No sé qué nos espera —susurró—. No puedo prometerte un palacio… pero sí puedo prometerte que no crecerás donde te miren como un error.
El carruaje se detuvo al caer la tarde, frente a una posada discreta al borde del camino. El cochero le ofreció ayuda para bajar. Lysien aceptó con un gesto breve, agradeciendo el cuidado sin sentirse disminuido por él. En la sala común, el murmullo de los viajeros se mezclaba con el aroma del pan recién horneado. Aquella normalidad ajena le dolió de forma inesperada: todos parecían saber a dónde iban; él apenas estaba aprendiendo a existir sin un destino impuesto.
Se sentó en una mesa apartada. Bebió agua, luego caldo. Su estómago lo aceptó con una gratitud tímida, como si aún dudara de cada gesto de cuidado. La dueña de la posada lo observó con curiosidad discreta. Nadie lo reconoció. Ese anonimato fue un alivio que le aflojó el pecho.
Esa noche, en una habitación estrecha y fría, el cansancio lo alcanzó de golpe. El silencio no era amable como en la casa ducal; era áspero, lleno de recuerdos que insistían en regresar. Lysien se giró de costado, respiró hondo y dejó que las lágrimas cayeran sin hacer ruido. No lloraba por Darian. Lloraba por la versión de sí mismo que había creído que merecía menos de lo que era.
Al amanecer, partió otra vez.
El camino se volvió más angosto al internarse en el bosque. El carruaje redujo la velocidad. El aire estaba quieto, demasiado quieto, y esa calma le erizó la piel sin que supiera por qué.
Entonces ocurrió.
Un golpe seco contra la madera. El relincho abrupto de los caballos. El carruaje se ladeó. Lysien se aferró al asiento mientras el mundo se sacudía con violencia. Oyó al cochero gritar algo que se perdió entre el crujido de la estructura. Un segundo impacto. Voces. Órdenes cortas.
—Baja —ordenó una voz áspera—. Ahora.
El miedo se le asentó en el pecho como una piedra fría, pero su mente se despejó con una lucidez inquietante. Abrió la portezuela con cuidado. Dos hombres armados bloqueaban el camino. Ladrones de ruta. Personajes de historias que nunca creyó encontrar tan pronto.
—No llevo nada de valor —dijo, manteniendo la voz firme—. Solo provisiones y documentos.
Uno de ellos soltó una risa corta, sin humor.
—Todos dicen lo mismo.
Un tercero apareció detrás del primero. El cochero yacía en el suelo, aturdido. Lysien dio un paso atrás, tropezó con una raíz y cayó de rodillas. El golpe no fue fuerte, pero el mareo regresó con violencia.
Por reflejo, se llevó la mano al vientre.
El gesto no pasó desapercibido.
—¿Qué escondes ahí? —se burló uno.
Lysien alzó la vista. No había desafío en sus ojos. Solo una dignidad serena, una negativa absoluta a convertirse en presa.
—No me toquen —dijo—. No necesito su piedad. Solo que me dejen seguir.
La carcajada se cortó en seco.
El silbido del acero atravesó el aire.
Un proyectil se clavó en el suelo, a centímetros del pie del ladrón. Del bosque emergieron figuras armadas, ordenadas, silenciosas. No eran bandidos. Eran soldados.
—Bajen las armas —ordenó una voz grave.
El hombre que habló avanzó un paso. Alto, de hombros anchos, con la armadura oscura marcada por el polvo del viaje. No necesitó alzar la voz para imponer presencia. Los ladrones vacilaron. Uno intentó huir. No llegó lejos.
Todo terminó en cuestión de segundos.
Lysien permaneció inmóvil, la respiración desordenada, como si el cuerpo tardara en entender que el peligro había pasado. El hombre de la armadura se acercó sin brusquedad.
—¿Está herido?
Lysien negó con la cabeza, todavía de rodillas.
—Solo… mareado.
El desconocido hizo una seña para que atendieran al cochero. Luego extendió la mano, sin invadir su espacio.
—Puede apoyarse. El suelo no es un buen lugar para quedarse.
No había lástima en el gesto. Había respeto. Lysien aceptó la mano. Al ponerse de pie, el mareo le cerró los ojos un instante. El hombre sostuvo su peso con firmeza, sin apropiarse de él.
—Gracias —murmuró.
—Kaelen Draykehart —se presentó—. Custodiamos esta ruta por orden del rey.
El nombre le resonó en la memoria como un eco de la historia que conocía. El hermano del rey. El delta de las fronteras. Siempre en los márgenes, siempre en guerra con lo que no se decía.
—Lysien Armandell —respondió—. Le debo la vida.
—Hoy solo le debemos tranquilidad —replicó Kaelen—. Este tramo no es seguro. Podemos escoltarlo hasta la siguiente ciudad fortificada.
Lysien dudó. Pedir ayuda le resultaba más difícil que huir solo. Pero su cuerpo no estaba para gestos orgullosos. Miró el carruaje dañado, al cochero incorporándose con ayuda.
—Acepto —dijo—. No por miedo. Por responsabilidad.
Kaelen asintió, como si aquella diferencia importara de verdad.
Durante el trayecto, Lysien guardó silencio. Observó la disciplina tranquila de los soldados, la forma en que Kaelen vigilaba el camino sin parecer tenso. En un momento, sus miradas se cruzaron. No hubo promesas. Solo un entendimiento callado: él no era el salvador de su historia… pero había llegado cuando ya no podía sostenerse solo.
Al llegar a la ciudad fortificada, el sol caía entre las murallas. Kaelen ordenó revisar el carruaje y le ofreció alojamiento en una casa de huéspedes vigilada.
—No es un palacio —dijo, casi por costumbre.
—No lo necesito —respondió Lysien—. Necesito un lugar donde nadie me reclame lo que ya no soy.
Kaelen lo observó un instante más de lo habitual.
—Aquí nadie lo hará.
Esa noche, al fin a salvo, Lysien se sentó en la cama estrecha y dejó que el cansancio lo alcanzara. Apoyó la mano sobre su vientre, sintiendo el pulso tembloroso de su propio corazón.
—Elegimos este camino —susurró—. Y no pienso volver atrás.
A lo lejos, el sonido del cambio de guardia marcó el paso de la noche.
Por primera vez desde que partió, Lysien no se sintió solo.
No porque alguien le hubiera prometido amor.
Sino porque, al fin, había decidido no abandonarse.
se dieron el picó tan anhelado 🤭
me encanta 💖 y ojalá en el próximo caputulo almenas le de un beso al pobre kaelen.
la evolución q a tenido es .uy buena a comparación con otras novelas de omegas q lloran y se sienten morir este me gusta y mucho
sigue así autora