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Bajo El Altar De Las Rosas: La Sentencia Del Villano

Bajo El Altar De Las Rosas: La Sentencia Del Villano

Status: En proceso
Genre:Romance
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.

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Capítulo 16

El cielo de aquel día de graduación amaneció de un azul insultante, despejado y brillante, como si la ciudad se negara a participar en el luto silencioso que Zhi Zhi llevaba en el pecho. El aire en el Distrito Sur olía a césped recién cortado y al perfume excesivo de los lirios blancos que decoraban el gran auditorio de la Academia St. Jude. Era el olor del éxito, del linaje y de un futuro asegurado, pero para Zhi Zhi, cada bocanada de aire se sentía como si estuviera tragando fragmentos de vidrio.

Llevaba el uniforme de gala: una falda plisada impecable, la chaqueta con el escudo bordado en hilos de oro y el birrete que pesaba sobre su cabeza como una corona de espinas. Se miró al espejo del tocador antes de bajar. Sus ojos, antes llenos de la chispa rebelde que JiNian había encendido, estaban ahora apagados, rodeados de una sombra violácea que el maquillaje apenas lograba ocultar. No había dormido. Había pasado la noche pegada a la ventana, esperando ver una sombra cruzar la verja, esperando el rugido de una motocicleta vieja que nunca llegó.

—Zhi Zhi, es hora. Tu padre está esperando en el coche.

Era Mei, su compañera de clase, quien entró al salón con una sonrisa radiante. Mei no sabía nada de azoteas, de rosas salvajes o de mecánicos con manos de seda y fuego.

—Te ves perfecta —dijo Mei, ajustándole el birrete—. ¿Te imaginas? Mañana estaremos en el avión hacia Londres. Por fin seremos libres de este lugar.

Zhi Zhi forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Sí. Libres.

***

El auditorio era una marea de rostros conocidos, todos sonriendo con la misma dentadura perfecta y vacía. Su padre, Zhao Ming, estaba sentado en la primera fila, con las manos entrelazadas sobre su bastón de mando invisible. Cuando sus miradas se cruzaron, él le dedicó un leve asentimiento de cabeza, un gesto de victoria absoluta. Él sabía algo que ella no, y ese secreto flotaba en el aire como una neblina venenosa.

Zhi Zhi buscó entre el público, en las puertas laterales, incluso en las ventanas altas. Buscó la figura alta y desgarbada de JiNian, su chaqueta de cuero que desentonaba con la opulencia del lugar, su mirada desafiante. Se imaginó que él irrumpiría en la ceremonia, que la tomaría de la mano y que huirían lejos de los discursos de latón y las expectativas asfixiantes.

—Y ahora, la excelencia académica de este año, la señorita Zhao Zhi Zhi —anunció el director.

Ella subió al estrado. Los aplausos eran como el sonido de la lluvia sobre un techo de zinc: ensordecedores y fríos. Recibió el diploma, pero sus manos temblaban. Desde el podio, tenía una vista privilegiada de la entrada principal. Un movimiento la hizo jadear. Alguien estaba allí. Pero no era él. Era un oficial de policía hablando en voz baja con el jefe de seguridad de su padre. El oficial asintió, guardó un cuaderno y se marchó.

Zhi Zhi sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. *Lo han arrestado*, pensó. *Mi padre lo ha hecho*.

Apenas terminó el acto, Zhi Zhi no esperó a las fotos grupales ni a los abrazos de felicitación. Ignoró los llamados de Lin Feng, quien intentaba acercarse con un ramo de tulipanes amarillos que parecían de plástico en comparación con las rosas de la azotea.

—¡Zhi Zhi! ¿A dónde vas? —gritó su padre desde la distancia, su voz recuperando ese tono de autoridad amenazante.

Ella no respondió. Corrió por los pasillos de mármol, sus zapatos de tacón resonando como disparos contra el suelo. Necesitaba llegar a un lugar. Un lugar que ellos compartían en secreto antes de que todo se derrumbara.

Llegó a la zona de los casilleros de la vieja ala de la academia, un lugar que casi nadie usaba. Su respiración era errática, un sollozo seco atrapado en su garganta. Se detuvo frente al casillero número 402. JiNian sabía que ella guardaba allí sus libros de poesía, los que él a veces hojeaba con curiosidad reverente.

Sus manos temblaban tanto que le costó tres intentos girar la combinación.

—Por favor, que estés aquí. Por favor, que haya una nota —susurró, con la frente apoyada en el metal frío.

El *click* del casillero al abrirse fue el sonido más triste que jamás había escuchado.

No había ninguna carta. No había una dirección de contacto, ni una explicación, ni un "espérame".

En el fondo del casillero, sobre su libro de química, descansaba una única rosa. Pero no era la rosa vibrante y llena de vida de la noche anterior. Esta rosa estaba marchita. Sus pétalos rojos se habían vuelto de un marrón oscuro, casi negro, y estaban curvados sobre sí mismos como si intentaran proteger un corazón que ya no latía. El tallo, desprovisto de agua, estaba seco, y las espinas parecían más afiladas que nunca.

Zhi Zhi tomó la flor con una delicadeza punzante. Al tocarla, un pétalo se desprendió y cayó al suelo, deshaciéndose en polvo al contacto con el mármol.

No hubo palabras, pero el mensaje era más claro que cualquier grito: *Se acabó. He muerto para ti*.

Zhi Zhi se derrumbó allí mismo, de rodillas frente al casillero abierto. El dolor no fue una explosión; fue una implosión lenta, un vacío que comenzó en su estómago y se extendió hasta sus dedos, dejándola entumecida. Lloró, pero no fue el llanto de una niña que pierde un juguete; fue el llanto de alguien que ve cómo su única oportunidad de ser real se desvanece en la oscuridad de un distrito que nunca la dejaría salir.

—¿Por qué? —sollozó, apretando la rosa marchita contra su pecho, dejando que las espinas perforaran la seda de su uniforme de gala y se clavaran en su piel—. Me prometiste que no habría vuelta atrás... Dijiste que no te importaba mancharte...

—Él se ha ido, Zhi Zhi.

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