Ela una chica que era bondadosa y alegre se dará cuenta de que su familia no es lo que parece y perderá su vida . La vida o el destino le dará una oportunidad para hacer las cosas bien.
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Capítulo 9: Una hija del duque Valmont
El sol de la mañana iluminaba los extensos jardines de la mansión Valmont cuando Alexander entró en el comedor principal.
Como cada día, varios sirvientes se apresuraron a atenderlo.
Sin embargo, algo llamó inmediatamente su atención.
Evelina estaba sentada revisando varios documentos.
Y no eran novelas.
Ni revistas de moda.
Ni catálogos de vestidos.
Eran informes políticos.
Alexander se detuvo.
—¿Estoy en la mansión correcta?
Ela levantó la vista.
—Buenos días para usted también.
—Definitivamente algo cambió cuando te golpeaste la cabeza.
—Gracias por la preocupación paternal.
El duque soltó una carcajada.
Aquello se estaba volviendo habitual.
Y para sorpresa de ambos, les agradaba.
Durante años sus conversaciones habían sido cortas y tensas.
Evelina había sido una joven orgullosa que apenas escuchaba consejos.
Alexander, por su parte, había pasado demasiado tiempo ocupado con asuntos militares.
Ahora parecía que ambos estaban recuperando años perdidos.
—¿Qué lees?
—Informes comerciales del puerto oriental.
—¿Por qué?
—Porque alguien está robando impuestos.
Alexander se quedó inmóvil.
—¿Cómo lo sabes?
Ela señaló varias cifras.
—Los números no coinciden.
El duque revisó los documentos.
Pasaron varios segundos.
Después otros cuantos.
Finalmente levantó la vista.
—Tienes razón.
—Lo sé.
—Eso era una pregunta retórica.
—Y esa fue una respuesta brillante.
Alexander volvió a reír.
Un sirviente casi deja caer una bandeja.
Nadie recordaba haber visto al duque tan relajado.
Poco después llegó una invitación imperial.
Alexander la leyó rápidamente.
—Perfecto.
—Esa palabra suele preocuparme.
—Hoy asistirás conmigo a una reunión política.
Ela casi escupe el té.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Está seguro?
—Completamente.
—¿Por qué?
Alexander sonrió.
—Porque quiero ver las caras de esos viejos nobles cuando una joven de dieciséis años entienda mejor la situación que ellos.
Ela terminó riendo.
Tal vez aquel hombre era más divertido de lo que imaginaba.
Horas después llegaron al Palacio Imperial.
La reunión tendría lugar en una enorme sala decorada con mapas, estandartes y largas mesas de madera oscura.
Varios nobles ya estaban presentes.
Algunos conversaban.
Otros discutían.
Y unos pocos simplemente parecían dormidos con los ojos abiertos.
Fue entonces cuando apareció una joven de cabello rojizo y ojos verdes brillantes.
Su vestido color esmeralda resaltaba su elegante figura.
Al verla, sonrió inmediatamente.
—¡Evelina!
Ela reconoció el nombre casi al instante.
Diana Whitmore.
Una de las pocas nobles honestas de toda la historia.
En la novela original intentó ser amiga de Evelina.
Pero las manipulaciones de Lilian destruyeron aquella amistad antes de que pudiera florecer.
Esta vez sería diferente.
—Lady Diana.
—¿Lady Diana?
La joven hizo una mueca.
—Eso sonó demasiado formal.
—Entonces hola, Diana.
—Mucho mejor.
En apenas dos minutos comenzaron a conversar como viejas amigas.
Alexander observó la escena con satisfacción.
Le alegraba verla rodeada de personas sinceras.
Mientras tanto, al otro lado de la sala, apareció un joven rubio que caminaba acompañado por varios guardias.
Tenía una sonrisa relajada y unos ojos azules llenos de curiosidad.
—Ahí viene el problema —murmuró Diana.
—¿Quién?
—El príncipe Julian.
Ela recordó inmediatamente quién era.
El hermano menor de Adrián.
El príncipe más problemático del imperio.
Y probablemente el más divertido.
Julian se acercó sin ninguna clase de protocolo.
—Así que tú eres Evelina.
—Y tú debes ser Julian.
—¿Cómo supiste quién era?
—Tienes cara de meterte en problemas.
Diana soltó una carcajada.
Julian parecía orgulloso.
—Me agradas.
—Eso me preocupa.
—A mí también —añadió Diana.
La conversación fue interrumpida por la llegada de otro hombre.
Alto.
Cabello oscuro.
Uniforme impecable.
Espada al costado.
Lucas Sterling.
Uno de los caballeros más leales de Alexander.
—Mi señor.
—Lucas.
El caballero realizó una reverencia.
Luego observó a Ela.
—Me alegra verla recuperada, señorita.
—Gracias.
—Aunque escuché que golpeó a un secuestrador con una linterna.
Julian casi se atraganta.
—¿Eso ocurrió?
—Tal vez.
—¡Eso es maravilloso!
Ela comenzó a sospechar que el príncipe era incapaz de comportarse normalmente.
La reunión finalmente comenzó.
Los nobles discutieron durante horas sobre comercio, fronteras y asuntos militares.
La mayoría de las intervenciones fueron aburridas.
Muy aburridas.
Hasta que un nombre apareció durante la conversación.
Vizconde Harold Mercer.
Ela recordó inmediatamente aquel nombre.
Era uno de los aliados secretos de Lilian.
Y además...
También estaba relacionado con la emboscada.
—El vizconde no pudo asistir hoy —comentó uno de los nobles.
Alexander frunció el ceño.
—¿Otra vez?
—Alegó problemas de salud.
—Por cuarta reunión consecutiva.
Ela intercambió una mirada con el duque.
Ambos pensaron exactamente lo mismo.
Algo olía mal.
Y mucho.
Cuando la reunión terminó, Alexander caminó junto a Ela por uno de los corredores del palacio.
—¿Qué opinas?
—Que Mercer está ocultando algo.
El duque sonrió.
—Exactamente mi conclusión.
—¿Ahora qué haremos?
—Investigar.
Los ojos de Ela brillaron.
—¿Investigar?
—Sí.
—¿Como detectives?
—Somos nobles.
—Eso es un sí elegante.
Alexander negó con la cabeza mientras reía.
Por primera vez en años sentía que no estaba solo enfrentando los problemas.
Y por primera vez, Ela sentía que realmente tenía una familia.
Sin embargo, ninguno imaginaba que alguien los observaba desde las sombras.
Alguien que acababa de escuchar toda la conversación.
Y que estaba dispuesto a eliminar cualquier amenaza antes de que descubrieran la verdad.