Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.
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Capítulo 17: El consejo de las rotas
Por primera vez en días —¿o eran siglos? El tiempo en el quirófano seguía siendo escurridizo—, las mujeres se sentaron a hablar como una familia. No había una mesa grande, así que acomodaron cajones viejos y sillas rotas alrededor del mapa de carbón en el piso. Lucía ocupó el lugar principal, no porque lo exigiera, sino porque todas se lo ofrecieron.
—Hay algo que necesitan saber —dijo Lucía, acariciando la bombilla de alpaca como si fuera un rosario—. No soy la primera. No soy la más vieja. Hay otras antes que yo. Mucho antes.
—¿Otras cómo? —preguntó la piloto.
—Otras mujeres de nuestra línea. Algunas ni siquiera tenían nombre, porque vivieron antes de que los nombres se inventaran. Pero todas tenían los mismos ojos verdes. Todas sentían el tiempo como una segunda piel. Y todas, en algún momento, se rompieron.
—¿Y qué pasó con ellas? —preguntó Marta, que aún temblaba ligeramente pero se aferraba a la atención como a un salvavidas.
—La mayoría desapareció. El tiempo las engulló. Pero algunas... algunas aprendieron a esconderse. A vivir en los bordes, como hice yo. A esperar.
—¿Esperar qué? —preguntó Valentina.
—Esperar esto. Esperar que juntáramos suficientes versiones como para que el tiempo nos escuchara. Porque solas, somos frágiles. Somos grietas. Pero juntas, somos un muro.
Nora asintió lentamente. Sus ojos dorados brillaron con un conocimiento que ninguna de las otras poseía.
—En el entre vi fragmentos de esas mujeres —dijo—. Las más antiguas no tenían cuerpos. Eran sólo conciencias flotando en el tiempo, susurrándose unas a otras, esperando. Creo que algunas siguen ahí.
—¿Podemos contactarlas? —preguntó Clara enfermera.
—Si encontramos el lugar correcto —respondió Nora—. El tiempo tiene puntos de encuentro. Lugares donde las épocas se tocan. Si vamos a uno de esos puntos y usamos la bombilla como amplificador, podríamos hablar con ellas.
—¿Y para qué? —preguntó la piloto, que siempre desconfiaba de lo que no podía apuñalar con su bisturí—. ¿Qué nos van a enseñar que no sepamos ya?
—Cómo cerrar las grietas grandes —dijo Lucía—. Las que están en el origen del origen. Las que ni siquiera Elena pudo ver.
Elena bajó la cabeza. Había sido la mujer de negro durante siglos, la que manipuló el dolor para sentirse real. Pero ahora entendía que su dolor era sólo una rama de un árbol mucho más antiguo.
—¿Dónde está ese punto de encuentro? —preguntó Valentina.
—En ningún lugar fijo —respondió Nora—. Se mueve. Cambia según quién lo busca. Pero podemos rastrearlo con la bombilla y el espejo roto.
—El espejo está roto del todo —dijo Valentina, recordando cómo lo había usado para cerrar la grieta de su departamento—. Ya no refleja nada.
—No necesitamos que refleje —dijo Nora—. Necesitamos que se rompa más. Y que los pedazos nos indiquen el camino.
—¿Cómo se rompe más un espejo ya roto? —preguntó Clara enfermera.
—Con dolor —dijo Lucía con crudeza—. El mismo dolor que abrió las grietas puede romper los espejos. Pero esta vez, un dolor compartido. Un dolor que no oculte, sino que se muestre.
El silencio se hizo denso. Cada una de ellas tenía su propio dolor: Elena y sus siglos de soledad, Marta y su sueño forzado de cien años, Nora y su cautiverio en el entre, Clara y el incendio que nunca pudo olvidar, la piloto y los soldados que dejó atrás en Londres, Valentina y la muerte de su abuela —que ahora estaba viva, pero seguía siendo una herida—. Y Lucía, que había visto todo desde lejos sin poder intervenir.
—Yo empiezo —dijo Marta, sorprendiendo a todas. Era la más débil físicamente, pero su voz sonó firme—. En 1923, antes de que me durmieran, vi a una niña. Era rubia, de ojos verdes. Corría por un campo de trigo mientras una explosión naranja iluminaba el horizonte. Esa niña era yo. Pero también era Valentina. También era todas nosotras. Y supe que no estaba viendo el pasado. Estaba viendo el futuro. Este futuro. Ahora.
Al decir esas palabras, la bombilla de alpaca brilló. Un destello tenue, pero inconfundible. El mapa en el piso se movió, y una nueva línea apareció: una línea que conectaba a Marta con un punto sin nombre, más allá de todas las épocas conocidas.
—Ese es el punto —dijo Nora—. El lugar donde las mujeres más antiguas esperan.
—Ahora yo —dijo Clara enfermera, sin que nadie se lo pidiera. Cerró los ojos. Cuando los abrió, tenía lágrimas en las mejillas—. El chico que no pude salvar en el incendio se llamaba Tomás. Tenía ocho años. Me agarraba de la mano mientras se desangraba. Me dijo "señorita, no me deje sola". Y yo lo dejé sola. Corrí a buscar ayuda, pero cuando volví, ya se había muerto. No estaba solo. Estaba conmigo. Y yo fallé.
La bombilla brilló más fuerte. El mapa se llenó de pequeñas luces, como estrellas.
—Me toca —dijo la piloto. Su voz era ronca, como si las palabras le costaran trabajo—. En Londres, durante el bombardeo, había una enfermera alemana. La tomé prisionera. La interrogué. Después la maté. No porque fuera una amenaza. Porque tenía miedo. Porque en la guerra el miedo te vuelve monstruo. Esa mujer tenía los mismos ojos que yo. Nunca lo supe hasta ahora.
El brillo de la bombilla se intensificó. El mapa ya no era carbón; era un tejido luminoso que palpitaba como un corazón.
—Yo —dijo Elena, y todas se callaron. Habían esperado su turno con respeto—. No abrí la primera grieta. La primera grieta se abrió sola, alrededor de mí, porque yo era el punto débil. Porque en 1916, cuando Jean se murió en mis brazos, yo deseé que el tiempo se detuviera. Y el tiempo me obedeció. Me obedeció durante siglos. Y mientras tanto, otras mujeres pagaron el precio. Ustedes pagaron el precio. Lo siento.
El quirófano entero tembló. La bombilla flotó un momento en el aire, rodeada de luz, y luego se posó suavemente en el centro del mapa. El punto sin nombre ahora estaba marcado. Brillaba como un faro.
—¿Vamos? —preguntó Valentina.
—Vamos —dijo Lucía.
Las siete mujeres —porque Marta ya era una más— se tomaron de las manos alrededor del mapa. La bombilla de alpaca calentaba el círculo desde el centro. El espejo roto, que Valentina había tirado a un rincón, se levantó solo y se unió a la bombilla, girando lentamente.
El salto fue distinto a todos los anteriores. No fue un vértigo ni una caída. Fue una elevación. Como si el tiempo las levantara en volandas y las llevara a un lugar donde el antes y el después no significaban nada.
Cuando abrieron los ojos, estaban en un campo de trigo.
El mismo campo de la visión de Marta. El mismo de la infancia de Valentina. El mismo que habían visto en el espejo roto una y otra vez.
El cielo era naranja, pero no por una explosión. Era naranja como un atardecer eterno. Y en el medio del campo, sentadas en círculo, había mujeres. Decenas. Cientos. Todas con el mismo pelo rubio o canoso o negro. Todas con los mismos ojos verdes. Todas mirándolas.
—Bienvenidas —dijo la que estaba en el centro. Era la más vieja, la más arrugada, la que tenía los ojos más claros—. Somos las que vinieron antes. Las que esperaron. Las que saben cómo cerrar las grietas para siempre.
—¿Cómo? —preguntó Valentina, dando un paso adelante.
—Perdonándose —respondió la mujer vieja—. No a las otras. A ustedes mismas. Porque el tiempo no se cura con magia. Se cura con amor propio. Y ustedes, hijas mías, han sido muy malas consigo mismas durante demasiado tiempo.