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ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:67
Nilai: 5
nombre de autor: FOAR

ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️‍🔥

Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.

Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.

Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.

NovelToon tiene autorización de FOAR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA MUJER QUE NO DEBIA ESTAR ALLÍ

—Mariana estuvo en ese automóvil también.

Las palabras de Mateo se quedaron suspendidas en el aire, más amenazantes que las armas que llevaban sus hombres.

Sebastián seguía arrodillado sobre el asfalto, con las manos apretadas contra las sienes. Su respiración era irregular y sus ojos parecían mirar algo que ninguno de nosotros podía ver.

—No… —murmuró—. Mi madre no estaba allí.

Mateo ladeó la cabeza.

—Eso fue lo que te dijeron, ¿verdad? Que murió, que no había nada que hacer, que debías aprender a vivir sin ella. Qué conveniente.

—¡Cállate!

Sebastián se levantó de golpe y se abalanzó sobre él.

Dos hombres de Mateo lo sujetaron antes de que pudiera alcanzarlo. Sebastián forcejeó con una furia que jamás le había visto, mientras yo sentía que el miedo me cerraba la garganta.

—¡Suéltenme! ¡Voy a matarte, Salazar!

Mateo ni siquiera se inmutó.

—¿Ves, Valentina? Siempre ha sido así. Basta con mencionar a su madre para que pierda el control. Por eso fue tan fácil convencer a todos de que aquella noche había sido culpa suya.

—¡¿Qué le hiciste a mi hijo?! —gritó una voz desde la carretera.

Todos nos volvimos.

Un automóvil acababa de detenerse detrás de los vehículos de Mateo. Una mujer descendió apresuradamente, con el cabello suelto y el rostro desencajado.

Mariana.

La madre de Sebastián.

—¡Mamá! —Sebastián dejó de luchar.

Ella corrió hacia él y lo abrazó con desesperación. Mi corazón se encogió al ver cómo él se aferraba a su cuerpo, como si temiera que volviera a desaparecer.

—Estoy aquí, mi amor. Estoy aquí —repetía Mariana, acariciándole el cabello—. Respira. Mírame. No tienes que recordar nada ahora.

Sebastián se apartó apenas para observarla.

—¿Estuviste en aquel automóvil?

Mariana cerró los ojos.

Y ese gesto fue suficiente.

—Mamá, mírame. ¿Estuviste allí?

—Sí.

Sebastián retrocedió como si ella lo hubiera golpeado.

—Me dijiste que nunca habías vuelto a verme después de mi accidente.

—Lo sé.

—¡Me dijiste que no recordaba nada porque estaba enfermo! ¡Me dijiste que papá te había alejado de nosotros porque no podía soportar tu muerte!

—Sebastián…

—¡Estabas viva! ¡Estabas viva mientras yo lloraba por ti!

Mariana comenzó a llorar.

—No fue tan sencillo.

—¡Para mí sí lo fue! Tenía diez años. Me despertaba gritando tu nombre y nadie me decía la verdad. ¡Creí que te habías muerto!

El grito se quebró al final.

Mariana intentó tocarle el rostro, pero él apartó la cabeza.

Yo quería abrazarlo, decirle que nada de aquello era culpa suya, pero comprendí que no podía intervenir en una herida que llevaba abierta desde su infancia.

Mateo observaba la escena con una satisfacción repugnante.

—Qué reunión tan bonita. Casi me dan ganas de contarles toda la historia.

Mariana se volvió hacia él.

—No te atrevas.

—¿O qué? ¿Vas a volver a desaparecer durante otros once años?

—¡Tú provocaste el accidente!

La sonrisa de Mateo se desvaneció por primera vez.

—Cuidado, Mariana.

—Tú conducías aquel automóvil. Tú recibiste las órdenes de Alejandro Montenegro. Y cuando el coche se salió de la carretera, intentaste recuperar los documentos antes de comprobar si los niños seguían vivos.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué documentos? —pregunté.

Mariana me miró.

—Pruebas de las operaciones de Mateo. Transferencias de dinero, nombres de funcionarios y registros de las carreras clandestinas. Tu padre había conseguido una copia. Yo también.

—¿Mi padre provocó todo esto por unos documentos?

—No —respondió ella—. Lo hicieron porque esos documentos podían destruir a varias personas poderosas. Tu padre quiso detenerlos. Yo intenté ayudarlo. Y Sebastián…

Se le quebró la voz.

—Sebastián no tenía que estar allí.

Mi novio levantó lentamente la cabeza.

—¿Cómo llegué a ese automóvil?

Mariana apretó los labios.

—Tu padre te llevó consigo aquella noche. Me dijo que tenía una reunión y que regresaría antes de medianoche. Yo descubrí que iba a encontrarse con Mateo y fui tras él.

—¿Y Valentina?

Mariana me miró con tristeza.

—Tu padre también estaba allí. Había ido a entregar las pruebas a alguien que supuestamente podía ayudarnos. Pero era una trampa.

Pensé en mi padre, esperándome en el refugio. En todos sus silencios. En su insistencia en que había hecho lo necesario para protegerme.

—¿Quién ordenó el accidente? —pregunté.

Mariana bajó la mirada.

—No tengo todas las respuestas.

Mateo soltó una carcajada.

—¡Por supuesto que las tienes! Lo que pasa es que todavía quieres fingir que los Montenegro son una familia decente.

Sacó un teléfono del bolsillo y mostró una grabación.

En la pantalla apareció un hombre sentado en una oficina. Su rostro estaba parcialmente oculto, pero reconocí la voz antes de que terminara la primera frase.

Alejandro Montenegro.

El padre de Sebastián.

—El vehículo debe quedar fuera de la carretera —decía en la grabación—. Quiero los documentos. No me importa cómo los consigas.

La voz de otro hombre respondió:

—¿Y los niños?

Hubo una pausa.

—No deberían estar allí.

La grabación terminó.

Sebastián se quedó inmóvil.

—Mi padre…

—No sabemos si esa grabación está completa —dijo Mariana rápidamente—. Puede faltar una parte. Puede haber sido editada.

—Pero es su voz.

—Lo sé, hijo.

Mateo guardó el teléfono.

—Alejandro nunca fue el hombre que ustedes creían. Y tú, Sebastián, fuiste la pieza que utilizó para asegurarse de que Mariana no pudiera hablar.

—¡Mientes! —gritó Sebastián.

—Entonces pregúntale a tu madre por qué desapareció después del accidente. Pregúntale quién la ayudó a escapar del hospital. Pregúntale qué tuvo que prometer para que te dejaran vivir.

Mariana se puso pálida.

Sebastián la miró.

—¿Qué prometiste?

Ella tardó demasiado en responder.

—Prometí que no volvería a buscarte.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué? —susurró Sebastián.

—Mateo me dijo que, si regresaba, terminarían lo que habían empezado aquella noche. Me enseñó fotografías tuyas saliendo del colegio, entrando en casa, conduciendo tu primer automóvil. Me hizo creer que cualquier intento de acercarme a ti te pondría en peligro.

—¿Y le creíste?

—¡Eras mi hijo! ¡No podía arriesgarme a perderte!

Sebastián se apartó de ella.

—Pero me perdiste de todos modos.

Mariana se llevó una mano al pecho, incapaz de responder.

Yo me acerqué a Sebastián y le tomé la mano. Sus dedos estaban helados.

—Estoy aquí —le susurré.

Él me miró, y durante un instante vi al niño asustado que había sido, atrapado entre adultos que decidieron su destino sin preguntarle nada.

—No sé quién soy, Valentina.

Le acaricié la mejilla.

—Eres Sebastián. El hombre que me hace reír cuando quiero llorar. El que se pone delante de mí cuando hay peligro, aunque yo le diga que no necesito que me proteja. El hombre del que me enamoré.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Y si descubres que no merezco ese amor?

—Entonces tendrás que convencerme con hechos. Pero no voy a dejar que Mateo decida quién eres.

Sebastián apoyó la frente contra la mía.

No nos besamos. No hacía falta. En ese instante, mantenernos juntos era suficiente.

Un ruido metálico interrumpió el momento.

Mariana había aprovechado nuestra conversación para acercarse a uno de los vehículos. Regresó sosteniendo una pequeña memoria USB.

—Mateo, se acabó.

Él sacó su arma.

—Dámela.

—No.

—¡Mariana!

Ella levantó la memoria.

—Aquí está la grabación completa. La que tú creías haber destruido. La copia que guardé antes de desaparecer.

Mateo perdió toda expresión de burla.

—¿Dónde la conseguiste?

—La escondí antes del accidente. Y una persona me ayudó a recuperarla hace tres días.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Quién? —preguntó Sebastián.

Mariana lo miró con una mezcla de miedo y culpa.

—Alejandro Ferrer.

El nombre cayó entre nosotros como una bomba.

El mejor amigo de Sebastián. El hombre que había estado involucrado en tantos secretos. El mismo cuya transferencia bancaria aparecía en los documentos de nuestro refugio.

Sebastián soltó mi mano.

—¿Qué tiene que ver Alejandro con todo esto?

—Él fue quien me sacó del hospital —confesó Mariana—. Me ayudó a desaparecer. Pero no pudo quedarse conmigo porque alguien de su propia familia estaba vigilándolo.

—¿Y nunca pensaste en decírmelo?

—Quería hacerlo. Pero Alejandro me advirtió que no confiara en nadie, ni siquiera en él.

Mateo aprovechó nuestra distracción.

Se abalanzó sobre Mariana y le arrancó la memoria USB. Sebastián reaccionó de inmediato, pero uno de los hombres de Mateo lo golpeó en el abdomen. Cayó de rodillas, jadeando.

—¡Sebastián! —grité.

Corrí hacia él mientras Mariana intentaba recuperar la memoria. Mateo la empujó contra el automóvil y levantó su arma.

—¡Basta! —gritó.

Todos nos quedamos inmóviles.

Mateo apuntó a Sebastián.

—Dame una razón para no terminar hoy lo que debí terminar hace once años.

Me interpuse antes de poder pensar.

—Si le disparas, tendrás que dispararme a mí también.

—¡Valentina, quítate! —rugió Sebastián.

Mateo me observó con una sonrisa fría.

—Eres igual que tu padre. Siempre dispuesta a sacrificarte por las personas equivocadas.

Entonces se escuchó un disparo.

El cristal del automóvil estalló junto a la cabeza de Mateo.

Él se volvió, sorprendido.

Al otro extremo del mirador, un hombre sostenía un arma con ambas manos.

Mi padre.

—Aléjate de mi hija —ordenó.

Pero no estaba solo.

A su lado se encontraba Alejandro Ferrer, con el rostro desencajado y una herida sangrante en la frente.

—¡Todos al suelo! —gritó Alejandro.

Los hombres de Mateo apuntaron hacia nosotros. Durante unos segundos, el mirador se convirtió en un caos de órdenes, motores encendidos y disparos que resonaban contra la montaña.

Sebastián me arrastró detrás de uno de los vehículos mientras Mariana se cubría junto a mi padre.

Mateo consiguió llegar a su automóvil.

Antes de subir, levantó la memoria USB entre los dedos.

—¡Pueden quedarse con sus mentiras! —gritó—. ¡La grabación ya está en manos de la persona que dio la orden!

El vehículo arrancó y desapareció entre la niebla.

Cuando el último disparo se apagó, corrí hacia Sebastián.

Estaba consciente, aunque se sujetaba el costado.

—Mírame —le pedí, acariciándole el rostro—. Por favor, mírame.

—Estoy bien —murmuró, intentando sonreír.

—Te odio cuando dices eso.

—Lo sé.

Me abrazó con fuerza y escondió el rostro en mi cuello.

Detrás de nosotros, Alejandro Ferrer se acercó a Mariana.

—Lo siento —dijo—. Debí contarles todo hace mucho tiempo.

Sebastián levantó la cabeza.

—Pues empieza a hablar.

Alejandro asintió lentamente.

—La transferencia que encontraste en los documentos era mía. Pero no pagué para que Mariana desapareciera. Pagué para que alguien la sacara del hospital antes de que Mateo pudiera matarla.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque la persona que ordenó el accidente no fue Mateo.

Mi padre bajó el arma.

Mariana cerró los ojos.

Yo sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Quién fue? —pregunté.

Alejandro Ferrer me miró directamente.

—La persona que ordenó el accidente fue alguien que estaba dentro de tu familia, Valentina. Alguien que todavía tiene acceso al refugio donde se encuentra tu padre.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje nuevo.

«No vuelvas a casa. Tu padre ya sabe que descubriste la verdad. Y esta noche, uno de ustedes no saldrá vivo de allí».

Debajo del mensaje había una fotografía tomada hacía apenas unos minutos.

Mostraba el interior de nuestro refugio.

Mi padre aparecía sentado junto a la mesa.

Detrás de él, una figura sostenía un cuchillo contra su cuello.

Y la persona que estaba a punto de matarlo llevaba el anillo de los Montenegro.

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