Dos príncipes gemelos unidos por el trono, pero separados por sus propias sombras. Entre secretos de palacio, guerras inminentes y mujeres invencibles que se niegan a ser dominadas, el amor se convertirá en su mayor fortaleza... o en su ruina. Una historia de lealtad, pasión y un destino escrito con sangre que ni el tiempo podrá borrar. Traiciones de corte, pasiones prohibidas y un imperio que renace del caos. Sigue la historia de dos hermanos y las mujeres que conquistaron sus corazones, sin imaginar que la profecía que los unió dejaría una huella imborrable que trascenderá a través de los siglos.
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Capítulo 11: El tormento del Rey
El fuego devoraba sus venas desde adentro.
No era la primera vez que el veneno corría por la sangre del rey, pero la sustancia en la punta de aquella flecha no buscaba adormecer el cuerpo; buscaba desgarrar la carne y la mente.
En las profundidades de la fiebre y la inconsciencia, la realidad del palacio se disolvió, dejando únicamente el eco de las mazmorras frías de su infancia.
En su delirio, no veía coronas ni mantos de terciopelo. Volvía a ser la sombra encadenada en la penumbra, el gemelo olvidado que sangraba tras los azotes del rey anterior.
En medio de esa agonía sofocante, el rostro de aquella joven volvía a emerger como el único refugio que conoció en su vida. Un cuerpo sin rostro preciso, borroso por los años y el trauma, pero cuya voz suave y manos cálidas aún recordaba como si fuera ayer. «Toma, come esto... debes sobrevivir», le susurraba esa muchacha mientras le entregaba un pedazo de pan y vendaba sus heridas a escondidas de los guardias.
Aquel gesto de piedad pura había sido su única ancla a la humanidad.
Al ascender al trono, el deseo de protegerla, de poner el mundo a sus pies y salvarla de la podredumbre del imperio, era el fuego que consumía su alma. Cuando vio la flecha volar en la carroza, su cuerpo no pensó en la estrategia ni en la corona; actuó por puro instinto.
Debía protegerla, si no lo hacía su salvadora no se lo perdonaría.
El décimo día, el rey abrió los ojos.
El techo de dosel de los aposentos reales fue lo primero que enfocó. A su lado, el médico imperial dejó caer un cuenco de bronce al suelo, aterrado y aliviado al ver que el pulso del monarca finalmente se estabilizaba.
—M-majestad... habéis vuelto —balbuceó el anciano, haciendo una reverencia temblorosa.
El rey intentó incorporarse, pero un punzada de dolor agudo en el hombro le hizo apretar los dientes. La herida estaba cicatrizada, aunque la piel mantenía un tono violáceo por el veneno residual.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó el rey, su voz grave y rasposa como la grava.
—Diez días, majestad. Diez días de agonía. En la corte hay un caos absoluto. El Consejo Real cree que estáis al borde de la muerte. Pero lo que más ha sacudido a la capital... es el rumor de que arriesgasteis la vida por una concubina.
El monarca esbozó una sonrisa helada. La debilidad del cuerpo no afectaba la rapidez de su mente. El Consejo creía que el rey había caído en la trampa del amor y la vulnerabilidad.
Ese era el error que estaba esperando que cometieran.
Horas más tarde, los rumores en los pasillos tomaron un rumbo inesperado.
Debido a una estrategia calculada dentro del propio harén, la corte no asumió que Daría era la protegida; las miradas se desviaron hacia Lyra.
La astuta bailarina había sabido tejer la narrativa perfecta: se le veía entrando y saliendo de los aposentos reales con medicina, mostrando una devoción fingida y preocupación ante los guardias.
Para el Consejo de Nobles, Lyra era el eslabón más manipulable: una mujer de burdel ascendida a la cima, fácilmente corruptible mediante promesas de títulos o amenazas a su vida.
En la penumbra de la sala de audiencias privadas, el rey y Lyra estaban a solas. La joven se inclinó con ligereza, jugando con el abanico entre sus dedos.
—Los ministros ya han picado el anzuelo, majestad —susurró Lyra, con sus ojos oscuros brillando de perspicacia—. El clan del Oeste se me acercó esta mañana en los jardines. Me ofrecieron tres cofres de gemas y la protección de su familia a cambio de poner unas cuantas gotas de cicuta en vuestro té nocturno. Creen que soy la favorita deslumbrada por la codicia.
El rey la miró desde su sillón, apoyando el brazo sano sobre el apoyabrazos.
—Mantén la fachada, Lyra. Hazles creer que estás cediendo, exígeles más dinero y nombres de sus aliados a cambio de 'información sobre mi estado de salud'. Si quieren usar la debilidad del rey en su favor, les daremos la ilusión de que me tienen acorralado.
—Será un placer interpretar a la concubina traidora, majestad.
Esa misma noche, las puertas de los aposentos del rey se cerraron con doble Cerrojo. Amira, Alessia, Lyra y Daría se reunieron alrededor del monarca. La tensión en la habitación era palpable; la salud del rey aún era frágil, pero su aura de autoridad era implacable.
—Hablen —ordenó el rey, mirando a las cuatro.
Alessia dio un paso al frente, cruzándose de brazos con una mueca de satisfacción salvaje en el rostro.
—No necesitamos esperar a que las ratas del Consejo muevan sus fichas, majestad. Ya sé quién ordenó el ataque en el camino del Sur.
El rey alzó una ceja, incitándola a continuar.
—Fue el marqués de Vane, el Ministro de Guerra —declaró Alessia, clavando un mapa sobre la mesa con una daga—. Usó a la unidad de mercenarios de la 'Sombra Roja', la misma que su familia contrató hace años en las fronteras. Encontré al intermediario en los campamentos del este y le saqué la confesión antes de cortar su cuello. El sello del marqués estaba en la orden de pago.
El rey se puso de pie lentamente. A pesar del dolor en el hombro, su presencia llenó la estancia con un peligro letal.
—Mañana hay sesión de la Corte Suprema —dijo el rey, recorriendo a las cuatro con la mirada—. El Consejo cree que saldré en una litera, moribundo. Les demostraremos quién gobierna realmente este imperio.
Al día siguiente, el Gran Salón de la Corte Suprema estaba abarrotado. Los miembros del Consejo Real, encabezados por el marqués de Vane y los ministros secundarios, conversaban entre risas contenidas, convencidos de que el anuncio de la regencia era inminente.
Las enormes puertas de bronce se abrieron de par en par con un estruendo que hizo vibrar las paredes.
El silencio fue inmediato y absoluto.
El rey avanzó por el pasillo central con paso firme, vistiendo una túnica de terciopelo rojo sangre y la corona imperial sobre la frente.
No había rastro de debilidad en su porte. A su izquierda caminaba Amira con la majestad de una reina verdadera; a su derecha, Alessia con la mano sobre la empuñadura de su espada. Tras ellos, Lyra y Daría avanzaban con miradas frías y serenas.
El marqués de Vane dio un paso atrás, con el rostro completamente desencajado al ver al monarca con vida.
El rey no subió al estrado. Se detuvo a escasos metros del marqués.
—Ministro de Guerra —la voz del rey resonó en cada rincón del salón como un trueno, el nuevo Ministro de Guerra lo mira fijamente con el miedo latente en su mirada—. Hace diez días, un grupo de cobardes atacó la carroza real. Creyeron que el veneno terminaría el trabajo que sus espadas no pudieron hacer.
—M-majestad... nos alegra enormemente vuestra recuperación —balbuceó el marqués, intentando mantener la compostura—. El Consejo está investigando a los culpables...
—No hay nada que investigar, marqués —interrumpió el rey con suavidad mortal.
En un movimiento tan rápido que la nobleza apenas pudo reaccionar, el rey dio un paso al frente, desenvainó la espada corta de la cintura de Alessia y, con un trazo limpio y preciso de acero, le cortó el cuello al marqués de Vane en mitad del salón.
Un grito de terror colectivo se elevó entre los nobles mientras la sangre del Ministro de Guerra salpicaba el suelo de mármol blanco y las túnicas de los ministros cercanos. El cuerpo del marqués cayó de rodillas antes de desplomarse inerte.
El rey limpió la hoja de la espada con la seda del manto del difunto marqués, sin que un solo músculo de su rostro se contrajera. Luego, levantó la mirada hacia el resto del Consejo Real, cuyos miembros temblaban de horror.
—Cualquiera que vuelva a conspirar contra la corona o contra las mujeres de este harén —sentenció el rey, arrojando la espada ensangrentada a los pies del Primer Ministro—, terminará en el mismo suelo. La purga de la nobleza ha comenzado.
Primera deuda saldada. El rey miró a la concubina y ella sonrió. Había cobrado venganza por ella.
lo siento, me quedo con el rey y el príncipe 😅😅
yo creo que el rey ama a la reina, y que ella es su amada. por eso la reina sueña con ese enmascarado