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LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo / Amor prohibido
Popularitas:6.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.

Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 14

El murmullo de los invitados, el tintineo de las copas de cristal de Murano y las notas bajas de un violín clásico se filtraban a través de las rendijas de la puerta de mi vestidor, creando una atmósfera densa y cargada de una falsa elegancia. Al otro lado de la mansión, en la capilla principal, la boda de Mía y Marcos estaba a punto de comenzar. Ellos creían estar celebrando el triunfo definitivo de su ambición, ignorando por completo que el tablero entero ya había sido volcado.

Frente al espejo de cuerpo entero, el reflejo que me devolvía la mirada no era el de una víctima ni el de una hermana relegada. Era la encarnación misma de la venganza.

Llevaba puesto un vestido de novia de alta costura, un diseño exclusivo de corte sirena confeccionado en un crep de seda negro azabache, ceñido a mi silueta con una precisión milimétrica que realzaba mis curvas con una elegancia letal y desafiante. El corpiño estaba bordado con miles de pequeños cristales oscuros que destellaban bajo la luz de las lámparas como estrellas frías en medio de un cielo sin luna, y una larga capa de gasa transparente nacía de mis hombros, arrastrándose tras de mí como la sombra de una reina dispuesta a reclamar su trono de cenizas. No había rastro de blanco virginal; mi atuendo proclamaba luto, poder y guerra.

El sonido seco de unos nudillos golpeando la puerta interrumpió el silencio de la estancia.

—Adelante —dije con voz firme, sin girarme de inmediato.

La puerta se abrió con suavidad y la figura imponente de uno de los hombres de confianza de Marcos, un matón de mandíbula cuadrada y traje impecable llamado Dante, asomó en el umbral. Su expresión era una mezcla de incomodidad y prisa.

—Señorita Elara... el patrón me manda a buscarla —dijo Dante con voz ronca, bajando la vista respetuosamente al notar mi presencia—. La ceremonia en la capilla está por dar inicio. El señor Moretti insiste en que baje de inmediato para ocupar su lugar entre los invitados antes de que la novia principal haga su entrada. Y... bueno, los emisarios del norte ya están llegando a las puertas secundarias para el protocolo que le corresponde a usted.

Me giré lentamente sobre mis tacones de aguja, clavando en él una mirada tan gélida y dominante que el hombre dio un paso involuntario hacia atrás, tragando saliva con evidente nerviosismo.

—Dile a Marcos que no se preocupe por mi asiento en la capilla, Dante —respondí con una sonrisa felina y pausada que le heló la sangre—. Dile que voy exactamente hacia donde debo estar, y que el espectáculo que está a punto de presenciar superará por mucho sus expectativas.

Antes de que el matón pudiera articular una sola palabra de objeción, pasé junto a él con pasos firmes, el aroma a perfume de vainilla amarga y peligro flotando a mi paso.

Abandoné el segundo piso y, en lugar de tomar el pasillo que conducía a la capilla principal donde Mía flotaba en su nube de tul rosa y ceguera voluntaria, descendí por la escalinata de servicio hacia el ala oeste de la mansión, la zona privada de recepción y cocheras donde los vehículos blindados y los hombres del bajo mundo hacían sus transacciones lejos de los invitados de honor.

El aire allí abajo era frío, impregnado de olor a gasolina, humo de tabaco pesado y cuero viejo.

Detenido frente a las puertas de cristal blindado del patio trasero se encontraba un convoy de tres camionetas negras de alta gama, con los cristales polarizados y los motores rugiendo en ralentí con un ronroneo sordo y amenazante. A su alrededor, media docena de hombres vestidos con trajes negros y gafas oscuras custodiaban la zona con una disciplina militar implacable. Eran los hombres del temido Don Alejandro. Los perros de presa del capo más despiadado y poderoso del país.

En cuanto crucé el umbral de cristal y la luz de los reflectores exteriores iluminó mi vestido negro y mi silueta imponente, los hombres se detuvieron de golpe. El líder del grupo, un sujeto alto, de facciones duras y una cicatriz pálida que le cruzaba la ceja izquierda, avanzó unos pasos a mi encuentro. Sus ojos oscuros me examinaron de arriba abajo con fría admiración antes de inclinarse ligeramente en señal de respeto.

—¿Es usted la señorita Elara Moretti? —preguntó el hombre con voz profunda y cortante.

—Soy yo —respondí con absoluta seguridad, sosteniendo su mirada sin titubear ni un solo segundo—. Y la única novia que este contrato va a reconocer a partir de este momento.

El hombre asintió con la cabeza, sacando de entre su chaqueta un maletín de cuero que abrió con una llave codificada. En su interior, sobre un terciopelo rojo, reposaba una copia firmada y sellada del anexo modificado que yo misma había reescrito en el despacho de Marcos bajo sus narices distraídas.

—Verificado y aprobado por el alto mando de la organización de Alejandro —dijo el emisario, entregándome el documento con reverencia—. El patrón nos dio órdenes estrictas de traer a la verdadera heredera de los acuerdos sin perder un solo minuto. Las rutas del puerto del norte y los activos financieros ya han comenzado a ser transferidos a las cuentas blindadas que usted especificó en las cláusulas de seguridad.

Una corriente de triunfo puro, caliente y eléctrico recorrió cada una de mis venas. Todo estaba cumplido. La trampa se había cerrado con precisión quirúrgica. Marcos y su clan habían perdido el control de su propio imperio antes siquiera de pronunciar los votos en el altar.

—Perfecto —murmuré guardando el documento en un elegante sobre de cuero que llevaba en la mano—. Vámonos de aquí antes de que el circo de la familia termine su función.

Justo en ese preciso instante, cuando el emisario me abrió la puerta trasera de la camioneta principal para que subiera, un grito ahogado y el sonido de unos tacones corriendo con desesperación rompieron el eco del patio trasero.

—¡Elara! ¡Espera! ¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?!

Girativa la cabeza ligeramente. Allí, en la puerta de acceso al servicio, con el vestido blanco de novia alzado con torpeza entre sus manos y el rostro descompuesto por el terror, estaba Mía. Había abandonado la capilla a mitad de los preparativos finales al enterarse de que yo no aparecía por ninguna parte. Sus ojos estaban desorbitados y su respiración, agitada.

—¿Por qué vienes vestida de negro? ¿Por qué estás con esta gente? —balbuceó Mía, acercándose a tropezones con el pánico reflejado en cada poro de su piel—. ¡Marcos te está buscando como un loco! ¡La ceremonia va a empezar y los emisarios de Alejandro debían venir por mí! ¡Te equivocaste de lugar, estúpida! ¡Ese coche es para mí!

Me detuve con una elegancia glacial, apoyando una mano sobre el marco de la puerta de la camioneta, y giré el rostro para mirarla fijamente. La expresión de Mía era el retrato vivo de la locura y la desesperación absoluta.

—No me he equivocado de lugar en absoluto, querida hermana —le respondí con una voz tan suave y venenosa que hizo que ella se detuviera en seco a pocos metros de distancia—. El contrato original estipulaba que la alianza se sellaba con la hija de la casa disponible para el tratado. Y anoche, tras una larga y muy productiva revisión de los términos legales en el despacho de Marcos... los nombres fueron cambiados de manera definitiva.

Mía abrió los ojos de par en par, negando con la cabeza de forma frenética, con los labios temblando.

—¡No... no es verdad! ¡Me estás mintiendo! ¡Marcos jamás permitiría eso! ¡Él me ama a mí! ¡Iba a casarse conmigo!

—Pregúntale a tu precioso Marcos cuando lo veas desplomarse sobre el altar al descubrir que se ha quedado absolutamente sin nada —le susurré con una sonrisa siniestra, antes de subir con total gracia al interior de la camioneta blindada y acomodarme sobre los asientos de cuero negro.

El emisario cerró la puerta con un golpe seco, metálico y definitivo, sellando el exterior.

A través del cristal polarizado, alcancé a ver cómo Mía rompía a llorar de forma histérica, golpeando el lateral de la camioneta con las palmas de las manos abiertas mientras gritaba mi nombre en medio de la nada. Pero ya era demasiado tarde. El vehículo aceleró con potencia, abandonando los terrenos de la mansión Moretti para adentrarse en la carretera que conducía directamente al territorio del temible Don Alejandro.

El trayecto duró menos de una hora. Las altas verjas de hierro forjado de la imponente mansión del Don Alejandro se abrieron de par en par ante el paso de nuestra caravana, como si nos estuvieran esperando desde el principio de los tiempos.

La propiedad era una fortaleza de piedra negra y ventanales inmensos rodeados por un bosque impenetrable. Al detenerse el vehículo, el mismo emisario abrió mi puerta y extendió una mano enguantada para ayudarme a descender.

Al pisar el suelo adoquinado del patio principal, sentí que el aire cambiaba. Ya no era el ambiente viciado de mentiras y traiciones de los Moretti; era un territorio de poder absoluto, de peligro latente y de reglas implacables.

Las grandes puertas de roble de la entrada principal se abrieron lentamente desde el interior. En el umbral, bañado por la luz tenue de las lámparas de araña de cristal que colgaban del vestíbulo, se encontraba una figura alta, imponente y envuelta en un traje hecho a medida.

El Don Alejandro.

Sus cabellos oscuros perfectamente peinados, sus facciones duras y angulosas esculpidas como en mármol frío, y unos ojos de un azul tan oscuro que rozaban la negrura se clavaron directamente en los míos. No había en su rostro la sonrisa arrogante ni el desdén al que Marcos me tenía acostumbrada; lo que vi en sus pupilas fue un brillo de reconocimiento, de inteligencia calculadora y de un peligroso respeto mutuo.

Avanzó unos pasos hacia mí con un paso firme y seguro, deteniéndose a prudente distancia, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón.

—Vaya... Así que la verdadera joya de los Moretti decidió venir por su propia voluntad al centro de la bestia —comenzó Alejandro con una voz ronca, profunda y magnética que resonó con fuerza en el vestíbulo silencioso—. Me informan que los términos del contrato han cambiado y que traes bajo el brazo mucho más de lo que el estúpido de Marcos imaginaba jamás perder.

Me acerqué a él con la espalda recta, sosteniendo su intensa mirada sin parpadear, sintiendo cómo una extraña y poderosa corriente de adrenalina y deseo oscuro comenzaba a chispear en el aire entre nosotros.

—Marcos Moretti es un ciego que creía gobernar un imperio cuando apenas sostenía un castillo de naipes —le respondí con una voz firme, clara y cargada de una seducción helada—. Yo no vengo a ser una prisionera sumisa en tu casa, Alejandro. Vengo a ser la socia que destruirá lo que queda de su legado hasta los cimientos.

Una sonrisa lenta, oscura y fascinada se dibujó en los labios del temido Don Alejandro. Inclinó ligeramente la cabeza, reconociendo a su igual.

—Me gusta cómo suena eso, Elara —murmuró él con un tono de voz áspero que hizo que un escalofrío de pura excitación me recorriera la columna vertebral—. Bienvenida a tu nueva casa. A partir de este momento, el fuego con el que piensas quemar el mundo arderá de nuestro lado.

Las puertas de la mansión se cerraron a nuestras espaldas con un sonido sordo, y supe, con absoluta certeza, que la verdadera pesadilla para Marcos Moretti apenas estaba por comenzar.

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