Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Baile 3
Niccolo decidió que debía intentar disculparse nuevamente.
—Señorita Vizconti...
Aria giró la cabeza.
Su sonrisa desapareció.
—Conde Sartori.
La reverencia que le ofreció fue impecable.
Formal.
Distante.
Y tan breve que Niccolo apenas tuvo tiempo de responder.
Después, Aria volvió a dirigirse a Nino.
—¿Has comido suficientes dulces esta noche?
El pequeño asintió.
—¡Sí! Pero todavía puedo comer más.
—Eso es lo que dicen todos los niños antes de descubrir que han comido demasiados pasteles.
Nino frunció el ceño.
—¡Yo no soy todos los niños!
Aria soltó una carcajada.
—Por supuesto que no, joven Sartori. Tú eres un caballero muy especial.
Nino se irguió orgullosamente.
Niccolo observó a ambos en silencio.
Aldo, por su parte, comenzaba a comprender que había algo más detrás de aquella extraña tensión.
—¿Ha sucedido algo entre ustedes?
El conde Sartori abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, Nino intervino.
—Mi tío se portó mal con la señorita Aria.
Niccolo cerró los ojos.
[¡Nino!].
Aldo levantó las cejas.
—¿Se portó mal?
El pequeño asintió con firmeza.
—Sí. Yo estaba llorando en el jardín y la señorita Aria me ayudó. Pero cuando llegó mi tío, pensó que ella quería acercarse a él porque es un hombre importante.
El silencio fue inmediato.
Aldo giró lentamente la cabeza hacia Niccolò.
El conde Sartori sintió que acababa de entrar voluntariamente en una habitación llena de explosivos.
—Hubo un malentendido..
Aldo mantuvo la expresión tranquila.
Demasiado tranquila.
—Ya veo.
Aria, que había escuchado la explicación de Nino, decidió intervenir.
—No es necesario hablar de eso, hermano.
Su tono era suave.
Pero no había calidez en su mirada cuando se volvió hacia Niccolò.
—El conde Sartori ya me ha explicado su opinión sobre las señoritas que intentan acercarse a él. No quisiera interrumpir sus importantes responsabilidades sociales.
Aldo se quedó inmóvil.
Niccolo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Aquello no era una disculpa.
Era una ejecución pública realizada con una sonrisa.
Y, lo peor de todo, Aria ni siquiera había levantado la voz.
[¡Maravilloso! ¡Simplemente maravilloso!].
—Señorita Vizconti, yo no quise...
—No se preocupe, conde Sartori.
Aria volvió a sonreír con una educación impecable.
—Le deseo una agradable velada.
Después se inclinó ligeramente ante Aldo.
—Hermano, me gustaría tomar un poco de agua.
El conde comprendió inmediatamente que su hermana quería marcharse de aquella conversación.
—Por supuesto, querida.
Aria tomó su brazo.
Antes de alejarse, volvió a mirar a Nino.
Y toda la frialdad desapareció de su rostro.
—Nos veremos pronto, pequeño.
Nino asintió con entusiasmo.
—¡No olvides las galletas!
—No las olvidaré.
Aria le dedicó una última sonrisa y se marchó junto a su hermano.
Niccolo permaneció inmóvil.
Aldo no le ofreció ninguna palabra de consuelo.
Simplemente inclinó la cabeza con formalidad.
—Conde Sartori.
Y siguió a su hermana.
La distancia entre ambos hermanos y los Sartori se hizo cada vez mayor.
Niccolo suspiró.
Nino, entretanto, levantó la cabeza para observarlo.
—Tío.
—¿Sí?
—¿Por qué no dejas de hablar cuando deberías quedarte callado?
Niccolo miró al cielo.
[¡Por todos los dioses!].
El camino hacia el carruaje fue bastante silencioso.
Niccolo había imaginado muchas veces cómo sería una velada en la que su sobrino disfrutara de una celebración sin esconderse ni llorar.
Pero nunca había imaginado que terminaría recibiendo una lección de modales de un niño de cinco años.
Nino caminaba a su lado, sosteniendo cuidadosamente las galletas que había conseguido guardar.
De pronto, levantó la cabeza.
—Tío Niccolo.
—¿Qué sucede?
—La próxima vez que me reúna con la señorita Aria, no debes interrumpirnos.
Niccolo se detuvo.
—¿Cómo dices?
Nino lo miró con absoluta seriedad.
—La señorita Aria es mi amiga.
El hombre parpadeó.
—Lo comprendo.
—No, no lo comprendes.
Nino suspiró.
—Ella es mi amiga. No la tuya.
Niccolo sintió que acababa de recibir otro golpe.
El pequeño continuó caminando.
—Así que, cuando vuelva a verla, quiero que me dejes hablar con ella tranquilamente.
El conde Sartori se quedó mirando la espalda de su sobrino.
Después soltó un suspiro frustrado.
Realmente se había equivocado.
Había sido arrogante, había sacado conclusiones sin conocer los hechos y había ofendido a una joven que solo había intentado ayudar a un niño que estaba llorando.
Y Aria no había hecho un escándalo.
No había exigido una disculpa pública.
Ni siquiera había recurrido a su hermano para humillarlo.
Simplemente lo había ignorado.
De alguna manera, aquella indiferencia resultaba mucho peor que una discusión.
Porque Niccolo no podía argumentar contra ella.
No podía defender su orgullo.
Y no podía culpar a nadie más por lo sucedido.
Todo había sido responsabilidad suya.
Subió al carruaje detrás de Nino y se acomodó en el asiento.
El niño se sentó frente a él, mirando por la ventana.
Niccolo intentó iniciar una conversación.
—Nino, sobre lo que sucedió esta noche...
—Quiero hacer las galletas pronto.
El hombre cerró la boca.
—De acuerdo.
—Necesitamos harina, mantequilla, azúcar y moldes con forma de animales.
Niccolo lo observó.
—¿Ya has pensado en todo eso?
Nino asintió.
—Por supuesto.
—¿Y sabes preparar galletas?
El pequeño lo miró como si hubiera formulado la pregunta más absurda del mundo.
—No. Por eso necesito ayuda.
Niccolo se quedó en silencio.
Después se llevó una mano al rostro.
[Estoy perdido].
Porque acababa de comprender que su sobrino no pensaba olvidar a Aria Vizconti.
Ni aquella tarde en el jardín.
Ni la promesa de las galletas.
Ni, desde luego, el vergonzoso comportamiento de su tío.
autoraaaaaaaa de mis amores yo creo que si me va a dar el Yeyo, ya salimos de Sunderland con varios territorios en puerta,vamos entrando a Vagur y sus viñedos, también vamos para Forest en algún momento???? /Drool//Drool//Drool//Drool//Drool/
A mi igual me encantan los dragones 🥰🥰😍🥰😍👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼