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Resucitado Por Venganza

Resucitado Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencuentro / Venganza
Popularitas:185
Nilai: 5
nombre de autor: Galeano

Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.

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Capitulo 22

El peso de la sospecha quemaba las entrañas de Isabella como un veneno lento y destructor. Las breves palabras, las miradas evasivas y las incoherencias que rodeaban la ruina de su familia comenzaban a encajar de forma grotesca. Tras las intensas horas vividas con Alexander en la penumbra del hotel, la mente de Isabella era un torbellino desgarrador. Comprender que el hombre que le dio la vida, aquel padre que la consoló sobre el suelo de mármol de la catedral y que cargó en brazos al pequeño Alex al nacer, podía ser el arquitecto de su miseria la arrastró hacia un abismo de angustia.

Sufrió un colapso emocional en la soledad de su habitación. Ahogando los sollozos contra una almohada para no despertar a su hijo, Isabella lloró con una desesperación primaria. Sentía que su propia sangre la traicionaba, que diez años de luto y sacrificio habían sido una macabra obra de teatro montada por el patriarca al que respetaba. El aire le faltaba, la cabeza le retumbaba en espasmos de dolor y el dolor le oprimía el pecho con una garra de hierro. Necesitaba certezas. Necesitaba mirar a su padre a los ojos antes de permitir que la verdad que Alexander le prometió revelar terminara por destruirla.

Entrada la noche, dejó al pequeño Alex al cuidado de su suegra y se dirigió a las oficinas centrales de la firma familiar. El edificio corporativo lucía semivacío, sumergido en una penumbra fantasmal que acentuaba la frialdad de los pasillos de mármol. Isabella caminó a pasos silenciosos por la alfombra mullida del piso ejecutivo. La puerta de caoba del despacho de su padre estaba entreabierta apenas un par de centímetros, dejando escapar una tenue franja de luz dorada hacia el corredor.

Isabella se dispuso a empujar la madera para encararlo, pero la voz rasposa, alterada y llena de pánico de su padre la congeló en el sitio.

—¡No me importa cuánto cuesta ni a quién tengan que contratar! —siseó el hombre por el teléfono, golpeando el escritorio con el puño cerrado en un gesto de desesperación salvaje—. ¡Ese bastardo de Sasha Rostova es Alexander! ¡Está vivo, les digo que está vivo y viene por mi cabeza!

Isabella pegó la espalda a la pared del pasillo, llevándose ambas manos a la boca mientras el corazón le daba un vuelco violento. Un sudor helado le recorrió la columna vertebral.

—Si Alexander habla con los fiscales o si logra acercarse a la prensa, estamos terminados —continuó el patriarca, con una frialdad desprovista de cualquier rasgo de humanidad—. Hay que deshacerse de él esta misma semana. Asegúrense de que esta vez no quede un solo aliento en su cuerpo... Y escúchame bien: si Isabella sospecha algo, si descubre la verdad sobre el atentado de la boda o si ese maldito niño de diez años representa un peligro para la herencia y mi libertad, liquídenlos a ellos también. No voy a ir a una prisión federal por culpa de sentimentalismos.

El mundo de Isabella se derrumbó en mil pedazos. Un escalofrío desgarrador le congeló la sangre en las venas. Las palabras resonaban en sus oídos como martillazos: si es necesario, también de ella y su hijo. El hombre que la vio crecer, el abuelo que le compraba juguetes al pequeño Alex, estaba dispuesto a derramar la sangre de su propia hija y de su nieto con tal de salvar su pellejo y ocultar sus crímenes.

Retrocedió a pasos ciegos, ahogando los gemidos de terror que amenazaban con salir de su garganta. El pánico la envolvió por completo. Sabía que si su padre notaba su presencia en ese instante, no saldría viva de aquel edificio. Se deslizó como una sombra hacia las escaleras de emergencia, bajando los escalones a toda prisa con las lágrimas nublándole la vista y las piernas tiritando de horror.

Al salir a la calle bajo la lluvia nocturna, subió a su automóvil y se encerró en el habitáculo. Apoyó la cabeza sobre el volante, temblando incontrolablemente mientras el aire se le escapaba en jadeos violentos.

Asustada, profundamente confundida y acorralada por el miedo a que un movimiento en falso desencadenara una tragedia sobre su pequeño, tomó una decisión desesperada: guardaría el secreto. No le diría a su padre que lo había escuchado, ni le revelaría a Alexander que conocía el peligro inminente que amenazaba la vida de los tres hasta encontrar una forma de poner a salvo a su hijo. Se limpió las lágrimas con brusquedad, encendió el motor y se perdió en la penumbra de la ciudad, cargando sobre sus hombros la sombra de una traición sangrienta.

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