Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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LOS SECRETOS DE UNA CASA MORTAL
La ciudad comenzaba a teñirse de naranja cuando Alison regresó a casa.
Los comerciantes recogían sus mercancías, los últimos compradores recorrían las calles y el aroma del pan recién horneado se mezclaba con el humo de las lámparas que empezaban a encenderse detrás de las ventanas.
Alison caminaba despacio.
No porque estuviera cansada, sino porque su mente seguía atrapada en las palabras que había escuchado durante sus sueños.
Pregúntale a Hades qué es lo que está intentando recordar.
La frase no dejaba de repetirse en su cabeza.
¿Recordar qué?
Hades nunca había sido un hombre fácil de comprender. Guardaba secretos, evitaba ciertas preguntas y, en ocasiones, la miraba con una tristeza tan profunda que Alison sentía deseos de abrazarlo, aunque no supiera por qué.
Pero ahora había algo más.
Los sueños, el jardín de flores blancas, el río oscuro y aquella extraña sensación de estar buscando algo que había perdido mucho antes de conocerlo.
Al llegar a la calle estrecha, reconoció la pequeña vivienda de fachada clara. Subió los escalones de la entrada y se detuvo un instante antes de abrir la puerta.
Todo parecía normal.
Demasiado normal para alguien que sentía que su vida estaba a punto de cambiar.
Entró.
El interior estaba tranquilo. La luz del atardecer alcanzaba todavía algunos rincones, mientras el sonido lejano de la ciudad se filtraba desde la calle.
Alison dejó sus pertenencias en su lugar habitual y se quedó pensativa.
Había pasado buena parte del día intentando convencerse de que sus sueños eran solamente eso: sueños. Imágenes extrañas producidas por una mente inquieta.
Sin embargo, la flor blanca que había encontrado entre las páginas de su libro seguía siendo un problema.
No recordaba haberla colocado allí.
Y tampoco entendía por qué Hades había reaccionado de aquella manera cuando se lo contó.
No había parecido sorprendido.
Había parecido asustado.
Alison frunció el ceño.
—¿Qué estás ocultándome, Hades?
La pregunta quedó suspendida en el silencio.
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Más tarde, cuando la ciudad se sumió en la oscuridad, Alison intentó distraerse con las tareas que tenía pendientes. Ordenó sus cosas, preparó lo necesario para la mañana siguiente y procuró no volver a pensar en el jardín de sus sueños.
No tuvo éxito.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba al hombre de mirada triste que aparecía entre las flores.
Nunca conseguía distinguir completamente su rostro. Sin embargo, había algo en sus ojos que le resultaba dolorosamente familiar.
Y lo peor era que, cuando despertaba, sentía que había dejado a alguien atrás.
No a alguien que acabara de conocer.
A alguien a quien llevaba demasiado tiempo esperando.
Alison se llevó una mano al pecho.
—Esto es absurdo —murmuró.
No podía echar de menos a un desconocido que solamente existía en sus sueños.
No tenía sentido.
Entonces recordó otra cosa.
La voz le había dicho que preguntara a Hades qué estaba intentando recordar.
No qué ocultaba.
No quién era.
Qué intentaba recordar.
La diferencia la inquietó.
Si el mensaje era verdadero, quizá el secreto no consistía únicamente en algo que Hades sabía y no quería contarle. Quizá había algo que ni siquiera él comprendía.
Y eso, de algún modo, le daba más miedo.
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Muy lejos de la pequeña vivienda, bajo un cielo que ningún mortal podía contemplar, Hades examinaba los restos de la extraña piedra negra encontrada cerca de los límites del inframundo.
La pieza había quedado reducida a fragmentos después de que la tocara. Desde entonces, no había conseguido descubrir qué clase de poder contenía.
No pertenecía a ninguna criatura que sus guardianes hubieran reconocido.
Tampoco parecía una herramienta creada por los dioses del Olimpo.
Era algo diferente.
Y eso bastaba para mantenerlo alerta.
—Mi señor —dijo uno de los guardianes, inclinando la cabeza—, hemos revisado nuevamente los alrededores. No encontramos rastros del intruso.
Hades no apartó la mirada de la piedra.
—¿Y los límites?
—Permanecen protegidos. No hemos detectado otra presencia.
—Eso no significa que haya desaparecido.
El guardián guardó silencio.
Hades levantó uno de los fragmentos con cuidado. La superficie oscura reflejó una luz tenue, y durante un instante creyó distinguir una forma en su interior.
Un jardín.
Flores blancas.
Una fuente de piedra.
Y una mujer de espaldas.
Alison.
El fragmento se quebró entre sus dedos.
Hades cerró la mano y dejó caer los restos sobre la mesa.
La visión había durado apenas un instante, pero fue suficiente para inquietarlo.
¿Por qué aquella presencia estaba relacionada con Alison?
¿Y por qué había tenido la sensación de que no era la primera vez que contemplaba aquel jardín?
Se quedó inmóvil.
Una punzada le atravesó la cabeza. No era dolor físico, sino algo parecido al recuerdo de una emoción que se negaba a adoptar una forma concreta.
Tristeza.
Pérdida.
Una voz que no alcanzaba a comprender.
Hades respiró profundamente.
—Aumenta la vigilancia —ordenó—. Si esa presencia vuelve a acercarse, quiero saberlo antes de que cruce los límites.
—¿Debemos capturarla?
—No. Todavía no sabemos qué estamos buscando.
El guardián obedeció y se retiró.
Hades permaneció solo.
Por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de que conocer la verdad fuera suficiente para resolver el problema.
Había fuerzas que parecían moverse alrededor de Alison sin que ella pudiera verlas. Y, de algún modo, una parte de él sentía que aquellas fuerzas no acababan de llegar a su vida.
Era como si hubieran estado esperando.
Esperándola a ella.
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Alison finalmente se acostó, aunque el sueño tardó en llegar.
La casa estaba en silencio. Desde la calle llegaba de vez en cuando el sonido de unos pasos y el murmullo distante de algún vecino que regresaba a su hogar.
Se acomodó y cerró los ojos.
No quería volver a soñar con aquel jardín.
No quería escuchar otra vez aquella voz.
Y, sobre todo, no quería despertarse con la sensación de haber perdido algo que no podía nombrar.
Sin embargo, cuando el sueño la venció, el mundo volvió a transformarse.
Primero apareció la oscuridad.
Después, el sonido del agua.
Alison se encontró junto a un río negro, frente a unas puertas enormes que se elevaban por encima de ella. El aire era frío y el silencio parecía tan profundo que hasta su respiración sonaba extraña.
No sabía cómo había llegado allí.
Miró a su alrededor.
—¿Hola?
Nadie respondió.
Dio un paso hacia las puertas, pero una voz surgió detrás de ella.
—No deberías estar aquí.
Alison se volvió rápidamente.
El hombre estaba a cierta distancia. Su rostro seguía siendo difícil de distinguir, pero sus ojos oscuros le provocaron la misma sensación que siempre.
Dolor.
Familiaridad.
Una tristeza que parecía pertenecerle también a ella.
—¿Quién eres? —preguntó Alison.
El desconocido no respondió.
—Siempre apareces en mis sueños —continuó ella—. Me dices cosas que no comprendo y desapareces antes de que pueda preguntarte nada.
Él bajó la mirada.
—No es tan sencillo.
—Entonces explícamelo.
El hombre dio un paso hacia ella, pero se detuvo de inmediato, como si una distancia invisible le impidiera acercarse.
Alison sintió que el corazón le latía con fuerza.
—¿Te conozco?
Por un instante, creyó ver dolor en su rostro.
—Más de lo que imaginas.
Las palabras la dejaron sin aliento.
—¿Qué significa eso?
El desconocido levantó la mirada.
—Pregúntale a Hades qué está intentando recordar.
Alison sintió un escalofrío.
—¿Por qué tendría que preguntárselo a él? ¿Qué tiene que ver Hades contigo?
El hombre apretó la mandíbula.
Parecía querer responder, pero una sombra comenzó a extenderse bajo sus pies.
—Espera —dijo Alison, avanzando hacia él—. ¡No te vayas!
El desconocido la miró por última vez.
Había tanta tristeza en sus ojos que Alison sintió ganas de llorar sin comprender la razón.
—Todavía no —susurró él.
La oscuridad lo envolvió.
—¡Espera!
Alison corrió hacia el lugar donde había estado, pero solo encontró aire frío.
Las enormes puertas comenzaron a cerrarse.
Y justo antes de que el sueño se desvaneciera, escuchó una última frase.
—No permitas que recuerde demasiado tarde.
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Alison despertó sobresaltada.
La habitación seguía oscura. Su respiración era agitada y tenía los ojos húmedos, aunque no recordaba haber llorado.
Se incorporó lentamente.
Esta vez había escuchado algo distinto.
No solo una advertencia.
Una súplica.
No permitas que recuerde demasiado tarde.
Se abrazó a sí misma, intentando calmar el temblor de sus manos.
No sabía quién era aquel hombre. No sabía por qué aparecía en sus sueños ni por qué parecía sufrir cada vez que la veía.
Pero ya no podía fingir que todo aquello carecía de importancia.
Y había otra cosa que no podía ignorar.
El desconocido había mencionado a Hades una vez más.
Alison miró hacia la entrada de su vivienda, como si esperara encontrar allí alguna respuesta.
Mañana lo vería.
Y esta vez no se conformaría con una advertencia, una mirada triste o una promesa a medias.
Le preguntaría qué estaba intentando recordar.
Aunque todavía no sabía que, en algún lugar muy lejos de ella, Hades acababa de hacerse exactamente la misma pregunta.