México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
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Capítulo 21 Lo que no se entierra
Amalia no apartó la mirada.
Sombra tampoco.
La música continuaba. Las conversaciones habían vuelto a llenar el salón después de las presentaciones y, alrededor de ellos, decenas de personas seguían comportándose como si no acabara de ocurrir nada extraordinario.
Pero para Amalia todo había cambiado.
Él estaba vivo.
Y eso era apenas el principio.
Había otro nombre.
Otra ropa.
Otra manera de moverse entre personas que, meses atrás, ella jamás habría relacionado con el hombre del sombrero negro.
Y él seguía allí.
Sin acercarse.
Amalia sostuvo su mirada con una exigencia que no se molestó en ocultar.
Ven.
Sombra pareció comprenderla.
Sus ojos se desviaron apenas.
No hacia Rafael.
No hacia Mariel.
Hacia Gustavo.
Amalia siguió el movimiento.
Su prometido conversaba a pocos metros con un militar y dos caballeros. No los estaba observando, pero bastaría que levantara la cabeza.
Cuando Amalia volvió a mirar a Sombra, él hizo un movimiento mínimo.
Casi imperceptible.
No.
Todavía no.
Amalia apretó la copa.
Detestaba comprenderlo.
Detestaba aún más que después de meses separados continuara siendo capaz de entender sus silencios.
Sombra regresó tranquilamente a la conversación que mantenía.
Como si nada.
Amalia quiso arrojarle la copa.
—Tengo la impresión —murmuró Katherine— de que estás pensando algo poco apropiado para una dama.
—Mucho.
—¿Incluye romper objetos?
—Quizá.
Katherine dejó escapar una respiración.
—Entonces procuraré mantenerte lejos de la cristalería.
Amalia no sonrió.
Katherine la observó unos segundos y dejó las bromas.
—¿Quieres irte?
—No.
—¿Quieres que llame a tus padres?
—No.
—¿Quieres decirme quiénes son?
Amalia miró a Rafael y Mariel.
—No sé cómo explicarlo.
Era la verdad.
---
La oportunidad apareció varios minutos después.
Una señora de edad se aproximó acompañada por Mariel.
Amalia la reconoció como una mujer a la que Doña Elena había saludado al llegar.
—Señorita De la Vega.
Amalia recuperó inmediatamente la compostura.
—Señora.
—Quisiera presentarle a una joven que ha llegado recientemente a la capital.
Mariel se adelantó.
Ni una sola señal exterior reveló que ambas mujeres se conocían.
Amalia estuvo a punto de admirarla.
Vestido elegante. Cabello chocolate perfectamente arreglado. Espalda recta. Sonrisa medida.
—La señora Santos —continuó la mujer—. Su esposo y ella están vinculados a una familia hacendada de Sonora. Personas encantadoras.
Señora Santos.
Amalia casi miró hacia Rafael.
Mariel hizo una reverencia discreta.
—Es un placer, señorita De la Vega.
—El placer es mío.
Sus ojos se encontraron.
Y allí estaba.
Mariel.
La verdadera.
Oculta detrás de toda aquella elegancia.
Amalia reconoció el pequeño movimiento de sus labios, esa manera de contener una sonrisa cuando estaba a punto de decir algo impropio.
La señora continuó hablando unos instantes y finalmente se retiró para saludar a otros invitados.
Katherine permaneció cerca.
Mariel la miró.
Amalia comprendió.
—Katherine, te presento a la señora Santos. Katherine Alvarado.
—Un gusto.
—Igualmente.
Katherine miró de una a otra.
Demasiado observadora.
—Creo que iré por otra copa.
Amalia la miró.
Katherine levantó una ceja.
No soy idiota.
Y se alejó.
Mariel esperó.
—Tranquila —murmuró.
Amalia la miró con tal incredulidad que Mariel perdió por un instante su impecable expresión.
—¿Tranquila?
—Bueno...
—¿Cuánto tiempo?
Mariel frunció el ceño.
—¿Qué?
Amalia se acercó apenas.
—¿Cuánto tiempo lleva vivo?
El rostro de Mariel cambió.
Toda la seguridad desapareció.
—Amalia...
Ella comprendió.
—No lo sabías.
—¿Saber qué?
—Que yo creía que estaba muerto.
Mariel palideció.
—Nosotros no sabíamos.
Amalia soltó una pequeña risa sin humor.
—Yo tampoco.
—Amalia...
—Me dijeron que cayó por un barranco. Que había sangre. Que la carreta quedó destrozada. Que no encontraron el cuerpo porque probablemente había caído todavía más abajo.
Mariel la miró con auténtico dolor.
—Dios mío.
—Durante meses.
Mariel quiso tocarle la mano.
Se detuvo antes de hacerlo.
Había demasiados ojos.
—No sabíamos que te habían dicho eso.
—¿Y él?
Mariel miró hacia Sombra.
—Él tampoco.
Amalia siguió su mirada.
—Pues tiene mucho que explicarme.
—Sí.
La respuesta sorprendió a Amalia.
Mariel no intentó defenderlo.
—Hay cosas que tienes que saber.
—Pues empiecen a hablar.
Mariel respiró.
—No me corresponde contártelas todas.
—Claro.
Amalia endureció la expresión.
—También hay reglas para los secretos.
—No es eso.
—Entonces dime quién es.
Mariel calló.
Amalia señaló apenas con los ojos hacia Sombra.
—¿Quién es ese hombre?
—Amalia...
Un caballero se aproximó.
—Señora Santos.
Mariel se enderezó inmediatamente.
—Señor.
La conversación terminó.
Antes de alejarse, Mariel murmuró:
—Habla con él.
Amalia respondió sin mirarla:
—Eso pienso hacer.
---
Pasaron otros veinte minutos.
Para Amalia fueron eternos.
Sombra no volvió a acercarse.
Gustavo apareció junto a ella dos veces.
La primera para presentarle a un matrimonio.
La segunda para preguntarle si deseaba bailar.
—No ahora.
—¿Se encuentra bien?
—Perfectamente.
Gustavo la estudió.
—Está distraída.
—Hay demasiada gente.
—Podemos retirarnos temprano.
—No es necesario.
Amalia sonrió.
La sonrisa exacta que había aprendido durante aquellos meses.
Gustavo pareció aceptar la respuesta.
Se alejó.
Amalia esperó.
Cinco minutos.
Después dejó la copa sobre una bandeja.
—Necesito aire —le dijo a Katherine.
—Claro.
Amalia comenzó a caminar.
No miró hacia Sombra.
Atravesó el salón con calma.
Llegó al corredor.
Entonces, justo antes de desaparecer, volvió el rostro una sola vez.
Sus ojos encontraron los de él.
Nada más.
No sonrió.
No inclinó la cabeza.
No hizo gesto alguno.
Pero la orden quedó allí.
Katherine vio el intercambio.
Rafael también.
Mariel cerró los ojos brevemente.
—Allá va —murmuró Rafael.
—Cállate.
—No dije nada malo.
—Todavía.
Sombra no se movió.
Continuó conversando con un hombre durante casi un minuto.
Rafael lo miró.
—Vas a ir.
—Sí.
—Va a matarte.
—Probablemente.
—Qué bueno que te recuperaste.
Sombra le dirigió una mirada seca.
Rafael levantó su copa.
—Suerte.
---
Amalia salió a una galería abierta hacia el jardín.
El aire nocturno estaba frío.
Apoyó ambas manos sobre la balaustrada.
Esperó.
Diez segundos.
Veinte.
Treinta.
Empezó a enfurecerse todavía más.
Entonces escuchó pasos.
No se volvió.
Los reconoció.
Eso también la irritó.
Los pasos se detuvieron detrás de ella.
Silencio.
Después aquella voz.
—Amalia.
Cerró los ojos.
Meses.
Habían pasado meses sin escuchar su nombre pronunciado así.
Giró.
Allí estaba.
Mucho más cerca.
La elegancia del traje no conseguía ocultarlo.
Los mismos ojos.
La misma cicatriz que recordaba.
La cruz negra.
Sombra abrió la boca.
Amalia habló primero.
—¿Estás vivo?
Él parpadeó.
La pregunta pareció desconcertarlo.
—Como puedes ver.
Error.
Amalia cruzó la distancia.
—No bromees conmigo.
Sombra dejó de respirar por un instante.
—Amalia...
—¿Cuánto tiempo?
—¿Cuánto tiempo qué?
—¿Cuánto tiempo llevas vivo?
Entonces comprendió.
Amalia lo vio.
La frialdad de su rostro se quebró apenas.
—¿Qué te dijeron?
—No respondas con otra pregunta.
—Amalia.
—Gustavo regresó diciendo que la carreta había caído por el barranco contigo encima.
Sombra quedó inmóvil.
—Dijo que encontraron sangre. Que no encontraron tu cuerpo. Sus hombres dijeron que nadie podía sobrevivir a aquella caída.
Silencio.
—Y yo les creí.
Sombra bajó ligeramente la mirada.
—No sabía que te lo habían dicho.
—Pero sí sabías que todos te creían muerto.
Sombra no respondió inmediatamente.
Amalia esperó.
No permitiría que escapara.
—Sí.
La palma de Amalia golpeó su pecho.
Una sola vez.
—Idiota.
Sombra ni siquiera intentó detenerla.
—Amalia...
—Te enterré sin tener un cuerpo.
Aquello sí lo golpeó.
No físicamente.
Ella tragó saliva.
—Pasé meses preguntándome dónde habían dejado tu cuerpo.
Sombra perdió por primera vez toda respuesta.
Amalia se apartó.
—Y tú estabas vivo.
—Estaba herido.
—Pero vivo.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Varias semanas apenas podía...
—No me importa cuánto tardaste en levantarte.
Mentía.
Le importaba.
Muchísimo.
—Me importa que después lo hiciste. Caminaste. Viajaste. Llegaste hasta aquí. Y jamás...
Se detuvo.
Sombra la observaba.
—No sabía dónde estabas.
Amalia soltó una risa amarga.
—Qué conveniente.
—Es verdad.
—¿Y ahora debo creerte?
Sombra endureció ligeramente la mandíbula.
—No te he pedido que lo hagas.
—Todavía.
Silencio.
La música llegaba amortiguada desde el salón.
Amalia respiró profundamente.
—¿Quién eres?
Sombra no respondió.
—¿Por qué ese hombre te llamó por otro nombre?
Silencio.
—¿Por qué sabes moverte ahí dentro como si hubieras pasado la vida haciéndolo?
Nada.
—¿Qué hacen Rafael y Mariel aquí? ¿Desde cuándo son un matrimonio de hacendados de Sonora? ¿Por qué desaparecieron? ¿Por qué nunca me dijiste tu verdadero nombre?
—Amalia.
—No. No uses mi nombre para evitar responder.
Sombra bajó la voz.
—No puedo contestarte todo esta noche.
—¿No puedes o no quieres?
—Ambas.
La sinceridad la desarmó durante un segundo.
—Al menos sigues siendo desesperante.
—Eso no cambió.
Ella casi sonrió.
Casi.
Entonces Sombra preguntó:
—¿Qué haces en Ciudad de México?
Amalia lo miró incrédula.
—¿Eso vas a preguntarme?
—Sí.
—Después de todo lo que acabo de...
—¿Cuándo saliste de Coahuila?
Había algo distinto en su voz.
—Poco después de que supuestamente murieras.
Sombra frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Mis padres vinieron conmigo.
—¿Por qué?
Amalia lo miró.
—Por la boda.
La palabra cayó entre ambos.
Sombra no se movió.
Pero Amalia lo conocía.
Vio cómo se tensaba su mandíbula.
Cómo sus ojos se endurecían.
Cómo la mano junto a su cuerpo se cerraba lentamente.
—Ah.
Amalia arqueó una ceja.
—¿Ah?
—Entiendo.
—No parece.
—Tus padres siguen con los preparativos.
—Sí.
—Con Gustavo.
—¿Con quién más?
Sombra apartó la mirada.
Amalia sintió una satisfacción cruel.
—¿Eso sí te importa?
Sus ojos volvieron inmediatamente a ella.
—No juegues conmigo.
—¿Por qué? Tú pareces bastante bueno haciéndolo.
Aquello lo hizo callar.
La distancia entre ambos se había reducido sin que ninguno supiera exactamente cuándo.
Amalia podía percibir su respiración.
Sombra bajó los ojos hacia ella.
Por un instante, meses enteros parecieron comprimirse entre ambos.
El río.
El campamento.
El baile.
El pañuelo.
La despedida.
El establo.
El barranco.
Amalia sintió el impulso de acercarse.
Sombra también pareció hacerlo.
Apenas un movimiento.
Nada más.
Amalia retrocedió.
No.
Todavía no.
Él lo entendió.
—No vuelvas a desaparecer.
Sombra la miró.
—No puedo prometerte eso.
Amalia sintió que algo dentro de ella se endurecía.
—Entonces no me pidas que confíe en ti.
Esta vez Sombra no tuvo respuesta.
Voces llegaron desde el corredor.
Amalia se volvió.
Katherine apareció.
Se detuvo al verlos.
Sus ojos verdes fueron de Amalia a Sombra.
Luego nuevamente a Amalia.
No hizo preguntas.
—Gustavo te está buscando.
La expresión de Sombra cambió inmediatamente.
Amalia recuperó la suya.
—¿Desde cuándo?
—Hace un momento. Le dije que necesitabas aire y que había venido a buscarte.
Amalia entendió perfectamente lo que Katherine acababa de hacer por ella.
—Gracias.
Katherine asintió.
Amalia miró una última vez a Sombra.
—Esto no terminó.
—No.
—Bien.
Pasó junto a él.
Katherine comenzó a seguirla.
Antes de marcharse, miró a Sombra.
Lo estudió de arriba abajo.
—Definitivamente no parece muerto.
—Katherine.
—Ya voy.
Sombra casi sonrió.
Amalia no.
Aunque estuvo peligrosamente cerca.
---
Cuando regresaron al salón, Gustavo las encontró enseguida.
—Amalia.
—Gustavo.
—La estaba buscando.
Katherine respondió antes que ella.
—Necesitaba aire. Fui a buscarla porque estaba tardando demasiado.
Gustavo miró a Amalia.
—¿Se encuentra bien?
Amalia sonrió.
Perfectamente.
—Sí.
Mentira.
—Solo necesitaba respirar un poco.
Gustavo ofreció el brazo.
Amalia lo aceptó porque había demasiados ojos alrededor.
Mientras él hablaba de algo que ella no escuchaba, Amalia levantó la mirada.
Al otro extremo del salón, Sombra acababa de regresar.
Rafael le dijo algo.
Mariel lo observó con demasiada atención.
Sombra no respondió a ninguno.
Buscó a Amalia.
La encontró junto a Gustavo.
Sus miradas volvieron a encontrarse.
Pero ya no eran las mismas de antes.
Ahora Amalia sabía que había sobrevivido.
Sombra sabía que ella lo había llorado.
Amalia sabía que él ocultaba mucho más que un nombre.
Y Sombra sabía que Gustavo todavía tenía un lugar impuesto en el futuro que otros habían elegido para ella.
No habían solucionado nada.
No sabían cuándo podrían volver a hablar sin ojos alrededor.
No habían explicado los meses perdidos.
No habían hablado de las heridas.
Ni del pañuelo.
Ni de Sonora.
Ni del extraño lugar que Rafael y Mariel ocupaban ahora.
Ni del nombre que Sombra todavía no había explicado.
Mucho menos de todo aquello que él seguía ocultando.
Gustavo continuó hablando.
Amalia respondió cuando correspondía.
Sonrió cuando debía.
Sombra hizo exactamente lo mismo desde el otro lado del salón.
Dos personas perfectamente capaces de fingir frente a todos.
Excepto entre ellas.
Porque después de meses creyendo que uno estaba muerto y el otro perdido para siempre, aquel encuentro no había cerrado nada.
Solo había destruido la única mentira que les había permitido mantenerse separados:
que lo ocurrido en Coahuila había terminado.