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Cuando Rezábamos Bajito

Cuando Rezábamos Bajito

Status: Terminada
Genre:Yuri / Amor prohibido / Época / Completas
Popularitas:385
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.

En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.

Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.

Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 14 - EL HOMBRE DE OLVERA

Luis llegó un viernes de noviembre, a las seis de la tarde, cuando Triana estaba llena.

Yo lo supe antes de verlo, por la cara de Lola.

Estaba yo en la trastienda sentada con los pies hinchados en un balde de agua fría que me había preparado Doña Rosario para los edemas. Tenía ocho meses y medio y ya no podía estar de pie más de diez minutos. Lucía estaba tan grande que me empujaba las costillas y me dejaba sin aire. Zoe estaba en la tienda atendiendo, con su pelo recogido y un lápiz en la oreja, como Lola.

De repente escuché la campanita de la puerta y la voz de Lola, que no era su voz de vendedora. Era su voz ronca de cuando fumaba sin ganas.

- ¿Qué quiere?

Y después una voz de hombre. De hombre joven, pero con voz de alcalde. De esos que hablan alto porque creen que todos les tienen que escuchar.

- Busco a Zoe Araya. Me dijeron que está aquí. Soy su prometido.

Se me heló el agua de los pies.

Zoe no contestó. Escuché que se le cayó el lápiz al suelo.

Salí como pude de la trastienda, agarrándome a la pared. Con el vestido ancho de flores y la barriga que ya no se podía esconder.

En la puerta de la tienda estaba Luis. Era tal cual me lo había imaginado por lo que contaban en Olvera. Alto, con bigote fino, camisa blanca muy planchada y un coche negro aparcado afuera que no era de Triana. Olía a colonia cara. A hombre que nunca se ha lavado las manos con lejía.

Me miró a mí primero. A la barriga. Después miró a Zoe.

- Zoe. Por fin. Tu madre está destrozada. Todo Olvera está hablando. Te vienes ahora mismo conmigo.

Zoe estaba pálida, pero no temblaba. Tenía las manos metidas en el delantal de Lola para que no se le vieran.

- Yo no me voy a ningún lado contigo - dijo. Bajito, pero claro -. Yo no soy tu prometida. Nunca lo fui.

Luis se rió. Una risa fea.

- ¿Qué es esto? ¿Te has vuelto loca con estas...? - nos miró a Lola y a mí -. ¿Con estas rojas? Tu padre es juez, Zoe. ¿Sabes la vergüenza que le estás haciendo pasar? ¿Escapándote con una criada embarazada?

Lola dio un paso adelante. Se puso delante de Zoe. Lola era más baja que Luis, pero en su tienda era gigante.

- En mi tienda no se habla así de mis sobrinas - dijo, con el cigarro apagado entre los dedos -. Mis sobrinas son Vidal. Ana y Zoe Vidal. Y si usted no va a comprar tela, se va.

- Yo no vengo a comprar tela. Vengo a llevarme a lo que es mío. Y esta chica - me señaló a mí - seguro que ni papeles tiene. Seguro que es una puta que se ha preñado por ahí.

Yo sentí que Lucía se movía muy fuerte, como si me defendiera. Me puse la mano en la barriga por instinto.

Zoe entonces se quitó las manos del delantal y se puso delante de mí. Delante de mi barriga.

- No la llames puta - le dijo a Luis, gritando ya -. No la llames así. Ella vale diez veces más que tú. Y no es tuya ni es mía. No es de nadie. Y yo tampoco soy tuya. Nunca fui tuya.

Toda la calle se había parado a mirar. En Triana en 1957, que un hombre bien vestido gritara en una tienda de telas era un espectáculo. Dos señoras con bolsas se quedaron en la puerta mirando.

Luis se puso rojo. Rojo de vergüenza, no de rabia. Porque en Triana, aunque fuera hijo del alcalde de Olvera, no era nadie.

- Te vas a arrepentir, Zoe. Tu padre te va a encerrar en un reformatorio. Y a esta - me señaló otra vez - la van a meter presa por robar papeles. Que me lo dijo el jefe de estación de Olvera, que viajó con un carnet falso.

Lola abrió la puerta de la tienda de par en par.

- Fuera de mi tienda. Ahora mismo. O llamo a Doña Rosario y a todas las gitanas de la calle Pagés y vas a ver lo que es una vergüenza de verdad.

Luis nos miró a las tres. A Lola con su bata de modista, a Zoe de 19 años con la cara llena de lágrimas pero sin agacharse, y a mí, de 22, embarazada de ocho meses y medio, de pie aunque me dolieran los pies, con la mano en la barriga.

Entendió que no nos iba a llevar. No ese día.

- Ya nos veremos en Olvera - dijo, y se fue. Se subió a su coche negro y se fue por la calle de Triana haciendo ruido.

Cuando el coche desapareció, Lola cerró la puerta con llave y bajó la persiana a la mitad. Zoe se dejó caer al suelo y se puso a llorar. Yo me dejé caer a su lado, como pude, con la barriga enorme.

Lola se agachó con nosotras y nos abrazó a las dos. Olía a tabaco y a tela nueva.

- No va a volver solo - dijo Lola bajito -. Estos hombres vuelven con otro hombre. Con el padre o con la Guardia Civil. Esta noche no duermen aquí. Esta noche duermen en casa de Rosario. Yo cierro la tienda y digo que se fueron a Sevilla centro a comprar telas.

Esa noche recogimos lo poco que teníamos - el libro de Mujercitas, el frasco de hierro, el pañito bordado de Rosario y la carta quemada de Sor Inés que ya no existía - y nos fuimos por el patio trasero a casa de Doña Rosario.

Yo caminaba lento, con ocho meses y medio, agarrada a Zoe. Zoe caminaba rápido, mirando para atrás todo el rato, por si el coche negro volvía.

No volvió esa noche. Pero sabíamos que Olvera había encontrado Triana.

Y que ahora Triana tenía que escondernos mejor.

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