Misaki Kuroda tiene demasiadas razones para odiar a los De Luca.
Hija del líder de una poderosa familia de la Yakuza, fue criada para no mostrar debilidad. Pero cuando un De Luca destruyó la vida que había imaginado para sí misma, Misaki respondió de la única manera que conocía: con sangre.
Dante De Luca no la culpa. Conocía demasiado bien a su hermano y sabe que Misaki tenía motivos para hacer lo que hizo. Pero comprenderla no significa que quiera convertirla en su esposa.
Para poner fin a años de enfrentamientos, los Kuroda y los De Luca sellan la paz mediante un matrimonio.
Misaki deberá casarse con un hombre cuyo apellido representa todo lo que perdió. Dante deberá compartir su vida con una mujer que tiene razones suficientes para odiar a toda su familia.
No habrá amor. No se espera perdón.
Pero el verdadero peligro comenzará cuando Dante deje de ser para Misaki simplemente un De Luca.
Porque hay sentimientos que ni el odio, ni la sangre, ni una familia pueden controlar.
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Capitulo 19
El automóvil se detuvo frente a uno de los restaurantes más exclusivos del centro de Manhattan.
Misaki observó el edificio a través de la ventanilla.
Elegante.
Discreto.
Sin grandes carteles ni luces exageradas que anunciaran lo que era.
No las necesitaba.
Los automóviles estacionados frente a la entrada, los hombres de traje custodiando discretamente las puertas y la clase de personas que entraban y salían del lugar decían suficiente.
Dante había elegido bien.
Demasiado bien.
Misaki giró lentamente hacia él.
—¿Esto es necesario?
Dante se acomodó el saco.
—¿Comer?
—Todo esto.
—Mi padre quería que nos vieran.
—Podían vernos en cualquier restaurante.
—Yo no como en cualquier restaurante.
Misaki arqueó una ceja.
—Qué delicado.
Dante sonrió.
La verdad era un poco más incómoda.
Había pasado más tiempo del necesario eligiendo aquel lugar.
Y aunque jamás lo habría reconocido en voz alta, una parte de él quería impresionarla.
Aunque fuera un poco.
Conseguir alguna reacción.
Una mirada.
Un comentario.
Algo.
Hasta el momento, Misaki parecía tan impresionada como si acabaran de detenerse frente a un supermercado.
El chofer abrió la puerta.
Dante salió primero.
Las miradas comenzaron casi inmediatamente.
Algunas discretas.
Otras no tanto.
El apellido De Luca era conocido.
Y después de los rumores que habían empezado a circular durante las últimas horas, la mujer que bajara de aquel automóvil junto a él iba a despertar todavía más interés.
Dante se volvió.
Misaki apareció.
Por un instante, las conversaciones cercanas parecieron disminuir.
Dante extendió una mano hacia ella.
Misaki la miró.
Después levantó los ojos hacia él.
—Puedo bajar sola.
—Ya lo sé.
—Entonces sacá la mano.
—Nos están mirando.
—Que miren.
Dante no la retiró.
—Se supone que tenemos que parecer comprometidos.
—Estamos comprometidos. No discapacitados.
Dante apretó los labios para contener una sonrisa.
—Sos realmente insoportable.
Misaki salió sin aceptar su mano.
Pasó junto a él.
—Y todavía faltan quince días.
Dante la siguió.
No vio lo que ocurrió en el rostro de Misaki cuando él rozó accidentalmente su espalda al acercarse.
Fue apenas un contacto.
Nada.
Pero el cuerpo de Misaki se tensó.
Durante una fracción de segundo ya no estuvo frente a aquel restaurante.
Vio una sonrisa.
Un río.
Un anillo.
Casate conmigo.
Ren.
Misaki tragó saliva.
Cada vez que Dante la tocaba aparecía aquella sensación.
Culpa.
Absurda.
Dolorosa.
Como si permitir que las manos de otro hombre tocaran su cuerpo significara borrar las de Ren.
Como si avanzar un centímetro fuera abandonarlo un poco.
Apretó los dedos.
No.
Dante no significaba nada.
Nunca significaría nada.
Entró al restaurante sin mirar atrás.
Los condujeron hacia una de las mejores mesas.
Privada, pero no demasiado.
Exactamente lo suficientemente visible.
Misaki lo entendió enseguida.
—Conveniente.
Dante la miró.
—¿Qué cosa?
—La mesa.
Observó alrededor.
—Todo el restaurante puede vernos.
—Ese era el objetivo.
Dante se adelantó y retiró la silla para ella.
Misaki se detuvo.
Lo miró.
Después miró la silla.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara dice otra cosa.
—No sabía que sabías comportarte como un caballero.
Dante apoyó una mano sobre el respaldo.
—Tengo muchas habilidades ocultas.
—Espero que alguna sea útil.
—Sentate, Misaki.
Ella finalmente lo hizo.
Dante acomodó la silla y ocupó su lugar frente a ella.
Entonces lo vio.
A varios metros de distancia, cerca de uno de los accesos laterales del salón, Hiroshi permanecía de pie.
Traje negro.
Manos delante del cuerpo.
Atento.
Sus ojos recorrían constantemente el restaurante.
Dante lo observó.
Después miró a Misaki.
Después nuevamente a Hiroshi.
—¿Va a quedarse ahí toda la noche?
Misaki ni siquiera necesitó mirar.
—Sí.
—Qué romántico.
Ella tomó la carta.
—No vinimos a tener una velada romántica.
—Gracias por recordármelo.
Dante abrió su propio menú.
Pasaron algunos segundos.
Volvió a levantar los ojos.
Hiroshi continuaba allí.
—¿Tenés miedo de que te envenene?
Misaki bajó lentamente la carta.
—¿Qué?
Dante señaló discretamente con la mirada hacia Hiroshi.
—Kagawa.
—Hiroshi.
Dante sintió aquella pequeña molestia otra vez.
—Sí. Él.
Misaki arqueó una ceja.
—¿Qué pasa con él?
—Parece estar esperando que intente envenenarte.
—No necesito que Hiroshi pruebe mi comida.
—Qué alivio.
Misaki cerró parcialmente la carta.
—Mis hombres están entrenados para observar todo lo que sucede a mi alrededor.
Dante apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Los míos también.
Ella lo miró.
Y sonrió apenas.
Dante reconoció inmediatamente aquella expresión.
No le iba a gustar lo que seguía.
—¿Estás seguro?
—Bastante.
—Curioso.
—¿Por qué?
—La primera vez que nos vimos, varios hombres consiguieron entrar armados al lugar donde estaban reunidas las dos familias.
La mandíbula de Dante se tensó.
Misaki continuó tranquilamente:
—Y uno estuvo a punto de matarte.
—No estuvo a punto de matarme.
—Claro.
—Lo tenía controlado.
—Por eso terminé yo con un arma en su cuerpo.
Dante dejó la carta sobre la mesa.
—Lo vi tarde.
—Exactamente.
—Eso no significa que mis hombres no estén preparados.
Misaki tomó su copa de agua.
—Si te hace sentir mejor pensar eso...
Dante la observó fijamente.
—¿Siempre sos así?
Misaki bebió.
—¿Así cómo?
—Insufrible.
—Sí.
Dante respiró lentamente por la nariz.
Hiroshi seguía al fondo.
Por un instante tuvo la absurda impresión de que el japonés estaba disfrutando de la situación.
El camarero se acercó.
Dante no necesitó demasiado tiempo para decidir.
—La pasta.
Indicó una de las opciones de la carta.
—Excelente elección, señor.
El camarero se volvió hacia Misaki.
Ella seguía mirando el menú.
Dante esperó.
Misaki pasó una página.
Después otra.
Volvió a la anterior.
Dante la observó.
Era la primera vez desde que habían llegado que parecía dudar sobre algo.
—¿No sabés qué elegir?
Misaki levantó los ojos.
—Sé leer una carta.
—No dije que no supieras.
Ella volvió al menú.
Dante apoyó la espalda contra la silla.
—La pasta de acá es increíble.
Misaki no respondió.
—Podés pedirla.
Nada.
—Es uno de los mejores restaurantes de la ciudad.
Ella continuó leyendo.
Dante sonrió apenas.
—Tres estrellas Michelin.
Misaki levantó finalmente los ojos.
—¿Esperás que aplauda?
—Intentaba ayudarte.
—No necesito ayuda para elegir comida.
—Ya me quedó claro que no necesitás ayuda para absolutamente nada.
Misaki volvió a mirar la carta.
Sus ojos recorrieron las opciones.
Pasta.
Pan.
Más pasta.
Preparaciones que descartaba apenas leía los ingredientes.
Dante no podía saberlo.
Y no iba a explicárselo.
Finalmente cerró el menú.
—La ensalada.
El camarero dudó.
—¿La ensalada de temporada, señora?
—Sí.
Dante la miró.
—¿Una ensalada?
Misaki giró lentamente hacia él.
—¿Hay algún problema?
—Estamos en un restaurante de tres estrellas Michelin.
—Ya lo mencionaste.
—Y vas a pedir una ensalada.
—Eso parece.
—Podés comer una ensalada en cualquier lugar.
—También puedo matarte en cualquier lugar y, sin embargo, elegimos este.
El camarero bajó discretamente la mirada.
Dante se quedó en silencio.
—La ensalada para la señora —dijo finalmente.
—Perfecto.
El camarero se retiró.
Dante esperó hasta que estuviera suficientemente lejos.
—¿No comés pasta?
Misaki tomó su copa.
—No.
—¿No te gusta?
—No.
—¿La probaste?
—Sí.
—Entonces no entiendo.
—No es necesario que entiendas.
Dante la observó.
—Era una pregunta.
—Y ya te respondí.
—No realmente.
—Pedí una ensalada.
—Eso sí lo entendí.
Misaki bebió agua.
Dante continuó mirándola unos segundos.
Había algo ahí.
Lo había notado.
Una pequeña vacilación cuando había recorrido el menú.
Pero decidió no insistir.
Por el momento.
La comida llegó poco después.
Dante probó la pasta.
Misaki cortó tranquilamente las hojas de su ensalada.
Silencio.
Él levantó la vista.
Ella comió.
—Entonces...
Misaki siguió comiendo.
—¿Siempre viviste en Japón?
—Sí.
—¿Tokio?
—Sí.
Dante esperó.
Nada más.
—¿Te gusta Nueva York?
—No.
—¿Hay algún lugar que sí te guste?
—Sí.
Dante dejó el tenedor.
—¿Cuál?
Misaki levantó los ojos.
—Japón.
Dante la miró fijamente.
—Esto va estupendamente.
—Vos quisiste cenar conmigo.
—Nuestros padres quisieron.
—Entonces que hubieran venido ellos.
Dante soltó una pequeña risa.
Volvió a comer.
Unos segundos después lo intentó nuevamente.
—¿Cuánto tiempo llevás entrenando?
—Mucho.
—¿Con katana?
—Sí.
—¿También cuerpo a cuerpo?
—Sí.
—¿Armas de fuego?
—Sí.
Dante dejó lentamente el tenedor.
Misaki continuó comiendo.
—¿Sabés mantener una conversación que incluya respuestas de más de una palabra?
Ella levantó la vista.
Pensó.
—Sí.
Dante esperó.
Misaki volvió tranquilamente a su ensalada.
Él la observó.
Después soltó una carcajada.
No pudo evitarlo.
Misaki frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
—Entonces dejá de reírte.
Dante negó con la cabeza.
—Va a ser un matrimonio larguísimo.
Misaki clavó el tenedor en una hoja.
—No necesariamente.
Dante dejó de sonreír.
Ella levantó lentamente los ojos hacia él.
Misaki continuó comiendo en silencio.
Dante, en cambio, parecía incapaz de hacerlo.
—Nueva York no es tan horrible como decís.
Misaki clavó el tenedor en una hoja de lechuga.
—No dije que fuera horrible.
—Dijiste que no te gustaba.
—No es lo mismo.
—Bueno, eso ya son cinco palabras seguidas. Estamos progresando.
Misaki levantó los ojos hacia él.
Dante sonrió.
Ella volvió a su plato.
—Hay lugares interesantes —continuó él—. Podría mostrártelos.
—No.
—¿Ves? Volvimos a una palabra.
Misaki suspiró.
Dante siguió hablando.
De Nueva York.
Del restaurante.
De Italia.
De algún empresario que ambos conocían.
Incluso de la absurda cantidad de dinero que algunas personas estaban dispuestas a pagar por una reserva en aquel lugar.
Misaki respondía ocasionalmente.
—Sí.
O:
—No.
Y, en algunas oportunidades particularmente generosas:
—No sé.
Dante terminó aceptando que mantener una conversación con Misaki Kuroda era muy parecido a interrogar a alguien que había sido entrenado para resistir torturas.
Mientras hablaba, empezó a prestar atención a otra cosa.
Ella apenas comía.
Movía las hojas de un lado al otro del plato.
Un trozo de tomate.
Algo de verdura.
Otro poco.
Sin entusiasmo.
Dante miró su propia pasta.
Después el plato de ella.
—Eso tiene una pinta deprimente.
Misaki no levantó la vista.
—¿Qué?
—Tu comida.
—Es una ensalada.
—Exactamente.
Ella continuó comiendo.
—¿Para qué pediste algo tan soso si ni siquiera parece gustarte?
—Porque quería una ensalada.
—No parece.
Misaki levantó los ojos.
—¿También vas a controlar lo que como cuando estemos casados?
—No. Pero si vas a pasar toda la cena castigando una hoja de lechuga, me genera curiosidad.
—Preocupate por tu plato.
Dante enrolló tranquilamente la pasta alrededor del tenedor.
—Mi plato está excelente.
Misaki miró la pasta apenas un segundo.
Dante lo notó.
—Todavía podés pedir otra cosa.
—Estoy bien.
—Podés probar esto.
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Dante detuvo el tenedor.
—¿Segura?
—Sí.
—Ni siquiera sabés qué—
—Dante.
El tono bastó.
Él levantó una mano.
—Está bien.
Misaki volvió a su ensalada.
Dante también continuó comiendo.
Pero aquella pequeña reacción quedó guardada en algún rincón de su cabeza.
Unos minutos después, Hiroshi abandonó el lugar que había ocupado durante toda la cena.
Dante lo vio acercarse.
Por supuesto que lo vio.
A esas alturas parecía detectar la presencia de Hiroshi antes incluso que Misaki.
El japonés llegó hasta la mesa.
—失礼します。
Disculpe la interrupción.
Misaki levantó inmediatamente los ojos.
Hiroshi se inclinó hacia ella y bajó la voz.
—港から連絡がありました。貨物の到着が予定より早まりました。
Llamaron desde el puerto. El cargamento llegará antes de lo previsto.
La expresión de Misaki cambió.
Muy poco.
Pero Dante lo vio.
—いつ?
¿Cuándo?
—今夜です。確認が必要です。
Esta noche. Necesitan su confirmación.
Hiroshi extendió un teléfono.
—電話です。
La llamada es para usted.
Misaki lo tomó.
Dante observó el intercambio sin entender una sola palabra.
Y aquello le molestó.
Otra vez.
Misaki se volvió hacia él.
—Tengo una llamada importante.
—Ya veo.
—No voy a tardar.
Dante miró el teléfono.
Después a Hiroshi.
—Tomate tu tiempo.
Misaki se levantó.
Se alejó unos metros y llevó el teléfono al oído.
Comenzó a hablar en japonés.
Dante siguió sus movimientos con la mirada.
Después miró a Hiroshi.
Hiroshi permanecía al lado de la mesa.
Serio.
Imperturbable.
Dante tomó su copa.
—¿Vas a quedarte ahí?
Hiroshi lo miró.
—Sí.
—Fantástico.
Silencio.
Dante bebió.
—¿Siempre estás tan cerca de ella?
—Cuando es necesario.
—Parece ser necesario bastante seguido.
Hiroshi sostuvo su mirada.
—Misaki-san confía en mí.
Otra vez.
Dante apretó ligeramente la copa.
—Sí. Eso ya me lo dijiste.
Hiroshi inclinó apenas la cabeza.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Dante sonrió sin humor.
—No era una pregunta.
Los dos hombres se miraron.
Ninguno apartó los ojos inmediatamente.
Finalmente Misaki regresó.
Le extendió el teléfono a Hiroshi.
—終わった。
Terminé.
—ありがとうございます。
Gracias.
Hiroshi tomó el aparato y regresó a su lugar.
Dante lo siguió con la mirada.
Misaki volvió a sentarse.
Pero ya no tocó la comida.
Dante esperó unos segundos.
—¿Problemas?
—No.
—¿Negocios?
—Sí.
—¿Algo que tenga que saber?
—No.
Dante soltó aire por la nariz.
—Por supuesto.
Misaki tomó agua.
—Cuando estemos casados vas a tener un teléfono.
Ella levantó lentamente los ojos.
—¿Qué?
—Un celular.
—Sé lo que es un teléfono.
—Empezaba a dudarlo.
Misaki dejó la copa.
—No me gustan.
—No tiene que gustarte.
—Entonces no voy a tener uno.
—Sí, vas a tener uno.
Sus ojos se endurecieron.
—No me des órdenes.
—No es una orden. Es sentido común.
—Me comunico perfectamente bien.
Dante miró deliberadamente hacia Hiroshi.
—A través de tu perro guardián.
Misaki dejó el tenedor.
Despacio.
—Cuidado.
—¿Qué?
—Con cómo hablás de Hiroshi.
Dante sostuvo su mirada.
—Estoy cansado de necesitar un intermediario cada vez que quiera comunicarme con mi propia esposa.
Misaki estuvo a punto de responder.
Se detuvo.
Mi propia esposa.
La expresión le resultó tan absurda que casi sonrió.
Dante interpretó mal aquel pequeño movimiento de sus labios.
—¿Qué te causa gracia?
Misaki bajó la mirada hacia el plato.
Nada que pudiera explicarle.
Porque Dante hablaba de cómo iban a comunicarse durante su matrimonio como si aquel matrimonio tuviera futuro.
Como si fueran a pasar años juntos.
Como si ella tuviera que acostumbrarse a sus llamadas, sus mensajes y sus exigencias.
Después de la ceremonia.
Tomaremos la casa.
Y van a morir todos.
No necesitaba un teléfono para un matrimonio que no pensaba permitir que durara demasiado.
—Nada —respondió.
Dante la estudió.
—Entonces, ¿vas a tener uno?
Misaki levantó los ojos.
—Veremos.
—Voy a tomar eso como un sí.
—Ese es tu problema.
La cena estaba prácticamente terminada cuando Dante recordó la caja.
Por un momento consideró dejarlo para otro día.
Después recordó las palabras de Massimo.
Que lo vea la gente.
Metió una mano dentro del saco.
Misaki siguió el movimiento con los ojos.
Dante sacó una pequeña caja elegante y la dejó sobre la mesa.
Misaki la miró.
Después lo miró a él.
—¿Qué es eso?
—Una bomba.
Ella no cambió de expresión.
Dante suspiró.
—Era un chiste.
—No fue bueno.
—Abrila.
Misaki miró nuevamente la caja.
—¿Por qué?
—Porque normalmente así funcionan los regalos.
—No quiero un regalo.
—Y yo no quería una prometida que me amenazara con decapitarme. Ninguno está consiguiendo exactamente lo que quiere.
Misaki tomó la caja.
La abrió.
En el interior descansaba un collar extraordinario.
Rubíes oscuros rodeados de diamantes.
La piedra central capturó inmediatamente la luz del restaurante.
Dante observó el rostro de Misaki.
Esperó.
Una reacción.
Cualquiera.
No llegó.
Misaki contempló el collar durante apenas unos segundos.
Después levantó los ojos.
—¿Y?
Dante parpadeó.
—¿Y?
—¿Qué querés que haga?
—No sé. Generalmente cuando alguien recibe una joya así dice algo.
—Ah.
Misaki volvió a mirarla.
—Es cara.
Dante la contempló, incrédulo.
—Gracias por ese profundo análisis.
—¿Querés que mienta?
—Podrías intentar decir que te gusta.
—No me gusta.
Aquello lo tomó desprevenido.
—¿No?
—No.
Misaki cerró la caja.
—No me gustan las joyas.
Dante bajó la mirada hacia ella.
Pendientes discretos.
Nada en las muñecas.
Ningún collar visible.
Ningún anillo.
Tenía razón.
—No usás nada.
—Exactamente.
Dante sintió una decepción ridícula.
Había pasado más tiempo del que quería reconocer eligiendo aquella pieza.
La había imaginado sobre su piel.
Y ella había necesitado aproximadamente diez segundos para rechazarla.
—Bueno.
Se reclinó en el asiento.
—Tampoco es que haya pasado horas pensando qué regalarte.
Mentira.
—Mi padre sugirió que necesitabas algo de compromiso.
Misaki empujó la caja ligeramente hacia él.
—Entonces devolvésela.
—No.
—No la quiero.
—No importa.
—¿Para qué me regalás algo si no te importa que lo quiera?
Dante sostuvo su mirada.
Porque por alguna razón, sí le importaba.
Y eso lo irritó todavía más.
—No era para hacerte feliz, Misaki.
Su tono se volvió indiferente.
—Es para que lo vea la gente.
Los ojos de ella permanecieron sobre los suyos.
—Una demostración.
—Exactamente.
—Como esta cena.
—Exactamente.
Misaki miró nuevamente la caja.
Después la tomó.
—Entonces lo usaré cuando sea necesario.
Dante asintió.
—Perfecto.
Ella dejó la caja junto a su plato.
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El viaje de regreso fue considerablemente más silencioso que el de ida.
Dante permaneció recostado contra el asiento mientras las luces de Manhattan se deslizaban detrás de las ventanillas.
Misaki miraba hacia afuera.
No había vuelto a mencionar el collar.
Ni la cena.
Ni la boda.
Nada.
Dante la observó de reojo.
—¿La pasaste bien?
Misaki tardó unos segundos en responder.
—No.
Dante soltó una risa breve.
—Al menos sos sincera.
Esta vez ella no respondió con alguna de sus habituales provocaciones.
Continuó mirando por la ventanilla.
—No me siento cómoda con el enemigo.
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Dante.
—¿Todavía me considerás tu enemigo?
Misaki giró la cabeza.
Por primera vez en toda la noche no había ironía en sus ojos.
Tampoco aquella frialdad calculada que utilizaba para mantenerlo lejos.
Había algo distinto.
Algo más antiguo.
—Sos un De Luca.
Dante sostuvo su mirada.
—Eso no responde mi pregunta.
—Para mí sí.
Silencio.
Misaki bajó la mirada hacia sus propias manos.
—No me gusta estar con vos. No me gusta sentarme frente a vos y fingir que todo esto es normal. No me gusta que me toques. No me gusta que la gente nos mire como si esto fuera una celebración.
Dante dejó de moverse.
—Misaki...
—Y no me gusta lo que representa tu apellido.
Aquello salió más bajo.
Sin rabia.
Y precisamente por eso dolió más.
Dante la observó durante unos segundos.
Esta vez no tuvo una respuesta rápida.
Ni una provocación.
Ni uno de esos comentarios que utilizaba para conseguir que ella reaccionara.
Porque entendía.
Tal vez no todo.
Pero lo suficiente.
—No elegí lo que hizo mi hermano.
Misaki levantó lentamente los ojos.
—Pero llevaba tu apellido.
Dante apretó la mandíbula.
—Sí.
—El mismo que voy a tener que llevar yo.
Aquello lo hizo callar.
Misaki volvió la mirada hacia la ventanilla.
—Así que no —murmuró—. No la pasé bien.
Dante permaneció observándola.
Por primera vez durante toda la noche, no intentó hacerla hablar.
No le preguntó nada más.
Simplemente dejó que el silencio llenara el automóvil.
Unos minutos después, el vehículo se detuvo frente al hotel.
Misaki tomó su bolso.
—Buenas noches.
Dante arqueó una ceja.
—¿Eso fue un intento de ser amable?
Ella abrió la puerta.
—No arruines el momento.
Dante sonrió apenas.
Misaki bajó del automóvil.
Hiroshi ya estaba allí.
Su vehículo se había detenido detrás del de Dante y, como si aquello formara parte de una rutina perfectamente ensayada, había bajado casi al mismo tiempo que ella.
Misaki comenzó a caminar hacia la entrada del hotel.
Dante la siguió con la mirada.
Entonces vio la caja.
Seguía sobre el asiento.
La misma caja que contenía una joya por la que había pagado una cantidad absurda de dinero.
Y ella se la había olvidado.
Dante soltó una risa incrédula.
—Increíble.
Tomó la caja y bajó del automóvil.
—Misaki.
Ella se detuvo.
Giró.
Dante levantó ligeramente la caja.
—Te olvidás de algo.
Los ojos de Misaki bajaron hacia ella.
Por un instante, pareció no recordar siquiera qué contenía.
—Ah.
Dante entrecerró los ojos.
—¿“Ah”?
—Me olvidé.
—Ya veo.
Misaki dio un paso hacia él.
Pero Hiroshi se adelantó.
—私がお預かりします。
Yo puedo recibirlo.
Misaki lo miró.
Después miró la caja en manos de Dante.
—お願い。
Por favor.
Hiroshi asintió y se volvió hacia Dante.
—Puede entregármelo a mí, señor De Luca.
Dante no hizo ningún movimiento.
—Es de ella.
—Lo sé.
—Entonces preferiría dárselo a ella.
Hiroshi permaneció perfectamente tranquilo.
—Yo me encargo de sus pertenencias.
Dante miró a Misaki.
Ella no parecía encontrar absolutamente nada extraño en aquella situación.
Claro que no.
Hiroshi administraba sus llamadas.
Su agenda.
Sus comunicaciones.
La seguía a todas partes.
Y, aparentemente, ahora también recibía las joyas que le regalaba su futuro marido.
—¿Hay algo de lo que no te encargues? —preguntó Dante.
Hiroshi sostuvo su mirada.
—De lo que Misaki-san no necesite que me encargue.
La respuesta fue impecablemente educada.
Eso consiguió irritarlo todavía más.
Misaki suspiró.
—Dale la caja, Dante.
Él giró hacia ella.
—Podés llevártela vos.
—Hiroshi la llevará a mi habitación.
Dante permaneció inmóvil un segundo.
Después extendió finalmente la caja.
Hiroshi fue a tomarla.
Dante no la soltó.
Durante un instante, ambos hombres quedaron sujetándola.
Los ojos de Hiroshi se levantaron hacia los suyos.
—Es un regalo para Misaki —dijo Dante.
—Lo entendí perfectamente.
—Entonces asegurate de que lo reciba.
—Todo lo que es de Misaki-san está seguro conmigo.
Dante sostuvo su mirada un segundo más.
Finalmente soltó la caja.
y más animal delante de su hijo
dios mío santo este hombre es un bruto
será muy difícil el acercamiento de estos dos protagonistas si bien es cierto fue Lucio de luca quien lo mató
no es culpa de toda la familia bien claro nos dice dante que Lucio actuaba solo era un sicópata asesino un maldito y creo que misaky hizo su propia justicia si asesinarlo pero ahí termino y ella debe sanar necesita un sicólogo que le ayude a superar su dolor.
ahora veremos qué sucede🙎🙎🙎
esa mujer no sabe que eres el jefe al parecer cree que puede manipular todo de una vez ponla en su sitio
ponle una casa
total ella más está en la calle comprando bailando comiendo teniendo amantes en fin su vida loca
las niñeras cuidan de Mateo
y aquí es donde lo digo por primera vez que estos dos protagonistas no deben quedar juntos ojalá sea diferente y no sea el final feliz por ensima de dos vidas que no tenían nada que pagar
que bueno que Misaki lo degolló y fue poco
estoy odiando a Dante
dante no sabes en realidad porque odia a toda tu familia lo que significa para ella tu apellido
🤷🤷🤷 cómo es que estos dos se van a enamorar🙎🙎🙎deberá pasar algo increíble que los una
por que ella está siendo un clavo en el culo
no se pero esta vien el coraje de Misaki pero se está portando con el de lo peor
esa carne. es un problema se nota
se que es la madre de tu hijo
pero deberías mandarla a volar de una vez
hasta a mí me cansa
pero realmente Ren si era una blanca paloma una buena persona por que a pasado en otras historias que nos venden a un personaje por bueno y viene siendo peor
pero yo cada vez que estos estás juntos saltan chispas /Sly//Sly//Sly//Sly/