**Soy Madre del Hijo Mafioso por Accidente**
Solo quería ayudar a una niña perdida en el centro comercial, pero terminé siendo adoptada por ella… ¡y aceptada por su padre mafioso!
Ahora vivo en una mansión, tengo guardaespaldas siguiéndome y una pequeña que insiste en llamarme mamá.
¿Y su padre? Un hombre despiadado que parece dispuesto a concederle todos sus caprichos, incluso quedarse conmigo.
¡Yo no soy un perro para que me adopten! ¡Y mucho menos la esposa de un mafioso!
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Capitulo 7
Tomé el arma y apunté al blanco.
Respiré profundamente, tal como me había indicado el instructor, y apreté el gatillo.
El disparo resonó en el campo de entrenamiento.
Miré el objetivo.
Después miré el arma.
Finalmente, volví a mirar el objetivo.
Ni siquiera había acertado en el borde.
¡EN EL BORDE!
—Otra vez —ordenó Adrián.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Por qué no lo haces tú?
—Porque se supone que estás aprendiendo.
—Y se supone que tú tienes paciencia, pero veo que ambos estamos decepcionados.
Uno de sus hombres carraspeó.
Adrián ni siquiera lo miró.
—Inténtalo de nuevo.
Volví a colocarme en posición y disparé bajo la supervisión del instructor.
Esta vez el resultado fue ligeramente mejor.
Ligeramente.
El blanco seguía prácticamente intacto, pero al menos había conseguido acercarme.
Me volví hacia Adrián con una sonrisa orgullosa.
—¿Lo viste?
Él observó el objetivo.
—Sí.
Esperé.
—Realmente no tienes talento.
Mi sonrisa desapareció.
Lo miré con tanta indignación que, de haber tenido poderes sobrenaturales, probablemente habría convertido su precioso traje deportivo en cenizas.
—¿Perdón?
—No tienes buena puntería.
—¡ES MI PRIMER DÍA!
—Lo sé.
—¡PUES COMPÓRTATE COMO SI LO SUPIERAS!
Adrián se encogió de hombros.
¡El muy desgraciado!
—No todo el mundo sirve para esto.
Apreté los dientes.
—Apuesto a que seré mejor mafiosa que tú.
Él arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
—¡Por supuesto! Tú solo tienes experiencia aterrorizando gente. Yo tengo inteligencia, creatividad y una capacidad extraordinaria para reconocer a un psicópata cuando lo veo.
Adrián me observó durante unos segundos.
Entonces se echó a reír.
No una sonrisa discreta ni una risita educada.
Se rio de verdad.
Y aquello me molestó todavía más.
—¿Qué es tan gracioso?
—Tú.
—¡Pues espero que te atragantes con tu propia risa!
Su sonrisa se ensanchó.
—Ven. Sube al ring.
Miré la plataforma acolchada que había a unos metros.
Después lo miré a él.
Negué inmediatamente con la cabeza.
—Olvídalo.
—¿Por qué?
—Porque no pienso permitir que me golpeen mi bello rostro, Adrián.
Señalé mis mejillas con ambas manos.
—¿Tienes idea de lo que cuesta mantener esta belleza? ¿Y si me rompen la nariz? ¿Y si me dejan un ojo morado? ¿Y si me lastiman un diente? ¡Ni siquiera he terminado de pagar mis zapatos!
Adrián soltó un suspiro.
—No vas a combatir para ganar un concurso de belleza.
—¡Pues yo sí! ¡Mi belleza es mi mayor patrimonio!
—Entonces tendrás que aprender a protegerla.
—¡Puedo protegerla encerrándome en mi habitación!
—No puedes pasarte la vida escondida.
Lo miré con indignación.
—¡MIRA QUIÉN HABLA! ¡EL HOMBRE QUE TIENE GUARDIAS HASTA PARA IR AL BAÑO!
Uno de los hombres que nos observaban bajó la cabeza.
Esta vez estaba segura de que se estaba riendo.
Adrián se volvió hacia el ring.
—De acuerdo. Si no quieres subir, observa.
Por primera vez en toda la mañana, estuvo dispuesto a dejarme en paz.
Casi me emocioné.
Hasta que subió a la plataforma y llamó a uno de sus hombres.
—Ven.
El guardia se quitó la chaqueta y subió con él.
Yo crucé los brazos, convencida de que aquella sería una excelente oportunidad para aburrirme lo suficiente como para que me dejaran regresar a la mansión.
Entonces comenzó el combate.
Y olvidé respirar.
Adrián esquivó el primer golpe con una facilidad insultante. Se movió hacia un lado, bloqueó el siguiente y respondió con un movimiento rápido que obligó a su oponente a retroceder.
No había nada torpe en él.
Cada movimiento parecía calculado.
Sus músculos se tensaban bajo la camiseta negra cuando levantaba los brazos para bloquear los golpes. Se desplazaba con una agilidad que no habría imaginado al verlo sentado detrás de su escritorio, amenazándome con aquella tranquilidad aterradora.
Y entonces cometí el peor error de mi vida.
Lo miré.
Pero no como se mira a un secuestrador.
Ni como se mira a un enemigo.
Lo miré como una mujer que acababa de descubrir que su peor desgracia tenía un cuerpo absurdamente atractivo.
*¿Por qué este lunático es tan apuesto?*
Maldita sea.
¿Quién había autorizado semejante rostro?
Tenía facciones perfectamente definidas, una mandíbula marcada y unos ojos que podían intimidar a un ejército entero. Su cabello oscuro se había despeinado ligeramente durante el combate, y aquella pequeña imperfección solo conseguía hacerlo más atractivo.
¿Y los músculos?
¡LOS MÚSCULOS!
Tragué saliva.
*Es perfecto.*
No.
Retiro lo dicho.
Era un hombre horrible, controlador, arrogante y completamente demente.
Pero estaba demasiado bueno.
Y yo tenía una debilidad vergonzosa por los hombres con cuerpos trabajados.
*Soy una mujer débil. Lo admito.*
Podía enfrentarme verbalmente a un mafioso, amenazarlo y desear su desaparición con todas mis fuerzas.
Pero bastaba con que aquel desgraciado se quitara una chaqueta para que mi cerebro comenzara a comportarse como si hubiera olvidado todos sus principios.
¡NECESITABA AYUDA!
—¿Por qué me miras así, mi amor?
Su voz me arrancó de mis pensamientos.
Me quedé helada.
Adrián había detenido el combate y ahora me observaba desde el ring.
Su oponente también me miraba.
Y varios de los hombres que estaban alrededor parecían estar disfrutando demasiado de la situación.
Sentí que la sangre me subía a las mejillas.
—¿Yo? —pregunté, señalándome.
Adrián sonrió.
—¿Ves a alguien más mirándome como si quisiera devorarme?
¡TRÁGAME, TIERRA!
¡TRÁGAME ENTERA Y NO ME DEVUELVAS JAMÁS!
—Estaba comprobando si te habías golpeado la cabeza —respondí rápidamente—. Quería asegurarme de que el daño cerebral no empeorara.
Él soltó una carcajada.
—Qué considerada eres.
—Soy una persona maravillosa.
—Por supuesto, mi amor.
Apreté los puños.
¡DEJA DE LLAMARME ASÍ!
Pero antes de que pudiera gritarlo, Adrián se quitó los guantes de entrenamiento y bajó del ring.
Caminó hacia mí con esa maldita seguridad suya.
Yo retrocedí un paso.
Él avanzó otro.
Retrocedí nuevamente.
Hasta que mi espalda chocó contra una de las columnas acolchadas.
Adrián apoyó una mano junto a mi cabeza, sin llegar a tocarme.
—¿Te gusto?
Mi corazón dio un salto.
¡¿QUÉ CLASE DE PREGUNTA ERA ESA?!
—No.
Respondí demasiado rápido.
Su sonrisa se volvió peligrosa.
—No te he preguntado si me tienes miedo.
—Y yo no te he pedido que me hagas preguntas estúpidas.
—Entonces mírame a los ojos y repítelo.
Levanté la barbilla.
Miré sus ojos.
Y descubrí que aquello era mucho más difícil de lo que debería haber sido.
*Dios mío, dame voluntad.*
*Te lo suplico.*
*No puedo caer a los pies de este loco.*
*¡POR MUY SEXY Y MILLONARIO QUE SEA!*
—No me gustas —declaré finalmente.
Adrián inclinó ligeramente la cabeza.
—Está bien.
Me aparté de la columna, satisfecha por haber sobrevivido a aquella conversación.
Entonces él añadió:
—Cuando dejes de mirarme la boca, quizá consiga creerte.
Me quedé paralizada.
¡MALDITO HOMBRE!
Lo empujé por el pecho.
—¡ERES UN CREÍDO!
Él apenas se movió.
—Y tú eres una pésima mentirosa.
—¡Y TÚ ERES UN SECUESTRADOR!
—Eso ya lo hemos establecido.
—¡PUES DEJA DE COQUETEAR CON TU VÍCTIMA!
Adrián sonrió como si acabara de recibir la mejor noticia del día.
—Como quieras, mi amor.
Se dio la vuelta y regresó al ring.
Yo me quedé allí, inmóvil, con las mejillas ardiendo y el corazón latiendo como si acabara de correr una maratón.
Lo observé volver al combate.
Después me tapé la cara con ambas manos.
—Cielos, cielos, cielos...
¿Qué me estaba pasando?
No podía enamorarme de aquel hombre.
Ni siquiera me gustaba.
Era un desgraciado que me había arrebatado la libertad y pretendía decidir con quién debía casarme.
¡NO ERA MATERIAL PARA UNA RELACIÓN!
Era material para una denuncia, una orden de alejamiento y probablemente una investigación internacional.
Pero cuando Adrián esquivó otro golpe y sonrió de aquella manera arrogante, tuve que apretar los ojos.
*Dios mío, dame voluntad para resistirme.*
*No puedo caer a sus pies.*
*No puedo.*
*No debo.*
Abrí un ojo.
Él acababa de mirarme desde el ring.
Y me guiñó uno.
Me llevé ambas manos al rostro.
—¡QUE ALGUIEN ME SAQUE DE ESTE LOQUERO!
Las carcajadas de los hombres resonaron por todo el campo de entrenamiento.
Y Adrián, el mafioso más peligroso de la ciudad, continuó sonriendo como si acabara de descubrir su nuevo pasatiempo favorito.
Volverme loca.
Lo peor era que, si seguía mirándome de aquella manera, quizá ni siquiera necesitaría hacerlo por la fuerza.
Mi propio corazón parecía estar dispuesto a traicionarme sin cobrarle un solo centavo.
Espero más capítulos
Lo malo que está en emoción