Ella creía tener la vida perfecta, hasta que descubrió que no era así.
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Un hombre con poca paciencia
Julián había dejado de insistir con los documentos durante los últimos días, pero Victoria sabía que aquel silencio no significaba que hubiera renunciado a sus planes.
Al contrario.
Su esposo era demasiado calculador para abandonar algo que consideraba suyo. Y el Fideicomiso Morales representaba mucho más que una simple operación financiera. Era el control de un patrimonio que su padre había construido durante décadas y que, por derecho, ahora le pertenecía a ella.
Victoria lo sabía. También sabía que Julián no se conformaría con una negativa.
Aquella mañana, mientras desayunaban en el comedor principal, él se comportaba como si nada hubiera ocurrido. Leía algunos informes en su tableta, bebía café y respondía de vez en cuando a los mensajes que llegaban a su teléfono.
—¿Dormiste bien, cariño? —preguntó de pronto, dejando el dispositivo sobre la mesa.
Victoria levantó la mirada de su taza.
—Un poco mejor que anoche.
—Me alegra. Te he notado muy cansada últimamente.
La preocupación en su voz parecía sincera. Incluso extendió una mano para acariciarle los dedos.
Victoria tuvo que hacer un esfuerzo para no retirar la suya.
—Supongo que todavía estoy recuperándome de todo lo que ha pasado.
Julián asintió con una expresión comprensiva.
—Lo entiendo. No espero que estés bien de un día para otro.
Ella bajó la mirada, interpretando el papel de una mujer frágil que necesitaba apoyo.
—A veces siento que no puedo con tantas cosas.
—Por eso estoy aquí —respondió él, apretándole suavemente la mano—. Para ocuparme de lo que tú no puedes.
Aquellas palabras, que en otro momento quizá le habrían parecido reconfortantes, ahora le provocaron un escalofrío.
Julián siempre había tenido esa habilidad: presentar el control como una forma de protección, la imposición como una muestra de preocupación y sus propios intereses como si fueran el bienestar de ambos.
—Gracias —murmuró Victoria—. Sé que estás haciendo mucho por mí.
Él sonrió, satisfecho con la respuesta.
—Y hay algo más de lo que me gustaría hablar contigo.
Victoria sintió que sus músculos se tensaban, aunque mantuvo una expresión tranquila.
—¿De qué se trata?
—De los documentos del fideicomiso.
Ahí estaba.
Julián tomó su taza y bebió un sorbo antes de continuar.
—He estado pensando en lo que me dijiste el sábado. Quizá fui demasiado insistente. No era mi intención hacerte sentir presionada.
Victoria lo observó en silencio. Aquella disculpa era una novedad, pero no se dejó engañar por ella.
—Agradezco que lo entiendas.
—Por supuesto que lo entiendo, Victoria. Estás atravesando un momento complicado y lo último que necesitas es preocuparte por cuestiones legales.
—Precisamente por eso quiero esperar a que regrese el abogado de papá.
La sonrisa de Julián se mantuvo, aunque algo en su mirada se endureció.
—¿Todavía no tienes noticias de él?
—Hablé con su asistente. Sigue en el congreso y, por lo que me dijo, tiene varias reuniones pendientes antes de regresar.
—¿Y no podría revisar los documentos a distancia?
—Prefiero que los vea personalmente. Conocía muy bien a mi padre y estuvo a cargo de sus asuntos durante muchos años. Quiero escuchar su opinión antes de tomar una decisión.
Julián dejó la taza sobre el plato con un cuidado excesivo.
—Naturalmente. No quiero que sientas que estamos pasando por encima de los deseos de tu padre.
Victoria le sostuvo la mirada.
—Estoy segura de que él habría querido que todo se hiciera correctamente.
—Desde luego.
Julián se inclinó hacia ella y le besó la frente.
—Entonces esperaremos un poco más.
Victoria sintió un alivio momentáneo, aunque sabía que no debía confiarse.
—Gracias por comprenderlo.
—No tienes que agradecerme nada, cariño. Somos un matrimonio. Lo que es tuyo también me afecta a mí.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Victoria sonrió con discreción y volvió a su desayuno. No quería prolongar aquella conversación, mucho menos darle a Julián la oportunidad de descubrir que su aparente fragilidad era una estrategia.
Sin embargo, mientras él regresaba a sus informes, ella comprendió que aquella nueva actitud era más peligrosa que sus arranques de ira.
Julián había decidido cambiar de método.
A media mañana, Victoria se encontraba en el salón de lectura cuando recibió una llamada de Natalia Ruiz.
Contempló el nombre en la pantalla unos segundos antes de contestar.
—Buenos días, Natalia.
—Victoria, querida. ¿Cómo te encuentras?
La voz de la abogada sonaba cordial, casi afectuosa. Era una mujer experta en transmitir confianza, y quizá por eso resultaba tan difícil imaginarla involucrada en una operación destinada a despojarla de su patrimonio.
—Mucho mejor, gracias.
—Me alegra escucharlo. Julián me comentó que todavía no te sientes preparada para revisar los documentos.
Victoria se acomodó en el sillón.
—No es que no esté preparada. Simplemente, considero que debo esperar a que el abogado de mi padre regrese del congreso.
—Comprendo tu postura, pero me preocupa que estés retrasando un asunto que podría resolverse con bastante facilidad.
—¿Por qué sería necesario apresurarlo?
Hubo una pausa breve al otro lado de la línea.
—Por la situación actual del fideicomiso. Hay algunos compromisos financieros que requieren estabilidad administrativa. Cuanto más tardemos en formalizar los cambios, más difícil será mantener ciertos acuerdos.
Victoria miró hacia la ventana. La luz del sol se filtraba entre las cortinas, iluminando el jardín.
—¿Qué clase de compromisos?
—Cuestiones técnicas, Victoria. Nada que deba preocuparte. Julián puede explicártelo con mayor detalle.
—Entonces esperaré a que regrese el abogado de mi padre. Él podrá aclararme cualquier duda.
Natalia soltó una pequeña risa, amable en apariencia.
—Por supuesto. No quisiera que pensaras que estoy intentando presionarte. Solo quiero evitarte complicaciones.
—Lo agradezco.
—Aunque debo decirte que Julián está haciendo un gran esfuerzo para mantener todo en orden. Está muy preocupado por ti y por el futuro de la empresa.
Victoria tuvo que contener una sonrisa amarga.
—Sé que está preocupado.
—Entonces confía en él, querida. No hay motivos para que te sientas insegura.
—No me siento insegura, Natalia. Solo quiero estar completamente segura de lo que voy a firmar.
Esta vez, el silencio fue un poco más largo.
—Me parece razonable —respondió finalmente la abogada—. En ese caso, quedo a tu disposición si necesitas alguna aclaración.
—Gracias. Que tengas un buen día.
Victoria terminó la llamada y dejó el teléfono sobre la mesa.
No necesitaba que Andrés le confirmara lo que ya sospechaba. Natalia estaba intentando mantenerla dentro del mismo círculo de confianza que Julián había construido a su alrededor. Pero aquella conversación también le había proporcionado una información importante: los documentos no eran una simple formalidad. Había compromisos que dependían de su firma y que, por alguna razón, no podían esperar.
Tomó una libreta y anotó la fecha, el nombre de Natalia y los detalles más relevantes de la llamada.
Después guardó la libreta en el cajón del escritorio.
No podía permitirse olvidar nada.
Aquella tarde, Julián regresó a casa antes de lo habitual.
Victoria estaba en el jardín, revisando algunos documentos de la fundación, cuando lo vio acercarse por el sendero. Llevaba el saco sobre un hombro y tenía el teléfono en la mano.
—Aquí estás —dijo él, inclinándose para besarle la mejilla—. Te he estado buscando.
—Salí a tomar un poco de aire.
—¿Cómo va el trabajo de la fundación?
—Bien. Estamos organizando las próximas actividades y hay algunas cuestiones que quisiera revisar con el equipo.
Julián tomó asiento frente a ella.
—Me alegra que estés retomando tus responsabilidades. Te hará bien mantener la mente ocupada.
Victoria sonrió.
—Eso espero.
Él observó los documentos extendidos sobre la mesa.
—¿Todavía te interesa tanto ese proyecto?
—Mucho. Creo que podemos hacer cosas importantes.
—No lo dudo. Aunque deberías tener cuidado de no exigirte demasiado.
—Lo tendré.
Julián se acomodó en la silla y la contempló durante unos instantes.
—Natalia me llamó.
Victoria levantó la mirada.
—Hablé con ella esta mañana.
—Me lo comentó. Dice que sigues insistiendo en esperar a que regrese el abogado de tu padre.
—Es lo que considero correcto.
—Victoria, no quiero discutir contigo.
Ella dejó la carpeta sobre la mesa y lo miró con una expresión tranquila.
—No estamos discutiendo, Julián.
—Lo sé. Pero me preocupa que estés convirtiendo algo sencillo en un problema mucho mayor.
—No creo que sea sencillo. Se trata del patrimonio de mi padre.
—Y precisamente por eso quiero que esté protegido.
—También yo.
Julián se inclinó hacia delante.
—Escúchame, cariño. He dedicado mucho tiempo a revisar esos documentos. Natalia es una de las mejores abogadas con las que trabajamos y ha hecho todo lo posible para que la operación sea segura. No hay ninguna razón para desconfiar de su trabajo.
Victoria bajó los ojos.
—No desconfío de Natalia.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—No hay ningún problema. Solo quiero que el abogado de papá revise los documentos antes de que firme.
Julián respiró hondo y se recostó en la silla.
—A veces me pregunto si comprendes las consecuencias de retrasar este tipo de decisiones.
Victoria fingió cierta confusión.
—¿Qué consecuencias?
—Los acuerdos que estamos negociando. Las condiciones que conseguimos con el consorcio. Hay personas que dependen de que cumplamos con los plazos.
—No sabía que había personas esperando mi firma.
—No tienes por qué conocer todos los detalles de la administración, Victoria. Para eso estoy yo.