Una historia diferente, donde el amor y el sobrevivir van de la mano. 🥀
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LO QUE DESPIERTA EN LA OSCURIDAD
“Incluso las promesas hechas de acero pueden ser reescritas por el odio”.
El vacío me devolvió la respiración agitada, el latido acelerado. Tragué saliva. No bastaba con querer verlos. Tenía que recordarlos. Pensé en mi madre. En el aroma suave que siempre dejaba al pasar, una mezcla de jabón y algo cálido que nunca supe nombrar. En la forma en que acomodaba mi cabello cuando yo era niña, con manos firmes y cuidadosas. La oscuridad se onduló, pensé en mi padre. En sus ojos cansados pero atentos, en la manera en que fruncía el ceño cuando algo le preocupaba, en el sonido grave de su voz diciéndome que todo estaría bien, incluso cuando sabía que no lo estaba. Sentí un tirón en el pecho. Mis hermanos aparecieron en mi mente. Sus risas, los empujones torpes, el ruido constante que dejaban a su paso. Sus miradas cuando algo iba mal. El miedo compartido.
El aire cambió. —Se está abriendo —dijo Lira en voz baja, concentrada en los indicadores. Me aferré a un último recuerdo. Axel. Su olor particular, el peso de su cuerpo recostado contra mis piernas. Sus ojos atentos, siempre buscando aprobación, siempre confiando. Entonces el mundo cedió. Abrí los ojos y la sala de interrogatorios tomó forma frente a mí. Las luces blancas, la mesa metálica, el frío incrustado en las paredes. Mis padres estaban sentados frente a una mesa metálica. No discutían. No gritaban. Eso fue lo que más me aterrorizó. El miedo los había vuelto pequeños. Mi madre apretaba los labios; mi padre evitaba mirar a quienes los interrogaban. Reconocí cada línea de cansancio, cada gesto contenido. Mis hermanos estaban a un lado, vigilados, inmóviles. Y Axel… Estaba sujeto con correas rígidas, temblando, los ojos abiertos de par en par. Cuando gimió, sentí el mismo nudo en la garganta que siempre me provocaba escucharlo.
—No —susurré.
Entonces, la pantalla se encendió. Un rectángulo negro flotó sobre la mesa y, poco a poco, una figura tomó forma. No era un rostro humano. Era una silueta definida por líneas perfectas, con una voz que no necesitaba elevarse para imponer silencio.
—Ámbar —pronunció—. Su hija.
Sentí que el estómago se me hundía. —Sabemos que huyó —continuó el Gran Jefe—. Sabemos que no está sola. Y sabemos que ustedes saben más de lo que dicen.
Mi madre negó con la cabeza de inmediato, las lágrimas acumulándose sin caer.
—No… no sabemos nada —dijo con la voz rota—. Es solo una niña.
La silueta se inclinó apenas, como si analizara cada microgesto. —Una niña que porta un error —respondió
—. Un fallo que no debió existir.
Mis hermanos se miraron entre sí.
—Díganme —continuó la voz—. ¿Dónde se encuentra Ámbar?, ¿Y los cinco elementos clave? —añadió, sin cambiar el tono—. Las piezas que permitirán completar el proceso.
Mi padre levantó la vista por primera vez. —No sabemos de qué habla —dijo—. Nunca hemos tenido nada.
La pantalla parpadeó. —Mienten —sentenció el Gran Jefe—. Y lo saben.
Sentí un dolor punzante en el pecho, como si cada palabra suya me empujara fuera del espacio. El miedo de mi familia me atravesó sin filtro: su respiración agitada, el sudor frío, la certeza de que algo terrible estaba por suceder.
—Si no cooperan —continuó—, usaremos otros métodos. Empezaremos por lo que más les importa. La imagen se desplazó hacia un lateral. Axel apareció en otra pantalla, encerrado en un cubículo de vidrio. Sus patas resbalaban sobre el suelo liso mientras intentaba mantenerse firme. Ladró. Un sonido desesperado, corto.
—¡No! —quise gritar.
Mi madre soltó un sollozo ahogado. —Por favor… —susurró—. Él no tiene la culpa.
Las manos se me clavaron contra el suelo frío, aferrándose a él como si fuera lo único real que quedaba. Todo mi cuerpo temblaba sin control; las piernas, los brazos, incluso la mandíbula. El corazón me golpeaba el pecho con una fuerza desmedida, y por un instante pensé que no iba a resistirlo. No lloré. No porque no quisiera, sino porque algo dentro de mí se había endurecido. Me incorporé con dificultad, todavía con el pecho ardiendo. El temblor no se había ido; solo se había escondido bajo la piel. Sentía la rabia crecer, espesa, insoportable, empujando desde dentro.
—¿Dónde está VR15? —pregunté de pronto. Mi voz salió más firme de lo que me sentía, pero cargada de algo oscuro. Marcus levantó la vista, sorprendido por el cambio.
—Ámbar, ahora mismo él está —No —lo interrumpí—. Él prometió que, si algo malo pasaba con mi familia, me lo diría. Lo prometió.
Las imágenes regresaron como un golpe: los rostros asustados, la voz del Gran Jefe, Axel siendo arrastrado. Sentí cómo algo se encendía detrás de mis ojos. Miré a Marcus, pero enseguida bajé la vista. El suelo comenzó a vibrar levemente bajo mis pies, apenas perceptible, como un eco lejano.
—Llámalo —dije, esta vez más bajo, pero con una tensión peligrosa—. Ahora.
Marcus dudó solo un segundo antes de asentir. —Lira, busca a VR15.
No levanté la cabeza. No podía. Sentía los ojos arder, un calor extraño y antinatural acumulándose detrás de los párpados. Apreté los puños con fuerza, clavando las uñas en mis palmas. Respira, Ámbar. Respira. Pero el fuego azul insistía. Lo sentía moverse, vibrar, como si reconociera mi enojo y quisiera salir. Una luz tenue comenzó a filtrarse entre mis pestañas cerradas, reflejándose en el suelo pulido.
—No… —susurré para mí misma—. No ahora.
Keiren fue el primero en acercarse. No dijo nada al principio; solo se arrodilló frente a mí, lo suficiente para quedar a mi altura. Su presencia era firme, anclada, como si quisiera recordarme que aún estaba allí, que no me había perdido del todo.
—Ámbar —dijo con suavidad—. Mírame.
Tardé unos segundos en obedecer. Cuando levanté la vista, el azul todavía ardía débilmente en mis ojos, como brasas mal apagadas. Él no retrocedió.
—Respira conmigo —continuó—. No tienes que cargar esto sola. No ahora.
Marcus se colocó a mi lado, apoyando una mano firme sobre mi hombro. El contacto me sobresaltó al principio, pero no me aparté.
—Lo que viste fue real —dijo—, y fue cruel. Pero sigues aquí. Sigues con nosotros.
Negué con la cabeza, apretando los dientes. —Mi familia… —murmuré—. Ellos no deberían estar pasando por esto.
El suelo volvió a vibrar apenas. El calor regresó a mis ojos, más intenso.
—No —respondió Marcus con firmeza—. Esto empezó mucho antes de ti. Tú solo eres la razón por la que todavía hay esperanza.
Keiren tomó mis manos. Estaban frías, temblorosas. —Ámbar, escúchame —dijo—. Si te pierdes ahora, tu familia también.
Cerré los ojos con fuerza. Intenté aferrarme a su voz, a la presión de sus dedos, al ritmo lento de la respiración compartida. El fuego azul luchaba por salir, alimentado por la culpa y el miedo. Fue entonces cuando la puerta se abrió. Lira entró casi corriendo, no me atreví a apartar la mirada del suelo.
—Marcus… —empezó a decir, pero su voz se quebró un poco—. Es VR15.
Abrí los ojos de golpe. —¿Qué pasó? —pregunté.
—Está… apagado. No responde. No es modo reposo ni protocolo de mantenimiento. Es como si… —negó con la cabeza—. Como si estuviera muerto. No sé cómo explicarlo. El mundo se detuvo. El fuego azul se apagó de golpe, como si alguien lo hubiera sofocado desde dentro. Sentí un vacío extraño en el pecho, distinto al dolor anterior, más silencioso, más profundo.
—No… —susurré. — Me solté de Keiren con torpeza y me puse de pie. Las piernas me flaquearon, pero me mantuve firme.
—Él no haría eso —dije—. No sin decir nada.
Marcus me observó con atención. —Ámbar…
—Tenemos que ir con él —interrumpí—. Ahora.
Bajé la mirada, respiré hondo. El temblor seguía ahí, pero estaba contenido. No por fuerza, sino por algo más poderoso. Preocupación, porque, a pesar de todo, VR15 me importaba.
Y si algo le había pasado… no podía permitirme perder el control.
El pasillo hacia a un módulo apartado estaba envuelto en un silencio antinatural. Nadie hablaba. Solo se escuchaban nuestros pasos resonando contra el metal pulido, como si la propia ciudad contuviera el aliento. Lira iba unos pasos delante, guiándonos con prisa contenida; Keiren caminaba a mi lado, atento a cada uno de mis movimientos. Cuando llegamos, lo vi. VR15 yacía en el centro de la sala, extendido sobre la superficie de diagnóstico. Su cuerpo metálico no emitía ningún brillo, ningún pulso de energía. Las luces de sus sensores estaban completamente apagadas. Era… inquietante. Demasiado quieto.
Me acerqué despacio, con un nudo cerrándome la garganta.
—VR15… —murmuré.
No hubo respuesta. Ningún zumbido, ningún ajuste mecánico. Nada.
Marcus revisó los paneles laterales con rapidez. —No hay actividad neuronal sintética —dijo con el ceño fruncido—. Es como si su núcleo hubiera sido desconectado por completo. Ese comentario despertó algo en mí. Un recuerdo. La voz de VR15, serena, metódica, resonó en mi mente: “Si el gran jefe rastrea mi código, podrá acceder a mi memoria y borrará todo, me reiniciará”
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. —Marcus… —dije de pronto—. Él nos habló de esto.
Todos se giraron hacia mí. —VR15 dijo que el Gran Jefe podía reiniciarlo. Que tenía la capacidad de apagarlo o reprogramarlo en cuanto vea su código de acceso.
Keiren abrió los ojos, alarmado.
—¿Eso significa que…?
—Que esto no es una falla —continué, sintiendo cómo el miedo me apretaba el pecho—. Es intencional. Miré el cuerpo inerte frente a mí.
—Y si lo reinició… entonces también sabe lo que VR15 sabía, accedió a su memoria y toda la información sobre nosotros.
El silencio se volvió más pesado. —Él entendía cómo enfrentarse al Gran Jefe —susurré—. Y seguramente entendía… lo de los cinco elementos. Los mencionó el gran jefe en mi viaje al presente paralelo.
Sentí un vértigo repentino. —Si el Gran Jefe accedió a su núcleo… ahora tiene toda esa información. Un leve sonido metálico interrumpió mis palabras.
—Clac. Todos nos quedamos inmóviles.
La cabeza de VR15 se inclinó lentamente hacia un lado. Sus articulaciones crujieron al activarse. Los sensores se encendieron, pero ya no eran los tonos suaves y familiares. Eran fríos. Vacíos.
—VR15… —dijo Marcus, dando un paso al frente—. Tranquilo. Somos nosotros.
El robot se incorporó de golpe, con un movimiento brusco, antinatural. Ya no había rastros de la postura pausada que lo caracterizaba. Se veía… común. Mecánico. Como cualquier otro Bokly de seguridad.
—¡Marcus, atrás! —grité.
Fue tarde. VR15 avanzó con una velocidad brutal. Un solo golpe, preciso, directo al pecho de Marcus. El impacto lo lanzó contra la pared metálica con un estruendo seco. Su cuerpo cayó al suelo sin moverse.
—¡Marcus! —exclamó Lira.
Keiren se interpuso instintivamente delante de mí. El silencio volvió a caer, roto solo por el zumbido mecánico de VR15, ahora erguido, ajeno, hostil. Lo miré, con el corazón desbocado. Ese ya no era el mentor. Era un arma. El zumbido de los motores de VR15 aumentó de frecuencia, un sonido agudo que me lastimaba los oídos. Keiren no esperó; sus manos se encendieron en un resplandor azul intenso, proyectando sombras
alargadas y distorsionadas contra las paredes.
—¡Lira, saca a Marcus de aquí! —rugió Keiren, sin quitarle los ojos de encima a la máquina.
VR15 giró la cabeza 180 grados, un movimiento mecánico que me revolvió el estómago. Sus sensores rojos me escanearon de arriba abajo. Ya no veía a la niña que protegía; veía un objetivo. —Sujeto Ámbar detectado —dijo la voz de VR15, pero carecía de su calidez habitual. Era plana, digital—. Inicio de protocolo de recuperación.
—¡No es él, Ámbar! —gritó Keiren mientras ponía sus ojos en fuego azul.
El zumbido en el pecho de VR15 cambió de tono, volviéndose un pitido rítmico y estridente. En la pared metálica detrás de él, una pantalla de emergencia se encendió automáticamente, reflejando caracteres de código rojo que parpadeaban con una frialdad aterradora:
— TRANSMITIENDO COORDENADAS DE NÚCLEO REBELDE… 15%… 22%…
—¡Está enviando nuestra ubicación! —gritó Lira, mientras intentaba desesperadamente arrastrar el cuerpo de Marcus lejos del alcance del robot.
Keiren dio un paso al frente, sus ojos envueltas en un fuego azul que rugía con violencia, listo para reducir los circuitos de nuestro amigo.
—¡No! —me interpuse entre ellos, extendiendo los brazos—. ¡Keiren, detente! Si lo quemas, lo perderemos para siempre. ¡Tiene que haber otra forma!
—¡Ámbar, va a delatarnos a todos! —replicó Keiren, con los ojos inyectados en rabia y desesperación—. ¡Si llega al cien por ciento, la ciudad entera caerá sobre nosotros en minutos!
— 45%… 51%…