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EN BUSCA DE LO OCULTO: "Tiempo Prestado".

EN BUSCA DE LO OCULTO: "Tiempo Prestado".

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Aventura / Traiciones y engaños
Popularitas:87
Nilai: 5
nombre de autor: Feng Liang

Cristani por fin tenía una vida normal. O eso creía. Hasta que se dio cuenta de que el poder en su cuerpo empezaba destruirla por dentro.
Al mismo tiempo que los problemas volvieron con sus amigos. Primero fue esa espada. La querían para mantener bajo control a Cristani.
Luego supieron del ser que entró a su mundo, un peligro para su plano. Debían eliminarlo.
Entonces llegó Carl Rowen. Decía conocerla y que podía ayudarla a contener esa energía ancestral.
Y la búsqueda comenzó.
Después, Cristani supo que todas las vidas que trataban de recordarle, no eran suyas. Sino de un fragmento más. Uno que vivía en otro plano.
Y un encuentro con una mujer le hizo darse cuenta que sin ese fragmento podría morir.
Pero eso implicaba que Carl pudiera encontrarse con quien deseaba.
La decisión era suya.
Elegir su vida o elegir la felicidad de Carl.
¿Vivir para verlo desaparecer o morir para verlo encontrarse con ella?
¿Ser el monstruo que tanto temía o ser la heroína que Carl necesitaba?

NovelToon tiene autorización de Feng Liang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20: Un sello temporal

—¿Q-qué sucede? —preguntó él, mirándome. Las lágrimas ya le bañaban el rostro.

—No estoy bien —susurré. La voz me salió rota.

Una fuerza descomunal me jaló hacia abajo. No hubo tiempo de resistir.

Mis rodillas golpearon el concreto frío y el impacto me arrancó un jadeo.

El frío se me metió en los huesos al instante.

—E-es mi culpa… —empezó a temblar. Carl retrocedió medio paso, como si tocarme fuera a empeorar todo—. Yo dije algo mal. Yo hice que…

—Esto no está bien —dije, tratando de equilibrar la energía espiritual que amenazaba con expandirse a todos lados.

La sentía bullir bajo la piel.

Como un animal encerrado que ya no soportaba los barrotes.

—¿Soy yo, verdad? —se señaló a sí mismo. Los ojos abiertos de pánico.

—Deja de hablar —lo fulminé con la mirada. No era momento para sus culpas. No era momento para nada.

—¿P-pero estarás bien? —insistió. Esa era la única frase que le salía. Como si repetirla pudiera cambiar el resultado.

—Lo estaré —exclamé, con toda la seriedad que me quedaba.

Usé lo poco de energía que me quedaba y la concentré en mi núcleo.

Me dolió.

Como apretar un músculo desgarrado.

La espada a mi lado vibró, entendió la señal.

La punta del metal dibujó un círculo de luz tenue a mi alrededor.

La barrera se cerró con un zumbido bajo. Todo sonido de fuera quedó amortiguado. Solo quedábamos nosotras dos.

Inhalé.

Una vez.

Dos veces. Tratando de centrarme en lo que haría.

Si mi poder se descontrolaba por completo, levantaría más sospechas de las que podía manejar. Ya era una humana peligrosa para mis antiguos amigos.

Me hice un pequeño corte en el dedo con la uña. La sangre brotó, espesa, envuelta en un brillo carmesí. Energía espiritual mezclada con mi propia sangre.

Con ella tracé un sello en el aire. Lento. Cada línea quemaba. Cada curva me costaba un poco más de aliento.

Un sello que había encontrado hace tiempo, capaz de neutralizar la energía espiritual.

El símbolo del Fénix. Antiguo.

Lo único que podía contener lo que llevaba dentro sin matarme en el proceso.

Lo inserté en mi pecho, justo donde latía el corazón.

Otra oleada de energía escapó de mí, salvaje, descontrolada.

La barrera vibró, a punto de romperse.

Luego cesó de golpe, como si algo la hubiera estrangulado desde dentro.

Silencio.

Respiré. Temblando. Sudando frío.

Mi cuerpo, agotado, apenas podía sostenerse arrodillado. Tuve que apoyar las manos en el concreto frío para no caer de bruces. El frío me calmó por un segundo.

Con dificultad me puse de pie. Las piernas no respondían bien. Di un paso fuera de la barrera, que se desvaneció segundos después.

Todo volvió a la normalidad.

Los pájaros siguieron volando.

La gente siguió caminando por la otra calle, ajena a lo que había pasado.

El viento frío siguió soplando, moviendo las ramas desnudas.

Las nubes siguieron moviéndose por el cielo, lentas, indiferentes.

Como si nada hubiera pasado.

Carl corrió a sostenerme el brazo cuando me vio tambalear. Olvidando su temor.

—¿Estás bien? —me miró con ojos todavía cristalinos. La preocupación le borró el miedo.

—Sellé mi energía… —dije apenas. Él sonrió—. Pero es temporal.

—¿Es eso malo? —su sonrisa se desvaneció. Como si supiera la respuesta antes de preguntar.

—Si se descontrola una vez más, no sé si podré hacer algo más —admití. No tenía sentido ocultarlo. Él ya había visto demasiado.

—Y-yo debería irme, ¿entonces? —dio un paso atrás. Como si alejarse de mí fuera a mantenerme a salvo.

—No. Llévame a mi casa —lo miré, los párpados ya pesándome con cada segundo. Si me quedaba aquí cinco minutos más, me iba a desmayar en la acera.

Por suerte asintió. No discutió.

El camino a casa fue silencioso.

Mis pasos tambaleantes.

Él sosteniendo mi brazo, impidiendo que volviera a colapsar.

Apoyé todo mi peso en su hombro.

Odié necesitarlo. Odié que no tuviera otra opción.

—S-solo un poco más —dijo, tratando de mantenerme despierta. Su voz temblaba menos ahora. Como si hubiera decidido que su miedo podía esperar—. Casi llegamos, Cristani. Aguanta.

No respondí. No podía gastar aliento en palabras.

Al llegar frente al pequeño portón que separaba el patio del exterior, aparté mi brazo de su mano. Me costó.

—Ya puedo caminar desde aquí —la voz salió casi en un susurro.

Atravesé el patio lentamente. Cada paso era un esfuerzo. El aire frío me golpeaba la cara y me hacía sentir más viva de lo que quería.

Al llegar a la puerta, mi madre, como si hubiera sentido mi presencia, abrió antes de que yo tocara.

—Volviste —sonrió. Pero luego de escanear mi rostro, su semblante se volvió serio—. ¿Estás enferma? Te ves pálida. Te ves… mal.

Inclinó la cabeza hacia atrás y vio a Carl todavía parado ahí, inmóvil en la vereda.

—¿No lo invitas adentro? Hace frío afuera —comentó mirando al chico por unos segundos antes de volver a verme.

—No, ya se va —respondí, pasando a su lado para entrar. Cada palabra era un esfuerzo.

—No es de buena ed… ¡Cristani!

Apenas había puesto un pie dentro de la casa y mi cuerpo, ya de por sí debilitado, se desplomó contra el piso.

No hubo tiempo de frenar la caída.

Solo el sonido sordo de mi cuerpo contra la madera.

Mamá se dio la vuelta y se inclinó para revisar mis signos vitales. Sus manos frías en mi frente. En mi cuello.

—Cristani, Cristani —la voz de Carl sonaba lejos. Como si viniera de un túnel.

Al parecer había saltado el portón y corrido en mi dirección. Oí el portazo.

—Está hirviendo de fiebre —dijo mi madre. No era una pregunta. Era un hecho.

Fue lo último que escuché de ella antes de que todo se apagara.

Antes de que mis párpados pesaran demasiado.

.

.

.

No supe cuánto tiempo estuve fuera.

Lo primero que sentí fue frío.

Un frío glacial.

Que me hacía retorcer los párpados.

Lo segundo fue el dolor de cabeza. Sordo, constante, como un tambor.

Lo tercero fue la voz de Carl.

—Cristani, ¿E-estás despierta?

Sentí el peso de una nueva manta sobre mi cuerpo. Abrí los ojos con esfuerzo. El techo de mi cuarto estaba borroso. La luz del día se filtraba por la cortina.

Carl estaba sentado a mi lado, mirándome con esa mirada de cachorro preocupado. Era molesto.

—¿Cuánto…? —mi voz salió como un susurro roto.

—Casi doce horas —respondió él. Me ayudó a incorporarme un poco—. Desmayo por agotamiento. Fiebre alta. Tu madre fue por una manta más.

Mamá.

La memoria volvió de golpe. El sello. La energía. El concreto frío.

—¿Ella…?

—No sospecha nada —me ofreció un vaso de agua—. Estaba realmente preocupada.

Suspiré suavemente y tomé un sorbo.

—¿Qué le dijiste? —pregunté.

—Que te encontré en la calle ya enferma—se encogió ligeramente de hombros.

Guardé silencio por unos segundos. Llevaba tiempo ocultando todo a mi familia. Tiempo sobrellevando todo sola. Y esta vez había dado un paso en falso y mostrado debilidad.

—Carl —dije al fin—. Dijiste que sabías cómo ayudarme con mi poder.

Cerré los ojos.

No quería tener esta conversación ahora. Pero estando las cosas así necesitaba una manera de controlar la energía, antes de que Sophia y su equipo volviera.

—Y-yo…—dudó y evitó mirarme.

—Esto es necesario, Carl —lo corté—. Hay personas que me buscan.

Él se mordió los labios aun sin mirarme todavía.

—Es…es que yo.

—Podrían lastimarte—dije—. Ellos me hablaron de una anomalía que cruzó el tiempo y entró a este mundo.

Esta vez arrugó la tela de su suéter.

Se levantó de golpe.

—Carl —lo llamé, pero al final la puerta se cerró de golpe.

Y yo me quedé sola.

Todavía sintiendo el pulso leve de la energía correr por mis venas.

Las cosas acababan de complicarse más.

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