Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
A esa se lo debo.
Las palabras del viejo se le quedaron a Renata dando vueltas toda la noche, y al día siguiente, apenas amaneció, ya estaba lista para ir.
El asilo quedaba a casi tres horas de la ciudad, en un pueblo pequeño camino a la montaña. Renata pensaba ir sola, hasta manejar sola, pero Adrián no se lo permitió.
—No vas sola a un pueblo a tres horas a destapar algo que alguien mató para tapar. —Lo dijo sin dejar espacio a discusión—. Voy contigo. Y manejo yo.
—
El viaje fue lo que Renata temía que fuera.
Tres horas dentro de un carro, hombro con hombro, con el olor a tabaco y madera que ya no lograba fingir que no le hacía nada. Los primeros kilómetros hablaron del caso, de Ospina, de qué preguntarle. Pero después la ciudad quedó atrás, la carretera se abrió entre montañas, y la conversación se fue apagando hasta volverse otra cosa, algo más peligroso, el silencio cómodo de dos personas que están demasiado a gusto juntas.
—¿Tienes hambre? —Adrián señaló un puesto de comida al borde de la vía—. Todavía falta hora y media.
Pararon. Comieron de pie junto al carro, arepas y café en vasos de plástico, con la montaña abriéndose delante y un viento frío que a Renata le metía el pelo en la cara. Adrián estiró la mano y se lo apartó, un gesto pequeño, y los dedos le rozaron la mejilla, y ninguno de los dos se movió.
—Se te enfría el café —dijo Renata, con la voz rara.
—Ajá.
Pero él no dejó de mirarla, y ella no dejó de dejarse mirar, y por un momento, ahí, en medio de la nada, con las manos frías y el café humeante, Renata sintió que podía olvidarse de todo. De la edad, de Ximena, de la voz en su cabeza que le repetía que esto estaba mal. Por un momento fue solo una mujer y un hombre parados frente a una montaña.
Después se acordó, claro. Siempre se acordaba.
—Deberíamos seguir. —Se apartó, tirando el café a medio tomar—. Se hace tarde.
—
El resto del camino, Renata se refugió en la ventana, y se puso a hacer las cuentas de siempre, las que la salvaban de sí misma.
Lo miraba de reojo manejar, las manos firmes en el volante, el perfil marcado, esa serenidad que tenía a los veintiocho años y que a ella, a los cuarenta y tres, todavía le faltaba. Y en vez de gustarle, se obligaba a que le doliera. Porque un hombre así, joven, entero, dueño de medio mundo, podía tener a la mujer que quisiera. A cualquiera. A una de treinta, de veinticinco, de su edad, sin arrugas empezando en el cuello, sin un divorcio a cuestas, sin quince años de ventaja marcándole la cara.
¿Qué haría con una mujer como tú, Renata? ¿En cinco años? ¿En diez? Cuando tú tengas cincuenta y cinco y él apenas cuarenta, en su mejor momento, y todos lo miren y después te miren a ti y se pregunten qué hace ese hombre con su tía.
Se le cerró la garganta. No de deseo esta vez, sino de esa vergüenza vieja, la de sentirse poca cosa, la que llevaba puesta desde niña y que ahora la edad le apretaba un poco más.
—Estás haciendo eso otra vez. —La voz de Adrián la sacó del pensamiento.
—¿Qué cosa?
—Meterte en tu cabeza a decirte cosas feas. —Él no apartó los ojos de la vía—. Se te nota. Se te pone una cara.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes. —Adrián frenó suave en una curva y la miró un segundo—. Un día me vas a contar qué es lo que te dices ahí adentro. Y un día voy a poder contestarte.
Renata no respondió. Volvió a la ventana. Pero por dentro algo le tembló, porque él la leía demasiado bien, y que la leyeran así, después de una vida entera sintiéndose invisible, era casi más de lo que sabía cómo soportar.
—
Llegaron al asilo pasado el mediodía. Era un lugar humilde, limpio, de paredes encaladas y un patio con geranios, donde unos cuantos ancianos tomaban el sol en sillas de ruedas. Una enfermera joven los recibió.
—Venimos a ver al señor Genaro Ospina. —Renata trató de sonar tranquila—. Él… él me está esperando. Dígale que soy la hija de Elena.
La enfermera cambió la cara.
—¿La hija de Elena? —Miró a Renata, después a Adrián, y bajó la voz—. Ay, señora. Qué pena con usted, pero llegan en mal momento.
A Renata se le heló el estómago.
—¿Cómo que en mal momento?
—Don Genaro se puso muy mal anoche. —La enfermera se retorció las manos—. De un momento a otro, sin aviso. Estaba bien, hasta contento, decía que iba a recibir una visita importante, que por fin iba a poder descansar tranquilo. Y en la madrugada… no sabemos qué pasó. Lo encontramos apenas respirando. Lo tuvieron que llevar de urgencia al hospital del pueblo.
—Pero está vivo. —Renata la agarró del brazo sin darse cuenta—. Dígame que está vivo.
—Vivo está. —La enfermera dudó—. Pero no despierta. Los médicos dicen que entró en un coma. Que a su edad, con lo débil que estaba… no saben si va a volver a despertar.
Renata sintió que el suelo se le movía. Adrián le puso una mano en la espalda, sosteniéndola.
—¿Estaba bien anoche? —preguntó Adrián, con una calma que no sentía—. ¿Alguien lo visitó? ¿Vino alguien a verlo antes de que se pusiera mal?
La enfermera lo pensó, y algo en su cara se ensombreció.
—Ahora que lo dice… sí. —Bajó todavía más la voz—. Como a las nueve de la noche vino una persona. Dijo que era familiar, preguntó por él, estuvo un ratito en su cuarto. Nosotras no le dimos importancia, aquí entra y sale gente. —Tragó saliva—. Pero cuando fuimos a revisarlo en la madrugada, don Genaro ya estaba así.
—¿Quién era? —Renata apenas podía hablar—. ¿Hombre, mujer? ¿Vio la cara?
—No la vi bien. —La enfermera negó, asustada de repente sin saber por qué—. Traía el cuello del abrigo subido y un gorro. Firmó el registro, eso sí. —Señaló hacia dentro—. Pero puso un nombre que ahora que lo pienso no tiene sentido, porque don Genaro no tiene familia con ese apellido.
Renata y Adrián cruzaron una mirada.
—Enséñenos el registro —dijo Renata.
quedé sorprendida por toda la redacción
Mi imaginación, recreo toda la escena 👏👏👏
Felicidades autora ☺️🎆