En está historia veremos a una joven, dispuesta hacer lo que sea para salvar la vida de su mamá, pero, ¿Qué pasará con ella, si en el proceso se enamora? Los invito a leer.
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Cap. 7
Ella dudó en responder, no por miedo, sino por precaución.
— Es obvio que un hombre se considere un verdadero varón, paga tanto dinero por una mujer virgen, la tiene semidesnuda en una habitación... y lo único que se le ocurre es decir: "Ponte algo más de ropa" . ¿Eso es normal?
Esas palabras apuñalaron su orgullo de hombre. El rostro de Eykel se encendió en un carmesí peligroso, sus puños se cerraron hasta que los nudillos palidecieron. Un torrente de ira, frustración y una primitiva necesidad de dominación inundó su mente.
— Bien. Te voy a demostrar lo que soy. — la sentenció, su voz ronca con una amenaza apenas contenida.
Lentamente se acercó a ella, la acorraló en la cama demostrándole que él tenía el control.
— ¿Qué haces?— preguntó ella, nerviosa.
— ¿Te sigo pareciendo poco hombre?
No le dio tiempo a responder. La sujetó con fuerza, no con deseo, sino con la furia del desprecio. La cama gimió bajo el peso cuando la inmovilizó, quedando suspendido sobre su cuerpo, una sombra intimidante. Las manos de ella fueron atrapadas por una sola de las suyas, y entonces, la besó. No fue un beso; fue una toma. Sus bocas se encontraron con una brutalidad desesperada.
No le dio tiempo a responder. La sujetó con fuerza, no con deseo, sino con la furia del desprecio. La inmovilizó, él quedando encima de ella como una sombra intimidante. Le atrapó ambas manos con una sola de las suyas, y entonces, la besó. No fue un beso; fue una toma posesiva, desesperada. Sus bocas se encontraron con una brutalidad descontrolada.
Mientras Eykel forzaba ese beso, pudo sentir sus labios frágiles y fríos, su piel suave y jodidamente tentadora.
Sorimar sentía un temblor incontrolable que la recorría y no era precisamente de miedo, sino de algo más poderoso. El deseo comenzó a escalar, un fuego traicionero en su vientre, la hizo jadear silenciosamente.
Eykel estaba perdiendo el control, se estaba dejando llevar por su instinto. Aflojó la presión de sus labios, el beso se transformó en algo más lento, más confuso, casi una súplica. Se detuvo, su respiración agitada rozándole el rostro, y la miró. Los ojos de Sorimar, antes desafiantes, ahora estaban llenos de una mezcla devastadora de miedo y una extraña expectación.
—¿Ahora... me vas a violar? —La pregunta de Sorimar cortó el aire como un cristal. Estaba completamente ruborizada, pero se mordió el labio inferior, clavando sus ojos en los de él, en un desafío mudo.
Eykel se apartó de golpe, como si la cama estuviera en llamas.
— No. No soy un animal. Pero no te equivoques. —su voz era un trueno bajo, una advertencia afilada.— Si se me antoja, te tendría como yo quisiera. Pagué por ti; te vendiste al mejor postor.
— Entonces, acabemos con esto.
Él se acomodó en el sillón, mostrando una sonrisa ladeada, sarcástica. — Mi palabra es ley. No voy a estar contigo. No podrás darte ese lujo.— sonó malditamente arrogante.
Sorimar se encogió de hombros, la indiferencia falsa apenas cubría el temblor de sus manos.
— Qué alivio. Así tengo oportunidad para participar en la próxima subasta.— soltó la broma, buscando una fisura, una reacción del hombre que había comprado su virginidad.
Solo lo dijo para probarlo. Para ver al monstruo o al hombre. En el fondo, el anhelo la punzaba: le habría gustado perder su virginidad con él. Eykel Cáceres era una fuerza de la naturaleza, atractivo, y encendía en ella una pasión furtiva, un deseo de ser suya.
Él se quedó mirándola, su mandíbula tensa. ¿Volver a venderse? ¿Como una... meretriz? Teniendo la oportunidad de redimirse, de entregarse a un hombre por amor... no concebía la razón para tal degradación.
— Déjame hacerte una pregunta. — expresó, con una calma forzada que era más aterradora que su ira.— ¿Dónde demonios está tu dignidad?
—¡Dignidad! —Ella se levantó y se acercó despacio, la rabia eclipsando el miedo.— ¿Qué puedo comprar con dignidad, señor Cáceres? ¿Medicamentos? ¿Comida? ¿Qué? ¡Nada! Sé lo que estás pensando, el juicio silencioso que me lanzas, pero no me arrepiento de nada. De ese dinero que acabo de ganar depende… Mi vida. Y si tengo que volver a vender hasta el alma, lo haré.
El silencio se instaló, pesado, cargado.
Eykel se puso de pie, su figura proyectándose sobre ella.— Déjame recordarte algo: firmaste un contrato. Obviamente, sabes que no puedes estar con nadie durante un año. Más te vale cumplir con esa cláusula al pie de la letra, o te prometo que lamentarás haberte cruzado en el camino de Eykel Cáceres.—expresó, con una amenaza que prometía destrucción.
Se arregló el traje con movimientos precisos y fríos. Le dedicó una última mirada, desafiante y cargada de desprecio.
— Volverás a saber de mí.
Sorimar, sintiendo el vacío que él dejó, se puso su ropa con manos temblorosas y fue a la oficina de la señora Cleo, donde el magnate ya había pasado, antes de abandonar el club.
— Sorimar, el señor Cáceres estuvo aquí. Y fue muy... claro. — la señora sonrió a carcajadas, con una alegría inmensa.— Dijo que no renuncia a tu virginidad. ¡Ay, querida! ¡Qué chistoso me parece todo esto!
— No le veo la gracia. Ese tipo es un arrogante miserable. —espetó, el resentimiento hirviendo.
— Piensa positivo. Aún eres virgen. Un año pasa volando. — Cleo volvió a reír, su gozo era evidente.
Jamás había ocurrido algo así en ninguna de las subastas anteriores.
Sorimar se fue a casa. Estaba feliz, a pesar de todo. Tenía el dinero; la vida de su madre estaba asegurada, por ahora. Pero al cruzar el umbral, esa felicidad se opacó. Inés estaba allí con dos amigas, la sala inundada en humo acre, botellas vacías por doquier, y las risas escandalosas.
Ella miró al techo, con las manos alzadas en desesperación.—Definitivamente, no existe la felicidad completa.—murmuró.
— ¡Inés! ¿Qué demonios significa esto? ¡Ustedes par de estúpidas, se me van ahora mismo! —gritó, la adrenalina y la rabia subiendo considerablemente.
—No les hables así a mis amigas. —respondió Inés con voz pastosa y arrastrada, el efecto del alcohol y quién sabe qué más.
—¿Cuáles amigas, estúpida? No son tus amigas si no les importa la salud de tu madre. ¡No lo vuelvo a repetir! ¡Las quiero fuera, ahora! —La voz de Sorimar resonó, un grito de guerra en medio del caos.