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Renacida En El Abismo

Renacida En El Abismo

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Romance oscuro
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier

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Capítulo 20: Pero también su lado más intenso y protector.

Aún tenía grabada en la memoria la imagen de Lucien en la sala de reuniones: frío, despiadado, imponiendo su voluntad con palabras que sonaban a sentencias de muerte, capaz de borrar pueblos enteros solo para mantener su autoridad. Había visto su lado más oscuro, el que todos temían, el que lo hacía ser el dueño absoluto de estas tierras. Pero esa misma noche, cuando la oscuridad del Abismo se hizo más profunda y el fuego de las antorchas se volvió más suave, descubrí que esa misma fuerza, esa misma intensidad, esa misma capacidad de ser absoluto… se transformaba por completo cuando se trataba de mí. Y entendí que su crueldad con el mundo no era más que el reflejo de una protección que no tenía límites, que no conocía medida, que era la cosa más intensa y absoluta que jamás había existido.

Estábamos en la terraza más alta, la misma donde habíamos comido y reído días atrás. El aire de la noche era fresco, cargado de olores a tierra profunda y magia antigua, y el cielo, si se le podía llamar así, estaba cubierto de nubes oscuras que se movían lentamente, dejando ver de vez en cuando el brillo de estrellas que no eran las de mi mundo. Yo estaba recostada contra el muro de piedra, envuelta en una capa gruesa y suave que él mismo había puesto sobre mis hombros, mientras él estaba de pie a mi lado, de espaldas a mí, mirando hacia la inmensidad de su reino.

Estaba en silencio, y aunque no le veía la cara, sentía que algo lo inquietaba. Había una tensión en su cuerpo, una vibración en el aire a su alrededor que me decía que su mente estaba lejos, en problemas, en peligros, en cosas que yo no podía ver ni entender. Me levanté despacio y me acerqué a él, poniendo mis manos sobre su espalda ancha, sintiendo el calor que salía de su piel, sintiendo cómo se tensaban y relajaban sus músculos bajo mis dedos.

—¿En qué piensas? —le pregunté bajito, pegando mi cuerpo al suyo, buscando su calor, buscando su calma.

Él se giró despacio, me tomó entre sus brazos y me apretó contra él, como si necesitara sentir mi presencia, mi cuerpo, mi calor, para volver a estar aquí, conmigo. Me miró a los ojos, y en esa mirada ya no había frialdad, ni crueldad, ni dominio. Había algo mucho más fuerte, mucho más profundo: había una intensidad que me desarmaba, una protección que me envolvía entera, una devoción que me hacía sentir la cosa más valiosa, más sagrada, más cuidada de todo el universo.

—Pienso en todo lo que hay ahí fuera, pequeña mía —dijo, con esa voz grave y suave a la vez, esa voz que solo usaba conmigo—. Pienso en las tierras salvajes, en las criaturas que habitan en lo más profundo, en las magias antiguas que duermen bajo la tierra, en los enemigos que he tenido durante siglos y que esperan cualquier error, cualquier momento de debilidad… para atacar.

Hizo una pausa, y pasó una mano por mi cabello, apartándolo de mi frente, acariciando mi rostro con una ternura que contrastaba con la fuerza de sus palabras.

—Y pienso en ti. En que tú estás aquí, en medio de todo esto. Frágil, suave, humana, ajena a todo peligro, ajena a toda maldad, ajena a todo lo que hace que este mundo sea tan duro y tan oscuro. Y entonces… entonces siento algo que no te puedes imaginar. Algo que es más fuerte que mi poder, más fuerte que mi orgullo, más fuerte que cualquier cosa que haya sentido en mi vida.

Se inclinó hacia mí, y sus ojos brillaron con esa intensidad que yo conocía, esa intensidad que me decía que, para él, yo era lo único que importaba, lo único que tenía valor, lo único que existía.

—Siento que te tengo que proteger de todo, Isabela. De todo y de todos. Incluso de mí mismo. Incluso de mis propias decisiones, de mis propios errores, de mi propia fuerza. Siento que mi única razón de existencia ahora es mantenerte a salvo. Que, si algo te pasara, si alguien te tocara, si alguien te hiciera daño… yo no solo destruiría a quien lo hiciera. Destruiría todo lo que existe. Destruiría este reino, esta tierra, este abismo entero. Y luego me destruiría a mí mismo.

Sus palabras cayeron sobre mí como una caricia pesada, como una promesa eterna, como la verdad más absoluta de su corazón.

—Hoy me viste ser cruel —continuó, con voz más baja, más cargada de emoción—. Hoy me viste amenazar con borrar clanes enteros, con acabar con vidas, con ser duro y despiadado. Y te preguntarás, seguro, cómo puedo ser así con ellos y tan suave contigo. Pero la respuesta es sencilla, pequeña mía: toda esa crueldad, toda esa dureza, todo ese poder que tengo… no es más que la muralla que he construido alrededor de ti.

Me sostuvo el rostro entre sus manos, grandes, fuertes, las mismas manos que podían partir piedra, que podían destruir ejércitos, que podían hacer temblar la tierra… y que ahora me tocaban con una delicadeza infinita, como si yo fuera hecha de cristal, como si yo fuera la cosa más frágil y preciosa del mundo.

—Soy cruel con el resto del mundo, soy duro, soy implacable, soy temido… porque si no lo fuera, si fuera suave, si fuera bueno, si fuera compasivo… entonces no me respetarían. Entonces no me temerían. Entonces intentarían atacarme, intentarían quitarme lo que es mío, intentarían hacerte daño a ti. Y eso… eso es lo único que no puedo permitir.

Se acercó más, hasta que su frente tocó la mía, hasta que su respiración se mezcló con la mía, y sus palabras fueron un susurro cargado de una intensidad que me hizo temblar entera:

—Todo lo que soy, todo lo que hago, todo lo que decido… ahora gira solo alrededor de ti. Cuando hago leyes duras, es para que nadie se atreva a acercarse a ti con malas intenciones. Cuando castigo con crueldad, es para que sirva de ejemplo, para que todos sepan que tocarte o dañarte es el pecado más grande que existe, el que se paga con la muerte más dolorosa y con la desaparición total. Cuando me muestro fuerte y aterrador, es para que todos sepan que tú estás bajo mi protección, que tú eres intocable, que tú eres sagrada.

Me besó los párpados, despacio, con devoción, y luego siguió hablando, dejándome ver todo lo que llevaba dentro, todo lo que sentía, todo lo que era:

—Mi protección no es suave, Isabela. No es tranquila, ni sencilla, ni pequeña. Es intensa. Es absoluta. Es excesiva para cualquiera, menos para mí. Porque te quiero tanto, te valoro tanto, te considero tan esencial para mi vida… que no hay medida en lo que hago para cuidarte. No hay límites en lo que haré para que estés bien.

Me llevó de nuevo hacia los cojines donde habíamos estado antes, me sentó allí y se sentó a mi lado, rodeándome con sus brazos, cubriéndome con su cuerpo, protegiéndome incluso del viento suave que corría por la terraza.

—He puesto barreras mágicas alrededor de todo el castillo —me contó, bajito, como si me estuviera confiando secretos que nadie más sabía—. Barreras que solo yo puedo cruzar, que solo yo puedo controlar. He puesto guardias en cada pasillo, en cada entrada, en cada rincón. He puesto hechizos de alerta que me avisan en el mismo instante en que alguien se acerca demasiado a ti, o en que alguien te mira con otros ojos, o en que alguien piensa en ti con algo que no sea respeto absoluto.

Me miró, y vi en sus ojos esa mezcla de locura y amor que lo caracterizaba, esa mezcla que lo hacía ser él mismo, único, intenso, mío.

—Sé que a veces te parece demasiado. Sé que a veces te sientes vigilada, controlada, encerrada. Y lo siento. Lo siento de verdad. Pero no puedo evitarlo. No puedo ser menos intenso. No puedo ser menos protector. Porque cada vez que te alejas un paso, cada vez que te vas un momento, cada vez que no te tengo cerca… mi mente se llena de pensamientos aterradores. Pienso en todo lo que te podría pasar. En todo lo que podría pasarte mal. Y entonces… entonces tengo que asegurarme. Tengo que controlar. Tengo que proteger. Porque si te pierdo, Isabela… yo me pierdo también.

Me acomodé mejor entre sus brazos, recostando mi cabeza en su pecho, escuchando ese corazón fuerte, eterno, que ahora latía por mí, que ahora vivía por mí. Y entendí, por fin, la verdad completa de su forma de amar.

No era solo posesión. No era solo orgullo. No era solo querer que fuera suya. Era algo mucho más grande, mucho más profundo, mucho más intenso. Era que, para él, yo no era solo una persona, no era solo una compañera, no era solo una amante. Yo era su vida. Yo era su alma. Yo era todo lo que le importaba, todo lo que tenía, todo lo que quería.

Y cuando algo es todo lo que tienes, cuando algo es lo único que te hace vivir… lo proteges con todo lo que eres. Con tu fuerza, con tu poder, con tu crueldad, con tu vida misma. Lo proteges con una intensidad que no tiene fin, con una devoción que no conoce límites, con un amor que es más fuerte que la muerte, más fuerte que el tiempo, más fuerte que cualquier cosa.

Levanté la vista para mirarlo, y le sonreí, con todo el amor que sentía, con toda la comprensión que había llegado a mi corazón.

—Lo entiendo, Lucien —le dije, suavemente—. Lo entiendo todo. Entiendo que tu crueldad es mi escudo. Entiendo que tu dureza es mi seguridad. Entiendo que tu intensidad es tu forma de amarme. Y te lo agradezco. Te agradezco que me cuides tanto, que me protejas tanto, que me quieras tanto.

Le acaricié el rostro, recorriendo esas marcas brillantes que eran parte de él, que ahora eran parte de nosotros.

—Y te prometo que nunca me quejaré de ello. Porque sé que todo lo que haces, todo lo que eres, todo lo que tienes… es para mí. Y porque sé que, bajo toda esa oscuridad, bajo todo ese poder, bajo toda esa dureza… hay un corazón que me ama más que a nada. Y ese corazón… es mi refugio. Es mi hogar. Es el lugar donde siempre estoy a salvo.

Lucien cerró los ojos y apoyó su mejilla contra mi mano, como si mi tacto fuera lo único que le daba paz, como si mis palabras fueran lo único que necesitaba escuchar.

—Te amo, Isabela —susurró, con una voz llena de esa intensidad que siempre me desarmaba—. Te amo con mi lado cruel y con mi lado suave. Te amo con mi lado aterrador y con mi lado protector. Te amo con todo lo que soy, con todo lo que seré, con todo lo que tengo. Y te aseguro, pequeña mía… que mientras yo viva, mientras yo tenga fuerza, mientras yo tenga poder… nadie, absolutamente nadie, podrá hacerte daño. Nadie podrá tocarte. Nadie podrá quitarte de mí.

Me besó entonces, un beso profundo, intenso, absoluto, un beso que unía todas sus partes, todas sus formas, todo su ser. Un beso que me dijo que yo era suya, y que él era mío, y que nada en el mundo podría cambiarlo jamás.

Y allí, bajo el cielo oscuro del Abismo, abrazada al ser más poderoso y temido de todos, entendí que no tenía nada que temer. Porque tenía a alguien que me amaba con una intensidad sin fin, que me protegía con una fuerza sin medida, que me hacía sentir que, incluso en el lugar más oscuro y peligroso del universo, yo estaba en el lugar más seguro de todos.

Porque su lado cruel era mi escudo. Y su lado protector… era mi vida entera.

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