Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.
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Capítulo 20
Capítulo 20
El sueño que quiero repetir
Valentina marcó otra línea del diario.
"Besarlo."
Al lado hizo una palomita grande con pluma verde.
Luego se quedó mirando la siguiente frase de la lista.
"Decirle que lo quiero mirándolo a los ojos."
Cerró el diario.
Una cosa a la vez.
El viernes por la noche, Sebastián volvió temprano a La Hacienda por primera vez en días. Valentina lo encontró en la sala, revisando documentos en una tableta, con el estuche de cigarros sobre la mesa.
No había cigarros junto a él.
Eso le gustó.
—¿Vemos una película? —preguntó ella.
Sebastián levantó la vista.
—¿No tienes tareas?
—Ya terminé.
—¿Medicamento?
—Tomado.
—¿Pie?
—Pegado al cuerpo, como siempre.
Sebastián dejó la tableta.
—Elige.
Valentina eligió una comedia romántica. No por la trama. Por estrategia.
Nana Carmen llevó palomitas, fruta y un plato de nueces. Se fue antes de que Valentina pudiera pedirle que se quedara. Eso también era estrategia de Nana Carmen, aunque ella jamás lo admitiría.
La película empezó con una boda fallida.
Sebastián no reaccionó.
A los veinte minutos, la protagonista tropezó y cayó encima del protagonista.
Sebastián comió una nuez.
A los cuarenta, hubo una escena de lluvia y beso.
Valentina giró despacio para mirarlo.
Sebastián siguió viendo la pantalla.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—No estás viendo la película.
—Estoy evaluando tu reacción.
—A una película.
—A un beso.
Sebastián tomó otra nuez.
—Es una actuación.
Valentina lo miró, ofendida.
—Qué triste debe ser ver películas contigo.
—Tú la elegiste.
—Estoy reconsiderando mis gustos.
Cuando terminó la película, Sebastián apagó la televisión. Valentina se levantó antes que él y caminó hasta el pasillo del segundo piso.
El ritual de buenas noches ya tenía reglas.
Él la acompañaba.
Ella se detenía frente a su puerta.
Él le besaba la frente.
Esa noche, Valentina no levantó la frente.
Se quedó frente a él con las manos detrás de la espalda.
—Sebastián, quiero que me beses.
Él no fingió no entender.
—Ya te di un beso de buenas noches.
—En la frente. Quiero aquí.
Se tocó los labios.
Sebastián bajó la mirada al gesto.
—Valentina.
—No tomé vino. No tengo fiebre. No acabo de despertar de un sueño. Si vas a decir que no, ahora sí tendrá que ser un no real.
Él no contestó.
Valentina sostuvo la mirada.
—Estoy segura.
—¿De qué?
—De que quiero besarte otra vez.
Sebastián dio un paso hacia ella.
—Si mañana te arrepientes...
—Mañana te lo digo. Hoy no.
Él levantó la mano y pasó el pulgar por el labio inferior de Valentina. No fue una caricia larga. Fue una comprobación, como si necesitara saber que ella no iba a retroceder.
Valentina no retrocedió.
Sebastián se inclinó y la besó.
Esta vez empezó él.
No fue largo. Pero fue completo. Su mano quedó junto a la mejilla de Valentina, sin presionarla. Ella cerró los dedos en la manga de su camisa y se quedó quieta para no arruinarlo por entusiasmo.
Cuando Sebastián se apartó, no soltó la mejilla de inmediato.
—Buenas noches, Valentina.
Su voz salió más baja.
Valentina apoyó una mano en la pared.
—Buenas noches.
Entró a su cuarto, cerró la puerta y se deslizó hasta sentarse en el piso.
Luego sonrió con las dos manos sobre la boca.
A las dos de la madrugada, Sebastián estaba en el estudio.
El estuche de cigarros seguía sobre la mesa. Lo abrió, leyó la frase grabada y lo cerró sin sacar nada.
Llamó al Dr. Bergmann.
El médico contestó al cuarto tono, con voz de sueño.
—Señor Montero, ¿ocurrió algo con Valentina?
—No. Está bien.
—Entonces dígame.
Sebastián miró la puerta cerrada del estudio.
—Si recupera la memoria, ¿recordará todo?
—Esa es la posibilidad más probable.
—¿Todo incluye lo que sentía?
El médico tardó en responder.
—La memoria emocional puede volver de forma parcial o completa. Si antes amaba a alguien, podría recordarlo. También podría cambiar lo que siente ahora. No puedo prometerle lo contrario.
Sebastián apoyó la mano libre sobre el escritorio.
—Entiendo.
—No fuerce el proceso. Y no construya decisiones importantes sobre una laguna de memoria.
—Gracias, doctor.
Colgó.
Durante varios segundos no se movió.
Después golpeó el escritorio con el puño.
El estuche de cigarros saltó, cayó de lado y se abrió.
Sebastián lo enderezó.
Leyó otra vez:
"Menos humo, más besos."
No encendió ningún cigarro.
Al día siguiente, Valentina encontró el estuche sobre el escritorio del estudio, cerrado y limpio. Lo tomó antes de que Sebastián bajara a desayunar. No olía a tabaco.
—Funcionó —dijo cuando él entró.
Sebastián miró el estuche en su mano.
—¿Qué funcionó?
—Mi campaña de salud pública.
—No la llames así.
—¿Campaña de besos?
Nana Carmen dejó una jarra de jugo sobre la mesa con demasiada fuerza.
—Voy a la cocina.
Valentina se rió. Sebastián, por primera vez esa mañana, también.
La risa le alivió algo que él no quería admitir: había pasado la madrugada pensando en la advertencia del médico. Si la memoria emocional volvía, Valentina podía recordar a Nico con una intensidad que ahora no tenía. Podía despertar un día y mirar a Sebastián como a un error cometido durante una laguna.
Valentina notó el cambio en su cara.
—Otra vez estás lejos.
Él se sentó frente a ella.
—Hablé con el doctor anoche.
—¿Por mí?
—Por tu memoria.
Valentina dejó el estuche en la mesa.
—¿Y qué dijo?
Sebastián no suavizó la respuesta.
—Que si recuerdas, podrías recordar también lo que sentías antes.
Ella lo miró durante unos segundos.
—Entonces tendremos que ver qué hago con eso cuando pase.
—¿Y si cambia todo?
Valentina tomó su mano por encima de la mesa.
—Hoy no cambió.
Sebastián miró sus dedos entrelazados.
—Quisiera que eso me bastara.
—No te basta porque te gusta sufrir por adelantado.
—Eso no es una descripción profesional.
—Pero es precisa.
Valentina apretó su mano.
—No puedo prometerte recuerdos que no tengo. Tampoco puedo prometerte que nunca me va a doler lo que aparezca. Pero si vas a quererme, hazlo conmigo despierta, no con una versión de mí guardada en una caja fuerte.
Sebastián se quedó callado.
—Y ahora —añadió ella, levantándose con dificultad digna—, voy a estudiar antes de que esto se ponga demasiado serio.
Él no la detuvo.
Pero cuando ella pasó a su lado, le besó los dedos.
Valentina casi tropezó.
—Eso fue trampa.
—Fue incentivo.